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2013/05/21

Los partidos políticos o la muerte de la democracia

Los partidos políticos o la muerte de la democracia 
Alots Gezuraga, Errigoiti (Nabarra)

“Solo la ilusión o la hipocresía puede creer que la democracia sea posible sin partidos”. Hans Kelsen, checo, (Praga 1881, California 1973), jurista, político y filósofo del derecho.

Nos han convencido de que la democracia existe cuando hay una variedad de partidos entre los que poder elegir, aunque en la definición de democracia no aparezca tal cosa, es más, si nos atenemos a nuestra historia, los partidos son más bien el fin de nuestra democracia, o, como dijo Ken Livingstone: “Si las elecciones servirían para algo, las suprimirían”.

El jurista, politólogo y político francés Maurice Duverger (1917) habla de que primero nacieron los “Partidos de creación interna”, los cuales no serían más que corrientes o facciones dentro de los parlamentos con visiones opuestas como los Tories (conservadores) y los Whigs (liberales) ingleses o los Girondinos y los Jacobinos franceses. Estos “partidos” o “bandos” podemos verlos incluso en las antiguas Roma y Grecia. Entre nosotros también existieron, en la Nabarra Occidental fueron llamados ganboínos y oñacinos y en la Nabarra reducida beaumonteses y agramonteses, cuyos orígenes son similares pues son fruto de la presión imperialista castellana contra el reino baskón de Nabarra.

¿A qué fue debida esta situación? Lope García de Salazar, uno de aquellos banderizos y el primer historiador bizkaíno, escribió desde su torre de Muñatones en Muskiz en el siglo XV un conjunto de libros a los que tituló "Las Bienandanzas e Fortunas", en los que relata numerosos episodios relacionados con las banderías. Este autor, seguramente recogiendo la tradición popular, remonta el origen al tiempo en que Bizkaia, Alaba y Gipuzkoa seguían libres dentro del Reino de Nabarra, cuando la tierra se gobernaba por "Hermandades", y relata que habiéndose juntado éstas Hermandades como todos los años el primero de mayo, para hacer sus cofradías, debieron realizar el rito de llevar grandes candelas de cera, de 100 ó 150 kilos de peso, a ciertas iglesias. Surgió una discusión porque unos querían llevarlas a hombros y otros a pie, bajo mano. El alboroto fue a más, convirtiéndose en tumulto; los primeros, gritando que a hombros, "que decían en vascuence gamboa que quiere decir por lo alto" y los otros "decían en vascuence oñas, que quiere decir a pie". Tanto porfiaron los unos y los otros que llegaron a pelear, muriendo mucha gente de unos y otros.

Sin embargo el propio García Salazar reconoce que no deja de ser una leyenda y explica tal y como comenta el etnólogo español Julio Caro Baroja mucho después (s. XX) que "es probable que la división quedara condicionada por la enemistad de dos grandes linajes en su origen. Uno el de los Mendoza que, en una época en que el condado de Álava andaba revuelto, parecen haberse inclinado hacia Castilla, y el otro el de los Guevara, que se inclinaban más hacia Navarra". Esta situación se hizo endémica tras la conquista castellana, así, hasta las Guerras Carlistas del siglo XIX en el puesto Diputado General se turnaban gamboínos y oñacinos, que ya no sabían ni por qué estaban divididos en dos bandos consumada la invasión total del reino baskón de Nabarra.

Pero, lo que hoy conocemos como partidos de masas o “Partidos de creación externa” según la terminología de Maurice Duverger, surgen a fines del siglo XIX en Estados Unidos e Inglaterra. En España, los partidos aparecen a imitación del modelo francés a finales del siglo XIX, previa eliminación de las instituciones de la corona de Aragón-Catalunya y de corona de Nabarra y de sus Constituciones o Fueros, reinos mucho más democráticos que Castilla pues se basaban en el derecho pirenaico. En su libro “Navarra es una colonia española y francesa”, el historiador y ex profesor de las universidades de Cambridge y Oxford Jon Oria Oses (Lizarra-Estella 1931), lo sabe muy bien: “Los ingleses, afincados por siglos en la Gascuña e imitadores de nuestro sistema legal y representativo, llamarían a Navarra la cuna del sistema justo, legal y representativo y comienzo de la democracia constitucional en Europa (…). Navarra es considerada por los anglosajones como la cuna del parlamentarismo y de la democracia moderna”. Pero la suerte ya estaba echada y como Ortega y Gasset sentenció: “España es cosa de Castilla”.

Las primeras elecciones en España datan de 1837 y son censarias, para unos pocos hombres ricos: participaron 257.00 personas, menos de un 3% de la población total mayor de edad y masculina, pero todavía no había partidos políticos de masas sino corrientes políticas internas. Para las elecciones de 1871, justo antes de la Segunda Guerra Carlista, se ve bien a las claras el masivo apoyo de las ideas forales por los vascos, incluso entre los hombres más ricos que seguían siendo los únicos con derecho a votar en aquellos tiempos “liberales” de Generales que se sucedían en el poder. Pese a la derrota en la Primera Guerra Carlistas, todos los diputados de Bizkaia (cuatro) y Gipuzkoa (tres) fueron de este bando, la mitad de los de Alaba (dos de cuatro diputados) y 6/7 en la provincia de Alta Navarra (reducida a esta condición de provincia en 1841). Así es como desde esas fechas existen representantes de Alaba, Bizkaia, Gipuzkoa y Alta Navarra en las Cortes españolas de lo que ya se puede llamar “partidarios carlistas”. Hay que esperar a la pérdida foral total (1876), para que las elecciones españolas se hagan en base a votar a partidos políticos de masas y no a personas (listas abiertas y sin partidos como hasta entonces), como el PsoE fundado en 1879 o el Pnv en 1895, lo que hará, que si ya era limitada la posibilidad de elección de los candaditos entre unos pocos hombre ricos, los votantes sólo puedan optar entre unos poquitos representantes de esas corrientes políticas que se presentan agrupadas en partidos políticos.

Jose Antonio González Salazar, etnógrafo alabés nacido en Vitoria (1940) y gran conocedor de nuestra historia y modelo político foral, lo dice muy claro en una entrevista en Halabedi irratia (programa “Hordago Nabarra” del 24 de abril de 2013 número 101[1]): “En una partidocracia, el Pueblo es el gran ausente. La democracia tiene que partir de abajo no de las nubes… vienen los partidos y de los malos eliges el menos malo. (La democracia) no nos va dejar nadie, en el siglo XXI pertenecemos a un imperio”. Jose Antonio, en la misma entrevista, explica el modelo foral de representación popular, el cual es infinitamente más democrático, pues era un modelo de abajo arriba, desde la casa, al Concejo, a la Junta y al Parlamento, siendo todo el Pueblo elegible en la base y por insaculación o suertes, modelo que en su esencia funcionó durante 1.000 años.

Por tanto, la llegada de los partidos políticos a tierras nabarras, es consecuencia de la total derrota de Pueblo y la eliminación de sus instituciones propias que aún se conservaban pese a la invasión de nuestro Estado. La lucha de las tropas forales vascas fue contra una pretensión añadida de los liberales: la creación del Estado-nación, imitación del modelo francés que los españoles envidiaban y que pasaba, indefectiblemente, por igualar en todo los reinos o Estados peninsulares invadidos en: leyes, idioma y cultura, en busca de una nación inexistente hasta entonces y más fácil de gobernar, todo ello desde la nación castellana que se convertía en colonizadora, cuando era el Estado más antidemocrático de todos ellos pero para entonces el más poderoso, nacido de una élite guerrera en continua rapiña por la península y el mundo, por lo que el devenir totalitario de los años posteriores con numerosas dictaduras y hasta el presente, estaba servido, así como el carácter antidemocrático e intrínseco de lo español.

Parafraseando a Nietzsche en “Así habló Zaratrusta”: “En alguna parte hay todavía Pueblos, pero no entre nosotros, hermanos míos: entre nosotros hay partidos. ¿Partidos? ¿Qué son? Prestadme atención, voy a hablaros de la muerte de los Pueblos”.

La negación del Estado baskón, conocido históricamente como reino de Nabarra y de su ocupación militar actual, hace que Francia y España no sean democracias, pues para que exista ese modelo político, es condición incondicional un acuerdo previo (aunque no suficiente), aquel en el que todas las partes o Pueblos quieran conformar el mismo Estado y acepten el juego de mayorías para dirimir sus diferencias, todo lo demás, no es una democracia, sino justo todo lo contrario: un Estado totalitario. El Estado totalitario moderno se viste de Estado democrático para justificarse, pero sólo engaña al que quiere ser engañado.

Cuando un Pueblo participa en unas elecciones junto a otro Pueblo el cual le niega el derecho de autodeterminación: está cavando su tumba. Sólo es cuestión de tiempo que el Pueblo capaz de ejercer una mayor violencia o fuerza (el Pueblo imperialista y/o su gobierno), termine exterminando al Pueblo que intenta someter violentamente a su voluntad (el Pueblo colonizado), pues esta situación de negación del derecho de autodeterminación de un Pueblo a otro -o derecho de autodefensa en este caso-, sólo es posible cuando se da una invasión y un control militar imperialista previo.

Entonces, ¿existe otro modelo posible y democrático? Sí sólo hay que mirar a nuestro pasado y replantearnos el futuro[2], pero la democracia para nuestro Pueblo, pasa por el paso previo de recuperar nuestra libertad o independencia. Por suerte, siempre nos quedará la idea remarcada por Jean Jacques Rousseau en su libro “El contrato social”: “Jamás se corrompe al Pueblo, más se le engaña a menudo (…) mientras un Pueblo se ve obligado a obedecer y obedece, hace bien; mas en el momento en que puede sacudir el yugo, y lo sacude, hace todavía mejor, recobrando su libertad por el mismo derecho que se le arrebató”.


[1] http://halabedi.org/?cat=1387

[2] http://soberaniadenavarra.blogspot.com.es/2011/05/otro-modelo-politico-es-posible.html

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©NABARTZALE BILDUMA 2011

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