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2026/02/12

La bandera de Nabarra

 

La bandera de Nabarra

Iñigo Saldise Alda

El jueves 23 de junio del año 2022, tuvo lugar en la plaza de los Fueros de Iruñea, el izado de una gran bandera de la Comunidad Foral de Navarra. Dicho acto fue presidido por el entonces alcalde de la ciudad, el conservador regionalista (U.P.N. dentro de la coalición NA+ junto al P.P. y Ciudadanos) Enrique Maya Miranda y por el vicepresidente de la provincia española de Navarra, el progresista socialista (P.S.N.-P.S.O.E.) Javier Remírez Apesteguía.

El diseño de esta bandera, de 8x12 metros y que está a 30 metros de altura, sigue el dictamen de la Ley Orgánica del Amejoramiento Foral de Navarra del día 10 de agosto del año 1982. Concretamente en el capítulo II de esta Ley de Símbolos de Navarra, se la describe de la siguiente manera:

(…) La bandera de Navarra es de color rojo, con el escudo en el centro, sobre un tejido de forma rectangular de dimensiones proporcionales en largo y ancho, pero de carácter variable.”

Esta ley sirvió para modificar la bandera de Navarra existente, concretamente, desde el 8 de noviembre del año 1937, en plena guerra civil española y la posterior autocracia surgida por la derrota de los republicanos españoles; dictadura del generalísimo Francisco Franco Bahamonde en el Estado español que duró hasta el año 1975. A esta bandera se la denomina la Laureada. Esto es debido a que una vez recuperada la corona real, además se le añadió al diseño de la bandera de Navarra, la Cruz Laureada de San Fernando entorno a las cadenas y la esmeralda.

Decir tiene que la corona real se había perdido durante la II República española, donde fue sustituida por una corona mural estando así en la bandera de Navarra desde el 8 de julio del año 1931.

Antes de la entrada de la II República de España, existía una bandera para la provincia española de Navarra desde el año 1910. Concretamente el día 22 de enero de ese año, se hizo por enterada la Diputación Foral de Navarra, de que había notables diferencias en el diseño del escudo de Navarra y por ello estableció su forma definitiva. Tras ello, para subsanar la supuesta inexistencia de una bandera de Navarra, dispuso su elaboración tras consultar a varias personas calificadas.

Así pues, los antecedentes históricos indicaban que el rojo era el fondo del escudo. En concreto, el escritor, historiador y político Hermilio de Olóriz Azparren consideraba el color rojo como el color de Navarra. Además la Ley de Armería prohibía colocar color sobre color. Por ello tres de las personas consultadas que eran de la Comisión de Monumentos de Navarra decidieron que la bandera de Navarra solo podía ser roja.

Junto a Hermilio de Olóriz Azparren también fueron consultados al abogado y político Arturo Campion Jaimebon, junto al historiador y militar español Julio Altadill y Torrontera de Sancho San Román; todos ellos se les puede encuadrar en la ideología política denominada fuerista navarra.

Pero al parecer hay datos de que ya existía una bandera que representaba al Reino de Navarra según Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza, doctor en Historia y archivero-bibliotecario. Éste historiador recoge el acta de una sesión del ayuntamiento de Iruñea celebrada el 11 de agosto del año 1558. Esta memoria relata cómo los soldados navarros bajo mando imperial español, portaban una bandera que es descrita de la sigue forma:

(…) la qual es colorada, sembrada en ella cadenas y una corona doradas”

Dicha bandera, al parecer, ya se había utilizado dos años antes en los actos realizados en la ilegal e ilegítima proclamación como rey de Navarra en Iruñea, de Felipe II de España.

Pero hay un cronista español anterior llamado Luis Correa, el cual fue el cronista, paginerista y biógrafo de Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez duque de Alba. Dicho cronista narra que en el intento de recuperación de Iruñea por parte del rey Juan de Albret y Châtillon, III de Nabarra, los soldados nabarros ya portaban una bandera el día 27 de noviembre del año 1512. Concretamente nos informa de la siguiente manera:

(…) puso en la delantera trescientos hombres de armas a pie con una bandera colorada, con ciertas bandas de oro en ella, a la cual todos aguardaban y juraron de no la desamparar.”

Es en esta última explicación, en plena Guerra de Nabarra (1512-1530), donde no se nombran las cadenas como parte del escudo y/o la bandera de Nabarra.

Por ello, hoy día los nabarros y las nabarras debemos alzar la bandera roja o colorada con el escudo sobre gules el carbunclo cerrado y pomelado de oro, con losange o punto de sinople en abismo, ya que es realmente la verdadera bandera de nuestro Estado, libre, independiente y soberano.


Las Navas de Tolosa, las cadenas, el príncipe de Biana y demás

 

Las Navas de Tolosa, las cadenas, el príncipe de Biana y demás

Iñigo Saldise Alda

Antes de ir directamente al meollo de la cuestión, debemos saber que para el nacionalespañolismo y por supuesto, para todo su entorno de agentes coloniales y colonialistas, las actuales cadenas del escudo de la colonial C.F. de Navarra -Nabarra residual y reducida- son un importante símbolo de pertenencia al Reino de España y un permanente, que para algunos sirven para ocultar una realidad histórica, cuando menos incómoda.

Esta realidad político histórica incómoda que fue la participación directa y principal del Estado de Nabarra muy lejos de sus fronteras y por obligación papal al pender sobre la cabeza de Sancho VII de Nabarra la amenaza de excomunión, por ello esos miembros de ese imperial nacionalespañolismo, lo encubren dentro de la reconquista y en la reintegración de la Fe cristiana católica en España. Además, afirman sin pudor, sin rigor histórico y con chulesca rotundidad, que la participación nabarra en la batalla de las Navas de Tolosa y la relación de esa batalla con las cadenas del escudo de la “pro-vinci” de la C.F. de Navarra, ofrecen escasas, por no decir ningunas dudas. Vamos, para el nacionalespañolismo y su variado entorno colonial y colonialista, la intervención de Sancho VII de Nabarra, conocido como el Fuerte, en la batalla de las Navas de Tolosa, es calificada como decisiva, con lo que llegan a la conclusión política de que Nabarra salvó a toda a España de islam.

Esto no siempre ha sido así, ya que la realidad histórica es muy distinta; incluso la emanada desde las fuentes históricas del Reino de Castilla, semilla indudable del imperio español.

Las primeras fuentes contemporáneas a la batalla, nos indican que la contribución del Reino de Nabarra en la batalla de las Navas es ciertamente tardía, y además está fue obligada por orden del Papa o Emperador de Roma, bajo la firme amenaza de excomunión al rey de Nabarra, con todo lo que ello acarreaba a la soberanía territorial del Reino Pirenaico, como ya ocurrió tras la violenta e ilegítima invasión militar castellana de sus tierras vasconas occidentales, posteriores a la excomunión que sufrió Sancho VII de Nabarra en el año 1196, sencillamente por su negativa a unirse con los Reinos cristianos peninsulares en un solo frente común y buscar además una alianza para la defensa contra ellos, los reinos cristianos, con el califa de los almohades en Marruecos.

Finalmente el rey de Nabarra se incorporó a la cruzada con apenas doscientos caballeros, a los que se le añadieron los ganboinos o pro nabarros de Araba, Duranguesado y Gipuzkoa, que sobrellevaban la ocupación castellana desde los años 1199 y 1200. Incluso ante la escasez de efectivos militares nabarros en la decisiva batalla, la columna capitaneada por Sancho VII de Nabarra tuvo que contar con al menos tres milicias castellanas.

Es más, ateniéndonos a los cronistas que estuvieron presentes en la batalla, como por ejemplo el Arzobispo de Toledo Rodrigo Ximenez de Rada, y el musulmán Ibn Abi Zar, ni siquiera fue Sancho VII de Nabarra fue el que rompió las defensas del palenque del califa Miramamolín (Muhámmad al-Násir o Mohamed Aben Yacub, según distintas fuentes).

Las fuerzas militares cristianas, tras romper las desorganizadas filas de choque musulmanas, se encontraron ante el palenque y la guardia del califa. La ruptura de esta última defensa de los almohades, según las comentadas fuentes contemporáneas de la batalla, debió de ser casi sincronizada entre los tres cuerpos de ejército cristiano. No obstante, la mayor dificultad de la toma del palenque residía en derrotar al muro humano que conformaba la guardia del califa, rodeado por un verdadero bosque de lanzas sostenidas por voluntarios, con lo cual podemos llegar a entender e interpretar correctamente, que la guardia del califa no debió de estar formada por esclavos encadenados, sino por fanáticos voluntarios armados con lancetas, que tal vez y solo tal vez, se encontraban encadenados entre sí.

Sancho VII de Nabarra contaba aproximadamente con 58 años de edad en el año 1212, y concederle a él y a los 200 caballeros nabarros la hazaña de ser los primeros en romper las cadenas y penetrar en el palenque de Miramamolín, es mucho decir y además, de manera innegable, este reconocimiento vino en años posteriores.

Las fuentes contemporáneas y presentes en la batalla nada dicen de este suceso y de hecho, cuantas descripciones suelen darse de la disposición de las defensas musulmanas se basan en narraciones muy posteriores. Si leemos al arzobispo de Toledo, el botín fue abundante y rico para las tropas cristianas. Oro, plata, ricos vestidos, atalajes de seda y muchos otros ornamentos valiosísimos, además de mucho dinero y vasijas preciosas, pero no nos menciona por ningún lado las cadenas de hierro (simbolizado este metal en heráldica con el color negro o sable), que actualmente son de oro (amarillo) cuando adornan el escudo de la Comunidad Foral de Navarra dentro del Reino de España, junto a otro ornamento colonial español como es la Corona que porta en la actualidad.

Por otro lado hay un documento que no debemos pasar por alto, ya que pudo ocasionar una exaltación del imaginario bélico en referencia a Sancho VII el Fuerte y la batalla de las Navas de Tolosa. Este documento es realmente más próximo a Teobaldo I, primer rey de Nabarra de la casa francesa de Champagne, el cual ha pasado a la historia como el Trovador, ya que iba dirigida a su madre y educadora. Esta carta también debemos decir que es pocos meses posterior a la batalla en las Navas de Tolosa, y fue concretamente enviada por Blanca de Castilla hija de Alfonso VIII rey de Castilla y esposa de Louis VIII rey de France, a Blanca de Nabarra hermana de Sancho VII rey de Nabarra y esposa de Teobaldo III conde de Champagne. En ella la castellano-francesa relata una iniciativa tomada por los nabarros a la hora de llegar al fin de la batalla de las Navas de Tolosa.

(…) el rey de Navarra se dirigió un poco a la derecha y escalando un montículo muy difícil, los arrojó de allí vigorosamente. Al momento de un solo ímpetu los cristianos descendieron y enseguida los sarracenos volvieron la espalda.”

A su vez dicha misiva es debida a otra postal entre reinas. Concretamente es la carta enviada por Berenguela de León y Galicia a su hermana Blanca de Castilla. En dicha carta se dice lo siguiente:

(…) Los sarracenos se defendieron en ese sitio con bravura hasta el mediodía. En ese momento, viendo nuestro padre que era necesaria su intervención, mandó que su línea atacara, y los sarracenos tuvieron que retirase. Éstos, al ver el estandarte de nuestro padre, y pérdidas las esperanzas, huyeron. (…) Nuestro padre con los reyes de Aragón y de Navarra sanos y salvos se instalaron en la tienda de Miramamolín. (…)”.

A pesar de la carta entre Blanca de Castilla y Blanca de Nabarra, en ningún caso podemos concluir que el rey de Nabarra fuera quien tomara el palenque del califa, sino que su acción fue la toma de un montículo difícil, lo cual facilitó en cierta medida la victoria cruzada. A pesar de todo, al parecer según nos indica dicha misiva, su protagonismo en la batalla si que fue importante, pero sin matizar la ruptura de las cadenas por parte del gigantón monarca nabarro, ya que por ningún lado en dicha misiva se mencionan las cadenas.

Debemos saber que el escaso desarrollo del discurso histórico que tuvo lugar durante el siglo XIII, se retrasó en más de un siglo la elaboración de una memoria historiográfica entorno a la batalla de las Navas de Tolosa en el Reino de Nabarra, siendo hasta entonces solo las fuentes castellanoleonesas las más numerosas y ricas, en las cuales se destaca por encima de todo el protagonismo del Reino de Castilla en la Cruzada, excluyéndose la valiente labor de Sancho VII de Nabarra que nos indica la carta de Blanca de Castilla.

Solo mediante la tradición oral, que cuenta con el reflejo en alguna composición popular con su libertad imaginaria compositiva incluida, se mantuvo muy vivo el recuerdo inmediato de la gran victoria para la cristiandad dentro de las fronteras del Reino de Nabarra.

Tras la muerte de Sancho VII de Nabarra, su sucesor y sobrino Teobaldo I rey de Nabarra y IV conde de Champagne, el cual, como ya hemos dicho es el primer monarca nabarro perteneciente a la casa francesa de Champagne, valga la redundancia, mandó construir un sepulcro colocado en el centro de la iglesia de la colegiata de Orreaga,

(…) rodeado de una verja de hierro procedente del palenque o vallado que Mohamed Aben Yacub tuvo en su campamento de las Navas de Tolosa y traído por Don Sancho como trofeo de aquella memorable batalla. A cada lado del nicho cuelga en trozo de algo más de dos metros cada una de las cadenas traídas por Don Sancho.”

Es en este preciso instante cuando encontramos la primera referencia explicita a las cadenas. Como podemos comprobar es realizada por un rey de Nabarra de origen francés. Pero en dicha referencia no nos habla en ningún momento del escudo del Estado de Nabarra.

En ese mismo siglo XIII es cuando el poeta francés Guillermo Anelier escribió unos versos en lengua occitana o provenzal. Este escrito fue a raíz de los sucesos acaecidos durante la guerra de la Nabarreria del año 1276 en Iruñea. En él, el trovador francés hace la primera referencia específica a la ruptura de las cadenas, a la valentía del monarca Sancho VII de Nabarra en la batalla de las Navas de Tolosa y a su magistral manejo de la maza.

Ya en el siglo XIV, aproximadamente en el año 1387, el obispo nabarro de Baiona y confesor del rey Carlos de Évreux, II de Nabarra, García de Eugui, realizó una pequeña mención a las cadenas en su obra, la cual trata de presentar de manera independiente la historia de Nabarra. Este trabajo esta en su Crónica General de España, la cual está escrita en romance nabarro según el método tradicional de la época, arrancando desde la Creación y debiéndose en la muerte de Alfonso XI de Castilla.

Todo ello es debido al estar el autor muy influenciado por la historiografía castellana, pero sin contar con ninguna aportación novedosa salvo la introducción en la misma de un apéndice que incluyó al final de su relato. Este añadido es una genealogía, relativamente amplia, de los Reyes de Nabarra, que viene a sumarse con cierta anticipación a las escasas historias particulares del Reino nabarro durante la Edad Media. Concretamente la mención sobre las cadenas nos dice lo siguiente:

(…) Este rey don Sancho ganó allí las cadenas et tiendas que son oy en Nabarra et mucho mas”.

Pese a todo, teniendo en cuenta que el verbo ser también significa estar en el romance nabarro de ese siglo, podemos entender, aunque no afirmar con rotundidad, que para llegar a esa afirmación se basó en códices castellanos y también, probablemente, en lo escrito por Teobaldo I de Nabarra y IV de Champagne, junto al poema del francés Guillermo Anelier. Pero García de Eugui nunca nos menciona que estas cadenas fueron incorporadas al escudo del Reino de Nabarra, sino que están en algún lugar dentro de su territorio junto a unas tiendas y mucho más.

Entrado ya el siglo XV, concretamente en el año 1454, Carlos de Trastámara y Évreux o también nombrado como Carlos de Aragón príncipe de Biana y legítimo heredero a la Corona del Reino de Nabarra, hizo un alegoría entusiasta de lo ocurrido en la batalla de las Navas de Tolosa en su obra Crónica de los Reyes de Navarra, la cual está escrita en castellano durante su cautiverio en Zaragoza.

(…) Después de esta batailla de negros, estaban tres mil camellos encadenados el uno con el otro; y más adelante se explica así: é el rey de Navarra tomó el dicho cadenado de los camellos é las tiendas, é conquistó las cadenas por armas y assentolas sobre las Ariestas, con un punto en medio de sinople”.

Al leerle al príncipe nabarro, entendemos que Sancho VII de Nabarra, tras la cruenta batalla, tomó el cadenado que engrillaba a los 3.000 camellos y por tanto no podemos afirmar de que eran esclavos, junto a las tiendas. Esta toma fue llevada a cabo por las armas (maza o espada, no especifica cual, quizás ambas) y por primera vez en la historiografía nabarra, da a entender que Sancho VII de Nabarra las colocó en el escudo del Reino Pirenaico, concretamente sobre las Ariestas (para el particular imaginario del príncipe de Biana estas sobre fondo de gules, eran las armas de Nabarra del primogénito rey Eneko Aritza) junto a un punto de sinople (verde) en medio, es decir, tampoco hay referencia alguna a la esmeralda.

Es difícil entender de donde sacó la información Carlos de Aragón sobre la inclusión de las cadenas en el escudo del Reino de Nabarra, cuando su propio emblema heráldico no lleva por ningún lado las mismas sino el escarbunclo, carbunclo cerrado y pomelado. Una hipótesis que manejo es que durante su cautiverio llevado a cabo en Zaragoza por orden de su padre el usurpador Juan II de Nabarra y Aragón, en el año 1454, tuviera la influencia en la redacción de las Crónicas de los reyes de Navarra, de uno de sus carceleros el noble, militar y heraldista castellano(leonés) Diego Hernández de Mendoza y Zuñiga. Éste último también influyó ciertamente a Gilles de Bouvier, escritor, dignatario, político, embajador plenipotenciario, heraldo en el año 1420 de Charles de Valois-Capétiens y Bavière, delfín de France y duque de Berry, posteriormente rey de armas para el ya rey Charles VII de France. Éste personaje, el francés, es relevante por que en sus viajes diplomáticos visitó algunos Estados, como el Reino de Aragón (¿Quizás estuvo en Zaragoza en el año 1454 junto al heraldista-carcelero castellano y al preso-príncipe nabarro?) y el Reino de Castilla y León. Por otro lado, no hay constancia de que este francés visitara el Reino de Nabarra. Entre otras obras éste personaje francés escribió o más bien ilustró, el Armorial Héraut Berry donde el escudo de Nabarra porta las cadenas por primera vez en la historia.

De ésto y todas formas, podemos afirmar o considerar que ésta es la primera referencia directa a Sancho el Fuerte y su supuesta valerosa acción en las Navas de Tolosa por la cual se introdujo las cadenas en el escudo de Nabarra en un armorial francés.

O tal vez, debido a la personal y romántica ideología del príncipe de Biana, ésta interpretación del escudo de Nabarra real y auténtico, el carbunclo cerrado y pomelado de oro con un losangre de sinople en abismo y la conversión escrita en unas cadenas, le venga por la explicación dada por su abuelo, Carlos de Évreux, III de Nabarra, al decretar el Privilegio de la unión para los Burgos de Iruñea, con la otorgación de un escudo para dicha ciudad en el año 1423, casualmente año que se creo el principado de Biana. La explicación dada por este rey de Nabarra para el escudo de la capital del Reino vascón dice así:

(…) Et un pendon de unas mesmas armas, de las quolles el campo sera de azur; et en medio aura un leon pasant, que sera dargent; et aura la lengoa et huynnas de gulean. Et alrededor del dicto pendon aura un renc de nuestras armas de Nauarra, de que el campo sera de gulean et la cadena que yra alrededor, de oro. Et sobre el dicto león, en la endrecha de su exquina, aura en el dicto campo del dicto pendon una corona real de oro, en senyal que los reyes de Nauarra suelen et deuen ser coronados en la eglesia Cathedral de Santa Maria de nuestra dicta Muy Noble Ciudad de Pomplona”.

Como podemos interpretar sin exaltamientos románticos algunos, Carlos III de Nabarra indica que alrededor (o en bordura como se dice en heráldica) están las armas de Nabarra, es decir sobre fondo de gules (rojo) debería estar el carbunclo cerrado y pomelado de oro con un losange o punto de sinople en abismo, pero al no poder incluir la totalidad de éste, solo será el cierre del carbunclo, por supuesto pomelado, y puesto al fin a modo de cadena. No menciona por ningún lado su plural, las cadenas, ni tampoco la batalla de Las Navas de Tolosa. Además al comprobar el primer sello de la ciudad, podemos ver que no aparecen cadenas, sino lo anteriormente mencionado que en lenguaje heráldico que es sobre gules filete pomelado de oro.

Las Crónicas de los reyes de Navarra del príncipe de Biana, que según muchos eruditos guardan una estrecha relación con el apéndice realizado por el obispo de Baiona, García de Eugui. También debemos conocer que dicha obra de Carlos de Aragón, príncipe de Biana, fue reproducida en varios manuscritos posteriores. Estos nuevos autores, además de copiar, llevaron a cabo ampliaciones con nuevos pasajes históricos posteriores a la muerte del Príncipe nabarro, modificando incluso en mayor o menor grado lo escrito por Carlos de Trastámara y Evreux, príncipe de Biana, y hasta añadieron significativamente nuevas aportaciones o apreciaciones entorno a lo ocurrido en las Navas de Tolosa. Además no ha llegado a nosotros el original trabajo del príncipe de Biana, solo su preámbulo o prólogo, lo cual puede sembrar algún tipo de dudas sobre el origen y veracidad de la información que aparece en las Crónicas de los reyes de Navarra.

Por ejemplo, hay historiadores modernos que afirman que habría que saber cuanto tiene de la aportación del licenciado español Diego Ramírez de Ávalos de la Piscina en su Crónica en su obra los muy excelentes reyes de Navarra del año 1534 y cuanto del príncipe de Biana. O incluso algunos de ellos dicen que habría que planteárselo a la inversa.

Pero creo que no es necesario continuar con estas copias posteriores a la realizada por Carlos de Biana, las cuales están innegablemente modificadas.

La apreciación sobre el escudo del Reino de Nabarra llevada a cabo por el príncipe nabarro, produjo el primer debate sobre si son cadenas o es un carbunclo cerrado y pomelado el verdadero escudo del Reino Pirenaico. Este debate se creyó zanjado tras la aportación en el año 1496 de Garci Alonso de Torres y Núñez, rey de armas del Reino de Aragón, mediante las siguientes palabras:

(…) llamanse escarbluncos los que traen los Reyes de navarra (…) estos co carbunclos son de diversas suertes o maneras (…) por su diversidad. Es necesario de los nombrar del propio nombre. (…) del aerreyno quieren decir las armas de los rreyes de navarra an deser cadenas o son aquellas cadenas que dizen quee tavan en el puerto del morador o en las navas de tolosa con que setenya el Miramamolin y que en memoria de aquellas por la victoria que allí setubo traen los Nos rreyes de navarra aquellas cadenas. Pero a esto yo no se que rresponda, salvo que las harmas que traen los dichos llamamos en harmería escarbunclo, y no cadena, porque si cadena fuese no hera necesario quitarle el nombre (...)”

Es ya en el año 1560, con la Nabarra surpirenaica totalmente ocupada, es cuando de nuevo aparece una mención a Sancho VII de Nabarra. Isabel de Valois, princesa de France y prometida de Felipe II de España, entró en la ciudad de Iruñea. Esta fue acompañada por Antoine de Bourbon, rey consorte de Nabarra (la libre y soberana al norte del Pirineo) hasta los Pirineos, ante la negativa de la soldadesca española de dejarle acompañar hasta el Ebro, donde consideraban a él y su mujer, la legítima reina Juana de Albret, III de Nabarra enemigos de España.

Bien matizado esto, ya en el desfile procesional que tuvo lugar desde la puerta de San Lorenzo hasta la Catedral de Iruñea, además de arcos de triunfo, otros distintivos relativos a la paz y al buen gobierno que se auguraban para el Reino de España, se dispusieron cuatro figuras de reyes de Nabarra.

El regimiento imperial español, donde no faltaron los nobles beaumonteses y también agramonteses surpirenaicos que guardaban lealtad y pleitesía a la monárquica española, indudablemente extranjera y usurpadora para los legitimistas nabarros, de los Habsburgo o Austria, sencillamente por intereses económicos personales, eligió los cuatro monarcas vascones que consideraron que encarnaban mejor la identidad de Nabarra como Reino, eso sí, dentro de la Monarquía de España, y también los que convenía para el imperio español que conociesen sus ilustres visitantes franceses. Como no podía faltar esta entre ellos Sancho el Fuerte. Este fue el momento por primera vez, que se promulgó la vinculación hispánica y reconquistadora de Sancho VII de Nabarra, la cual estaba evocada particularmente en las cadenas de su escudo…

(…) que rompió y ganó las cadenas al Mirava, rey de Marruecos, en […] las Navas de Tolosa”.

Bien, como podemos comprobar, es en ese preciso instante de la historia, 348 años después de que el rey de Sancho VII de Nabarra acudiera a la batalla de las Navas de Tolosa, ya en una Iruñea ocupada por el invasor español, con la nobleza surpirenaica de Nabarra sometida y colonizada, es cuando surge la falsaria idea manejada hasta la saciedad por el nacionalespañolismo, por la cual, Navarra tuvo una participación destacada en la reconquista militar y reintegración católica de España, cuando realmente no le quedó otra opción al rey de los nabarros ante las serias y terroríficas amenazas provenientes del Papado. 

Evolución del escudo de Nabarra


Evolución del escudo de Nabarra

Iñigo Saldise Alda

De gules, carbunclo cerrado pomelado de oro, con losange de sinople en abismo”. Descripción heráldica del escudo del Estado de Nabarra que aparece dibujado en el Libro de Armería del Reino de Nabarra, concretamente en una copia del año 1572.

Las primeros escudos heráldicos, nobiliarios o de armas, tienen sus inicios entorno a los años 1120 y 1140. En ellos los reyes y también señores o nobles buscaron colorear los escudos para diferenciarse del resto. Los escudos llevaban incorporados blocas y/o refuerzos de metal, que protegían la superficie exterior del escudo ante los golpes de espadas, mazas y hachas, con la única función de que los escudos no se descompusieran, ya que los escudos medievales no estaban fabricados inicialmente con metal, sino que eran elaborados con listones de madera que las blocas aseguraban. Por ello, son las armas más antiguas aquellas que son plenas al poseer solo un color.

Tan habituales era las blocas en los escudos medievales, que estas han sido el mecanismo que ha determinado los posteriores fraccionamientos que hoy podemos apreciar en los escudos o blasones. Concretamente, las primeras armas de Nabarra son de gules o rojo pleno y datan de tiempos de Sancho VI el Sabio (1150-1194). Las armas de Nabarra solían representarse con blocas superpuestas, estando las blocas formadas por ocho brazos flordelisados con el carbunclo en el centro, de manera que contribuían a reforzar el escudo rojo de Nabarra. Estas representaciones no son consideradas, por la mayoría de los heraldistas nabarros y del resto del mundo, específicas para las armas de Nabarra, ya que las blocas no son muebles heráldicos sino, como hemos dicho, son refuerzos del escudo; pero también debemos saber que aparece así en la Biblia ilustrada editada en el año 1197 tras petición o mandato de Sancho VII el Fuerte (1194-1234).

Las armas personales que portó el sucesor de el Sabio, Sancho VII el Fuerte, era un águila de sable (negro) en fondo de gules, si bien, algunos heraldistas españolas afirman que el fondo era de plata (blanco), mientras que posteriores interpretaciones realizadas desde el nacionalismo vasco de mediados del siglo XX, afirman que el águila de sable estaba sobre fondo de oro (amarillo).

Al acabar con este rey la dinastía vascona de la casa Jimena, el siguiente rey ya de la casa de Champaña, Teobaldo I el Trovador (1234-1253) buscó las armas más antiguas de Nabarra para diferenciarlas de las que poseía por sus condados de Champaña y Brie. Por ello retrocedió hasta los tiempos de Sancho VI de Nabarra, pero añadiéndoles lo que dilucidó como parte de las armerías, es decir, el carbunclo y las blocas sobre el escudo. Concretamente el carbunclo tomó forma de trébol de cuatro hojas, incluso en alguna otra representación tiene forma de flor de lis, y con las blocas, los ocho brazos o barretas, que perdieron sus flordelisados y se cerraron, algo que podemos admirar al contemplar los escudos de Nabarra grabados y pintados en diversas columnas de la Catedral de Tutera-Tudela. Este y no otro, es el origen verdadero del escudo del Estado de Nabarra.

Conforme van transcurriendo los tiempos, el mismo rey o quizás alguno de sus sucesores de la misma casa nobiliaria, van añadiendo los besantes o pomas en los brazos de una manera siempre homogénea y simétrica, algo que podemos observar en los escudos labrados en la fachada exterior del convento de Santo Domingo de Lizarra-Estella. También se va alterando el carbunclo o abismo del centro del escudo (quizás ¿según la moda de la época?), llegando así sin modificaciones relevantes hasta el siglo XVI.

Tras la ilegal invasión y ocupación de gran parte del Reino de Nabarra realizada por las tropas españolas en el año 1512, los españoles dan comienzo a su brutal colonización, en la cual se incluye a finales del siglo XVI, más concretamente en su último tercio, la modificación del escudo de Nabarra. Esto es debido a la entrada de la Inquisición española, la Contrarreforma católica, junto el surgimiento e imposición del estilo artístico y arquitectónico conocido como Barroco, en las tierras nabarras ocupadas por el Reino de España al sur del Pirineo, dando introducción así a las cadenas.

Con ello los españoles buscan la subordinación absoluta de los nabarros surpirenaicos, ante la política llevada a cabo por los legítimos titulares del Reino de Nabarra, que lo mantenían en independencia y soberanía al norte del Pirineo, donde por cierto, se mantuvo el escudo del carbunclo cerrado y pomelado de oro sobre fondo de gules y además, la Reforma cristiana daba paso al denominado Nabarrismo auténtico, tanto en materia religiosa como política.

Cuando el rey Enrique III de Nabarra accedió al trono del Reino de Francia como Enrique IV, pese a su renuncia a la Fe protestante y por ende faltando al planteamiento Nabarrista de su madre la reina Juana III de Nabarra, las cadenas que fueron impuestas por el estilo Barroco de la Contrarreforma cristiana y española en las tierras ocupadas del sur del Pirineo, no fueron cogidas para el escudo del Estado de Nabarra por el monarca de Nabarra y de Francia. Es finalmente con el hijo de éste, el rey Luis XIII de Francia y ya en el siglo XVII, cuando se imponen las cadenas al escudo de los nabarros al norte del Pirineo, tras llevar a cabo el denominado decreto de la unión preparado en las Cortes francesas de Paris, sin presencia de nabarro alguno, todo hay que decirlo, adherido dicho decreto francés a la prohibición del culto reformado en el Reino de Nabarra.

Volviendo a los españoles, éstos siempre buscando dar legitimidad a la forzosa unión de las tierras vasconas surpirenaicas pertenecientes al Reino de Nabarra al Reino de España, se inventaron una leyenda, la cual es realmente famosa a día de hoy. Esta leyenda histórica va sobre unas cadenas que ataban a los esclavos africanos (subsaharianos) entorno a la tienda del emir musulmán Miramamolim durante la batalla de las Navas de Tolosa llevada a cabo en el año 1212.

Según dice esta leyenda de origen español (concretamente castellano de entre los siglos XIV y XV) y no nabarro, las cadenas que aparecen en el escudo de Nabarra son impuestas por los españoles y aceptadas posteriormente por los franceses, siendo y estando actualmente representadas en el escudo de la Comunidad Foral de Navarra. Unas cadenas esclavistas que realmente solo servían para evitar la huida de los sometidos africanos, pues se veían atados y obligados defender sus vidas y para ello protegerse de las acometidas violentas de sus enemigos cristianos y que servían por consiguiente para proteger así al citado jefe árabe. Estas cadenas, siempre atendiéndonos a la leyenda, fueron rotas por Sancho VII el Fuerte, provocando con su valentía y la de los 200 nabarros que le acompañaban, un giro en la crucial batalla en favor de la Fe cristiana católica en la Península Ibérica, alcanzando con dicha acción la victoria para los cruzados. Ello sirvió y sirve incluso hoy día al nacionalismo español, para su falsaria y machacada hipótesis unificadora española, pues sigue siendo pieza ideológica clave para la forzosa unidad nacional española que sufrimos y padecemos en la actualidad los nabarros surpirenaicos.

Para concluir lo cierto es que avanzada ya la Contrarreforma cristiana en el Reino de España, los brazos pomelados del escudo del Estado de Nabarra son cambiados o reemplazados por la labor colonizadora de la propaganda histórico política del Estado español y posteriormente desde el proselitismo histórico político colonizador del Estado francés, por las esclavizadoras cadenas; aunque por suerte, para el espíritu patriótico nabarro, todavía se mantiene el primogénito fondo de gules pleno o rojo absoluto, color de los vascones libres y representativo histórico político de nuestro Estado de Nabarra, independiente y soberano.





2026/02/08

La muerte del mariscal de Nabarra

 

La muerte del mariscal de Nabarra

Iñigo Saldise Alda

El pasado 2o de diciembre del año 2025, en el Diario de Noticias, apareció un artículo del historiador, sociólogo y archivero Peio J. Monteano Sorbet, que llevaba por título La muerte del mariscal de Navarra en 1522. En dicho escrito, su autor, nos deja bien claro la tesis de que Pedro de Nabarra y Lacarra, mariscal de Nabarra, se suicidó en el castillo de Simancas, lugar donde estaba preso por orden del emperador Carlos I de España y V de Alemania, conocido como el Cesar.

Yo, un simple investigador sin ningún tipo de estudios en las materias de historia y sociología, dicho sea esto de antemano, soy reacio a creer que el patriota nabarro por excelencia, Pedro de Nabarra y Lacarra, se quitara la vida, ya que a mi limitado entender, dicha muerte solo beneficiaba a los invasores españoles, pues no olvidemos que cuatro años antes de su muerte, ante el requerimiento para su liberación de un obligado juramento de lealtad hacia Carlos I de España, el mariscal de Nabarra cortesmente, se negó a ello de la siguiente manera:

Una vez más suplico, con toda humildad posible a su Majestad, se sirva demostrar conmigo la magnificencia que ha de esperarse de semejante Majestad, devolviéndome la libertad entera y el permiso de ir servir a quien estoy obligado. La fidelidad, la limpieza que su Alteza quiere y estima de sus servidores, yo podré guardarla a los míos, y por ello me tornaré cautivo y esclavo de su servicio.”

Es cierto que los que apoyamos la hipótesis de Pedro de Nabarra y Lacarra fue asesinado por orden el Cesar español, carecemos de escritos contemporáneos a la muerte del mariscal de Nabarra, en los cuales sustentar la tesis del asesinato, pero la teoría del suicidio está basada en escritos y comentarios, como por ejemplo el llevado a cabo por el embajador de Austria que menciona Peio J. Monteano Sorbet, que ciertamente solo beneficiaban a los españoles, ya que el supuesto suicidio de patriota nabarro por excelencia minaría la moral de los combatientes legitimistas nabarros, ocultando de paso ese atroz crimen. Pero de ser suicidio, habría que saber y conocer que torturas sicológicas sufrió nuestro noble mariscal nabarro.

También para sustentar la teoría del suicidio, se menciona a Ramírez de la Piscina, al cual lo titula como nabarro y para más inri, agramontés. Yo tengo una hipótesis diferente sobre el origen de Diego Ramírez de Ávalos de la Piscina. Concretamente creo que nació en la Rioja en el año 1495, estando ya esta comarca vascona bajo control político-militar del Reino de España (Reino de Castilla y León en el año 1461). Además nos dice Peio J. Monteano Sorbet que en sus crónicas no hace mención alguna al asesinato de mariscal de Nabarra. Bien, ciertamente habría sido un acción muy estúpida por parte de Ramírez de la Piscina exponer el asesinato de Pedro de Nabarra y Lacarra en su obra, siendo el que ordenó dicho asesinato la misma persona a la cual iba dedicada la obra del año 1534, el emperador de Sacro Imperio Romano Germánico, es decir Carlos I de España y V de Alemania.

Al parecer, yo todavía no he tenido acceso a ello, si hizo referencia al supuesto suicidio un historiador y genealogista español, nacido en el año 1533 en la villa de Arrasate-Mondragón, sita en la comarca de Gipuzkoa-Guipuzcoa, Esteban de Garibay y Zamalloa. Dicha afirmación es llevada a cabo en el año 1571, sirviendo, en mi humilde opinión, realmente para acomplejar a los nabarros surpirenaicos que todavía querían volver a ser independientes y además, cuando todavía existía la referencia estatal el Reino de Nabarra, soberano e independiente, al norte del Pirineo.

Por eso, yo soy más de las tesis del jesuita y cronista navarro, nacido concretamente en Biana en el año 1634, Francisco de Alesón, y del relato anónimo que se hace referencia en el escrito de Peio J. Monteano Sorbet Por ello soy más seguidor del artículo del historiador, profesor y político Joseba Asiron Sáez en su escrito del día 6 de diciembre del año 2025 Mariscal de Navarra, donde nos indica que la tesis del asesinato ya era apoyada por el jesuita y cronista navarro José Moret Mendi nacido en Iruñea-Pamplona en el año 1615, y por el abogado y político Arturo Campión Jaimebon, también nacido en Iruñea-Pamplona en el año 1854.

Dicho esto, agradecer a Peio J. Monteano Sorbet su dedicación a la historia de Nabarra, especialmente al apartado que lleva desde 1512 a 1529 y animarte a seguir con esta ardua tarea pues en mi encontrarás a un entregado comprador y lector de tus obras. Aprovecho también este misma faena para felicitar y reconocer a Joseba Asiron Sáez por sus diversos trabajos, especialmente los encuadrados en Vidas ejemplares, publicados por Diario de Noticias y recopilados por la editorial Txalaparta. Gracias a todos de parte de este sencillo electricista, lector empedernido y amante de la historia política del Estado de Nabarra, siendo sencillamente un simple aprendiz en tan importante materia.

Escrito Peio J. Monteano Sorbet:

https://www.noticiasdenavarra.com/opinion/tribunas/2025/12/20/muerte-mariscal-navarra-1522-10495282.html

La muerte del mariscal de Navarra en 1522

Peio J. Monteano Sorbet

En una publicación reciente se incluye la biografía del mariscal Pedro de Navarra, un protagonista de la conquista que fue ejemplo de integridad personal y de fidelidad a los reyes de Navarra. En ella, el autor se sorprende porque algunos historiadores navarros, entre los que me incluyo, “hayan secundado de forma acrítica la teoría del suicidio” como causa de su muerte. Y es que, creo, cinco siglos después parte de la historiografía navarra se resiste a discernir el cómo fueron las cosas del cómo le hubiera gustado que fueran y se aferra a que se trató de “un crimen de estado”.

El lunes 24 de noviembre de 1522, hacia las ocho de la mañana, sus criados encontraban agonizando a Pedro de Navarra. El mariscal y máximo mando militar del reino había caído preso en Isaba en marzo de 1516 y, tras dos años encerrado en el castillo de Atienza, había sido llevado al de Simancas (Valladolid). Aquella mañana el alcaide del castillo, “espantado” según decía, hizo levantar una minuciosa acta judicial para que al emperador Carlos V “y en todo tiempo y lugar pueda constar la verdad y ante toda persona” lo ocurrido. Según se dice en ella, el navarro aún tenía pulso cuando lo encontraron, estaba semivestido sobre su cama y parecía haberse desangrado por dos profundos cortes en el cuello y en el antebrazo izquierdo. Ningún signo de violencia. Al lado se encontró un pequeño cuchillo de los que se usaban para afilar las plumas de escribir y también el testamento escrito de su mano.

Se interrogó también a los criados que asistían al mariscal, porque la prisión era muy liviana, bajo palabra de no escapar. Nada de grilletes ni rejas. La mayoría eran navarros: su confesor Miguel de Arróniz, su paje Pedro de Vergara y sus criados Felipe de Vergara y un tal Charles. Desde hacía cuatro años, también un secretario llamado Pedro de Frías, que era quien dormía en la misma cámara que el mariscal. A preguntas del juez, Frías declaró que el mariscal lo había enviado a buscar a otro criado mientras su paje Vergara, por orden del noble, permanecía en una sala contigua. Este aseguraba que en el dormitorio no había entrado nadie. Todos coincidieron en que el mariscal llevaba dos meses sumido en una profunda desesperación. Estaba obsesionado con que le querían matar.

Un silencio atronador

La noticia llegó esa misma mañana a la corte de Valladolid. El embajador austríaco es el único que se hizo eco de la muerte del mariscal confirmando su suicidio y calificando de “desastre” el hecho. “Ser en cualquier cristiano es de doler, cuánto más en semejante persona”, escribe. El resto fue un silencio absoluto. Ni por parte de los poderosísimos nobles castellanos, el duque de Alburquerque, cuñado del navarro, y el condestable Velasco, el hombre fuerte de Castilla, su aliado y protector. Tampoco sus seguidores agramonteses ni su familia dijeron nada. Los defensores del crimen de estado aducen que fue por miedo a las represalias. Pero tampoco entre quienes estaban a salvo de ellas o los enemigos capitales del emperador encontramos nada. El primogénito del mariscal nunca denunció la muerte de su padre y eso que estaba luchando contra el emperador junto con sus aliados franceses. Tampoco otros exiliados en Francia como Sancho de Yesa, administrador del mariscal, o Bertol del Bayo, su abogado y embajador.

Llamativo es también el silencio en las cortes europeas. Ni siquiera el rey de Francia se refirió a la muerte del mariscal. Y eso que en todas las negociaciones diplomáticas –las últimas en Calais, un año antes– había puesto como condición para la paz la liberación del navarro. Francisco I, que tenía presos a varios eclesiásticos españoles para canjearlos por el mariscal, se limitó a liberarlos.

¿Y los cronistas? En 1534, el navarro Ramírez de la Piscina sólo escribió que el mariscal murió en Simancas. Punto. Y eso que era agramontés. Tendrá que ser el guipuzcoano Garbibay quien en 1571 diga que “era pública fama (cierta o incierta) que se mató a sí mismo”. Así que tendremos que esperar al siglo XVIII para que el navarro Alesón le rebatiera muy tímidamente echando mano de un ambiguo relato anónimo.

¿Quién podía buscar la muerte del Mariscal? Esta se produce a finales de 1522, cuando Carlos V tiene ya bajo control la situación político-militar que había sido muy delicada en los dos últimos años. Los comuneros, sometidos; los legitimistas navarros, derrotados; Francia, en bancarrota y a punto de ser invadida por españoles e ingleses.

El mariscal de Navarra contaba entre la nobleza castellana con muy poderosos aliados. Gracias a su mediación, el propio rey de España había ordenado su liberación en 1516, aunque tuvo que echar marcha atrás por la frontal oposición de su Consejo Real. En todas las negociaciones diplomáticas Francia no se cansaba de exigir la liberación del navarro. Francisco I intentó conseguirla incluso por la fuerza en el otoño de 1520. Primero, enviando al ingeniero Pedro Navarro, conde de Oliveto, para minar la fortaleza. Al no poder hacerlo, con sus aliados comuneros cuando estos tomaron Tordesillas. También Lesparré tendría orden de liberarlo al penetrar con su ejército en Castilla en junio de 1521. Los españoles sabían todo esto, pero nadie osó tocar al mariscal don Pedro.

La mácula del suicidio

Así pues, un historiador objetivo, riguroso y crítico debe concluir que no existen argumentos históricos para rebatir el relato de que el mariscal de Navarra se suicidó. Todo en él parece coherente: las heridas, las circunstancias, los testimonios (Felipe de Vergara servía al mariscal desde hacía 23 años) y, sobre todo, el silencio sepulcral de su familia, amigos, seguidores y aliados. Tampoco sabemos nada del funeral del mariscal, de dónde fue enterrado ni del contenido de su testamento.

El silencio sería la lógica reacción al suicidio de un noble de tan alto rango. Para la sociedad europea de la época suponía una mácula para el linaje. La Iglesia, el suicida se condenaba. La Corona confiscaba sus bienes. Así es comprensible ese silencio atronador que hallamos en las fuentes históricas. La idea de un “asesinato de Estado bien planeado” carece de soporte documental y no surgirá claramente hasta el siglo XIX entre unos historiadores navarros profundamente católicos y ya inmersos en una historiografía plenamente romántica. Para los historiadores actuales, a la vista de un análisis crítico de las fuentes y del contexto histórico, la tesis de la muerte por suicidio del mariscal de Navarra es la más plausible. Que no sea la que más guste a algunos es ya otro tema.

Escrito Joseba Asiron Sáez:

https://www.noticiasdenavarra.com/pamplona/2025/12/06/mariscal-navarra-10442545.html

Mariscal de Navarra

Joseba Asiron

Don Pedro de Navarra corporeiza la resistencia ante el invasor de 1512, así como la lealtad hasta la muerte a una única y auténtica patria: Navarra.

La familia de los Navarra descendía de los reyes navarros por vía bastarda, razón por la cual ostentaban un apellido tan especial y distinguido. Y es que años atrás, en 1378 y tras enviudar de la reina Juana, el rey Carlos II había tenido un hijo extramatrimonial con la joven Catalina de Lizaso, dándole el nombre de Leonel de Navarra, primero de su linaje. Contrariamente a lo que pudiera pensarse hoy, ser hijo ilegítimo del rey de Navarra se consideraba un gran honor en su tiempo, y suponía ingresar en la familia real como hermano natural de Carlos III. Gracias a ello Leonel logró grandes distinciones, fue el primer vizconde de Muruzabal, y un hijo suyo, Felipe de Navarra, fue ya mariscal del reino. El mariscal era la tercera dignidad de Navarra, tan solo por detrás del rey y del Condestable, y suponía en la práctica la jefatura del ejército.

Nuestro protagonista nació probablemente en Tafalla, hacia 1454, hijo del mariscal Pedro de Navarra y Peralta, y de una noble llamada Inés Enríquez de Lacarra. A tenor de su posterior carrera diplomática es seguro que recibió una esmerada educación, incluyendo varios idiomas y el conocimiento de las normas cortesanas. Su padre murió en 1471, víctima de una emboscada tendida por sus enemigos los Beaumont en las calles de Pamplona. Heredó entonces la mariscalía su hijo mayor Felipe, que sería igualmente asesinado por los Beaumont en 1480, y entonces fue su hermano, nuestro protagonista de hoy, quien se convirtió en el sexto mariscal del reino. Situado en lo más alto de la nobleza navarra, Pedro fue armado caballero en la catedral de Pamplona, en presencia del rey, el 9 de diciembre de 1481. Se casó en 1498 con Mayor de la Cueva, hija del castellano duque de Alburquerque, con quien tuvo dos hijos llamados Pedro (futuro mariscal) y Juana. Antes, todavía soltero, había tenido un hijo natural con una mujer de la tafallesa familia Hualde, a quien dio el nombre de Francisco de Navarra, que llegaría a ser prior de Roncesvalles y obispo de Ciudad Rodrigo, Badajoz y Valencia. En cuanto a su labor como mariscal diremos que, apagadas las guerras civiles para 1507, y derrotados los pro castellanos Beaumont por la reina Catalina y su marido Juan de Albret, a Pedro de Navarra le tocó gestionar los difíciles años de la conquista española. Y se convirtió en la persona de mayor confianza de la corona, obteniendo un prestigio enorme por sus dotes militares y diplomáticas.

La conquista de 1512

Antes incluso de que se desatara la conquista, el propio mariscal encabezó la delegación navarra que marchó a Castilla para negociar con Fernando el Católico (cfr. el Falsario), siendo acompañado por Juan de Jaso, padre de San Francisco Javier. Desatadas las hostilidades, él en persona encabezó la famosa carga de la caballería navarra que fue masacrada ante las murallas de Pamplona, el 27 de noviembre de 1512. Tras la ocupación del reino, no solo rechazó el ofrecimiento de ponerse al servicio de los españoles, sino que marchó a Italia a luchar contra ellos, participando junto a los franceses en la victoriosa batalla de Marignano (1515), a las órdenes de otro navarro, Pedro Navarro, conde de Oliveto. Desempeñó además una intensa labor diplomática, en París, en la corte flamenca de la Haya y ante el mismísimo Papa, buscando apoyos para la causa navarra. Y cuando se inició el segundo intento de reconquista, en marzo de 1516, se puso de nuevo al frente de las tropas navarras. Como se sabe, aquella intentona fracasó a causa de la falta de apoyo francés, de la consiguiente inferioridad numérica, y de un temporal de nieve que causó, en pocos días, más de cien muertos. Pedro de Navarra cayó prisionero de los españoles en Isaba, el 22 de marzo de 1516. Conducido a Castilla entre fuertes medidas de seguridad, sabemos que al pasar por Estella gentes del pueblo salían al camino para besar sus manos atadas, en señal de respeto y lealtad. Pedro y sus capitanes fueron encerrados en la torre del castillo de Atienza (Guadalajara), bajo durísimas condiciones, cargados de grilletes y en mazmorras cerradas bajo tres puertas y cuatro cerraduras.

Con el paso del tiempo, el mariscal fue trasladado de Atienza al castillo de Simancas (Valladolid), su destino definitivo. Según la documentación, en marzo de 1520 Carlos I de España y V de Alemania mandó que lo llevaran a su presencia, y al igual que ya antes había hecho su antecesor el Falsario, le ofreció pasarse a su servicio, con la promesa de liberarlo y restituirle todos sus bienes. Pedro de Navarra rehusó enérgicamente, diciendo al todopoderoso emperador que no podía prestarle juramento “porque no era español ni súbdito de la casa de Castilla”, añadiendo además que “jamás renegaría de su patria”. Esta respuesta es, todavía hoy, toda una lección para quienes han sugerido que la conquista de Navarra fue un mero cambio de dinastía, y que para las gentes de Navarra supuso únicamente cambiar a unos dueños por otros.

Un crimen de Estado

Mientras todo esto ocurría, la guerra de Navarra seguía su curso y, tras los frustrados intentos de reconquista de 1512 y 1516, los navarros estaban preparando la última tentativa de 1521, que culminaría con la desastrosa batalla de Noain y el posterior asedio al castillo de Amaiur. Escenarios en los que, por razones obvias, el mariscal no podría ya participar. A pesar de ello, parece ser que el viejo soldado se mantenía al corriente de todo y que, ayudado por los pajes y ayudantes que se encontraban allí con él, lograba pasar instrucciones a quienes seguían en la lucha. Y esto era más de lo que el cruel emperador estaba dispuesto a soportar. Por ello, tras la batalla de Noain el 30 de junio de 1521, el aplastamiento de los últimos núcleos de resistencia en septiembre de aquel año, y la toma de Amaiur en julio de 1522, Carlos I de España se dispuso a ajustar cuentas con los prisioneros que tenía en su poder. Aquel mismo verano fueron asesinados en su celda de Pamplona los héroes de Amaiur, el alcaide Jaime Bélaz y su hijo Luis, y el 14 de agosto un compañero de prisión del mariscal, el comunero Pedro Maldonado, fue ejecutado por orden expresa del rey. Parece ser que esta muerte impresionó profundamente al mariscal, convencido de que también a él le iba a llegar su momento. A partir de entonces su mayor obsesión fue poner sus asuntos en orden y “morir como un buen cristiano”.

Pedro de Navarra y Lacarra fue hallado muerto en su celda el 22 de noviembre de 1522. Lo encontraron bañado en sangre, con una cuchillada, dada de punta, que le atravesaba el cuello de derecha a izquierda, seccionándole la tráquea. Una segunda herida, encontrada bajo la ropa a la altura del codo izquierdo, parece ser la prueba clara de un forcejeo. Al igual que ocurriría poco después con el sublevado conde de Salvatierra, asesinado en su celda de Burgos, las autoridades españolas intentaron vender este asesinato como un suicidio. No obstante, aquello chocaba frontalmente con la decisión del mariscal de “morir como un buen cristiano”, ya que la doctrina cristiana consideraba el suicidio un pecado mortal, castigado con el fuego eterno. De hecho, historiadores navarros clásicos como el Padre Moret y Arturo Campión no dudaron de que se trató de un crimen de Estado. Por ello sorprende que algunos historiadores navarros actuales hayan secundado de forma acrítica la teoría del suicidio, sin más pruebas que los testimonios de sus carceleros y los de algunos testigos que declararon bajo evidente presión. Tras su muerte, el mariscal Pedro fue trasladado a Navarra, y enterrado junto a sus antepasados en la cripta de la iglesia de San Pedro de la Rúa de Estella. En 2010, en el transcurso de las obras de restauración de la iglesia, la cripta de los mariscales fue redescubierta, y aunque se anunció que iba a ser abierta para su estudio, lo que allí se encontró nunca ha sido dado a conocer. Y es que la sombra de los asesinos de Simancas todavía campea sobre Navarra. Mientras tanto, en Pamplona, en la ciudad que glorifica a su enemigo Íñigo de Loyola, en la capital del país que Pedro de Navarra defendió hasta la muerte, ni un solo monumento, estatua, placa, calle o plaza recuerda su extraordinaria historia. Una deuda pendiente y una herida que, quinientos años después, sigue sangrando.





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©NABARTZALE BILDUMA 2011

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