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2012/08/27

El valor nacionalespañolista de unas cadenas


El valor nacionalespañolista de unas cadenas
Iñigo Saldise Alda

“El escudo de Navarra está formado por cadenas de oro sobre fondo rojo, con una esmeralda en el centro de unión de sus ocho brazos de eslabones y, sobre ellas, la Corona Real, símbolo del Antiguo Reino de Navarra”. Símbolos de Navarra - Gobierno de [la colonia española al sur del Pirineo de] Navarra.

Para el nacionalespañolismo y por supuesto, todo su entorno de agentes coloniales y colonialistas, Las actuales cadenas del escudo de la colonial C.F. de Navarra-Nabarra residual y reducida- son un símbolo permanente para algunos de una realidad incómoda. Esta supuesta realidad incómoda, según esos miembros de ese imperial nacionalespañolismo, fue la participación directa y principal de Navarra, muy lejos de sus fronteras, en la reconquista y reintegración de España. Además, afirman sin pudor, sin rigor histórico y con chulesca rotundidad, que la participación nabarra en la batalla de las Navas de Tolosa y la relación de esa batalla con las cadenas del escudo de la “pro-vinci” de la C.F. de Navarra, ofrecen escasas dudas. Vamos, para el nacionalespañolismo y su variado entorno colonial y colonialista, la intervención de Sancho VII de Nabarra, conocido como “el Fuerte”, en la batalla de las Navas de Tolosa es calificada de decisiva, con lo que llegan a la conclusión nacionalista española de que Navarra salva a toda a España.

Esto no siempre ha sido así, ya que la realidad histórica es muy distinta, incluso la emanada desde las fuentes históricas del Reino de Castilla, semilla del imperio español.

Las primeras fuentes contemporáneas a la batalla, nos indican que la contribución del Reino de Nabarra en la batalla de las Navas es ciertamente tardía, y además está obligada por orden del Papa o Emperador de Roma, bajo la firme amenaza de excomunión, con todo lo que ello acarreaba a la soberanía territorial del Reino Pirenaico, como ya  ocurrió tras la violenta e ilegítima invasión militar castellana de sus tierras occidentales, posteriores a la excomunión que sufrió Sancho VII de Nabarra en el año 1196, por su negativa de unirse con los Reinos cristianos peninsulares en un solo Reino y buscar además, una alianza para la defensa de ellos con el califa de los almohades en Marruecos. Finalmente el rey de Nabarra se incorporó a la cruzada con apenas doscientos caballeros, a los que se le añadieron los ganboinos o pro nabarros de Araba, Duranguesado y Gipuzkoa, que sobrellevaban la ocupación castellana desde los años 1199 y 1200. Incluso ante la escasez de efectivos nabarros en la decisiva batalla, la columna capitaneada por Sancho VII de Nabarra tuvo que contar con al menos tres milicias castellanas.

Es más, ateniéndonos a los cronistas que estuvieron presentes en la batalla, como por ejemplo el Arzobispo de Toledo Rodrigo Ximenez de Rada, y el musulmán Ibn Abi Zar, ni siquiera fue Sancho VII de Nabarra el que rompió las defensas del palenque del califa Miramamolín (Muhámmad al-Násir o Mohamed Aben Yacub, según fuentes).

Las fuerzas militares cristianas, tras romper las desorganizadas filas de choque musulmanas, se encontraron ante el palenque y la guardia del califa. La ruptura de esta última defensa de los almohades, según las comentadas fuentes contemporáneas de la batalla, debió de ser casi sincronizada entre los tres cuerpos de ejército cristiano. No obstante, la mayor dificultad de la toma del palenque residía en derrotar al muro humano que conformaba la guardia del califa, rodeado por un verdadero bosque de lanzas sostenidas por voluntarios, con lo cual podemos llegar a entender e interpretar correctamente, que la guardia del califa no debió de estar formada por esclavos encadenados, sino por fanáticos voluntarios armados con lanzas, que tal vez se encontraban encadenados entre sí.

Sancho VII de Nabarra contaba  aproximadamente con 58 años de edad en el año 1212, y concederle a él y a los 200 caballeros nabarros la hazaña de ser los primeros en romper las cadenas y penetrar en el palenque de Miramamolín, es mucho decir y además, de manera innegable, este reconocimiento vino en años posteriores. Las fuentes contemporáneas y presentes en la batalla nada dicen de este suceso y de hecho, cuantas descripciones suelen darse de la disposición de las defensas musulmanas se basan en narraciones muy posteriores. Si leemos al arzobispo de Toledo, el botín fue abundante y rico para las tropas cristianas. Oro, plata, ricos vestidos, atalajes de seda y muchos otros ornamentos valiosísimos, además de mucho dinero y vasijas preciosas, pero no nos menciona por ningún lado las cadenas de hierro (simbolizado este metal en con el color negro o sable), que actualmente son de oro (amarillo) cuando adornan el escudo de la Comunidad Foral de Navarra dentro del Reino de España, junto a otro ornamento colonial español como es la corona que porta.
 
Por otro lado hay un documento que no debemos pasar por alto, ya que pudo ocasionar una exaltación del imaginario bélico en referencia a Sancho VII “el Fuerte” y la batalla de las Navas de Tolosa en Teobaldo I, primer rey de Nabarra de la casa francesa de Champagne, el cual ha pasado a la historia como "el Trovador", ya que iba dirigida a su madre y educadora. Esta carta también debemos decir que es pocos meses posterior a la batalla en las Navas de Tolosa, y fue concretamente enviada por Blanca de Castilla, hija de Alfonso VIII rey de Castilla y esposa de Louis VIII rey de France, a Blanca de Nabarra, hermana de Sancho VII rey de Nabarra y esposa de Teobaldo III conde de Champagne. En ella la castellano-francesa relata una iniciativa tomada por los nabarros a la hora de llegar la batalla, de las Navas de Tolosa, a su fin: “el rey de Navarra se dirigió un poco a la derecha y escalando un montículo muy difícil, los arrojó de allí vigorosamente. Al momento de un solo ímpetu los cristianos descendieron y enseguida los sarracenos volvieron la espalda” (Traducción de Manuel Sagastibelza).

A pesar de esta carta, en ningún caso podemos concluir que fue el rey de Nabarra quien tomo el palenque del califa, sino que su acción fue la toma  de un montículo difícil, lo cual facilitó la victoria cruzada.  A pesar de todo, al parecer según nos indica dicha carta, su protagonismo en la batalla si que fue importante, pero sin matizar la ruptura de las cadenas por parte del gigantón monarca nabarro, ya que por ningún lado en dicha misiva se mencionan las cadenas.

Debemos saber que el escaso desarrollo del discurso histórico que tuvo lugar durante el siglo XIII, retrasó en más de un siglo la elaboración de una memoria historiográfica entorno a la batalla de las Navas de Tolosa en el Reino de Nabarra, siendo hasta entonces solo las fuentes castellano-leonesas las más numerosas y ricas, en las cuales se destaca por encima de todo el protagonismo del Reino de Castilla en la Cruzada, excluyéndose la valiente labor de Sancho VII de Nabarra que nos indica la carta de Blanca de Castilla. Solo mediante la tradición oral, que cuenta con el reflejo en alguna composición popular con su libertad imaginaria compositiva incluida, se mantuvo muy vivo el recuerdo inmediato de la gran victoria para la cristiandad dentro de las fronteras del Reino de Nabarra.

Tras la muerte de Sancho VII de Nabarra, su sucesor y sobrino Teobaldo I rey de Nabarra y IV conde de Champagne, el cual es primer monarca nabarro perteneciente a la casa francesa de Champagne, valga la redundancia, mandó construir un sepulcro colocado en el centro de la iglesia de la colegiata de Orreaga, “(…) rodeado de una verja de hierro procedente del palenque o vallado que Mohamed Aben Yacub tuvo en su campamento de las Navas de Tolosa y traído por Don Sancho como trofeo de aquella memorable batalla. A cada lado del nicho cuelga en trozo de algo más de dos metros cada una de las cadenas traídas por Don Sancho.” Es en este preciso instante cuando encontramos la primera referencia explicita a las cadenas. Como podemos comprobar es realizada por un rey de Nabarra de origen francés.

En ese mismo siglo XIII, es cuando el poeta francés Guillermo Anelier escribió unos versos en lengua occitana o provenzal. Este escrito fue a raíz de los sucesos acaecidos durante la guerra de la Nabarreria del año 1276 en Iruñea. En él, el trovador francés, hace la primera referencia específica a la ruptura de las cadenas, a la valentía del monarca Sancho VII de Nabarra en la batalla de las Navas de Tolosa y a su magistral manejo de la maza.

Ya en el siglo XIV, aproximadamente en el año 1387, el obispo nabarro de Baiona García de Eugui, realiza una pequeña mención a las cadenas en su obra, la cual trata de presentar de manera independiente la historia de Nabarra. Este trabajo es su Crónica General de España, la cual está escrita en romance nabarro según el método tradicional de la época, arrancando desde la Creación y debiéndose en la muerte de Alfonso XI de Castilla. Todo ello es debido al estar el autor muy influenciado por la historiografía castellana, pero sin contar con ninguna aportación novedosa salvo la introducción en la misma de un apéndice que incluyó al final de su relato. Este añadido es una genealogía, relativamente amplia, de los Reyes de Nabarra, que viene a sumarse con cierta anticipación a las escasas historias particulares del Reino nabarro durante la Edad Media. Concretamente la mención sobre las cadenas nos dice lo siguiente: Este rey don Sancho ganó allí las cadenas et tiendas que son oy en Nabarra et mucho mas”. Pese a todo, teniendo en cuenta que el verbo ser también significa estar en el romance nabarro de ese siglo, podemos entender que para llegar a esa afirmación se basa en los escrito por Teobaldo I de Nabarra y IV de Champagne, junto al poema del francés Guillermo Anelier, pero García de Eugui nunca nos menciona que estas fueron incorporadas al escudo del Reino de Nabarra, sino que están en algún lugar dentro de su territorio junto a unas tiendas y mucho más.

Entrado ya el siglo XV, concretamente en el año 1454, Carlos de Trastámara y Évreux o simplemente Carlos de Aragón príncipe de Biana y legítimo heredero a la Corona del Reino de Nabarra, hace un alegoría entusiasta de lo ocurrido en la batalla de las Navas de Tolosa en su obra Crónica de los Reyes de Navarra, la cual está escrita en castellano. “Después de esta batailla de negros, estaban tres mil camellos encadenados el uno con el otro; y más adelante se explica así: é el rey de Navarra tomó el dicho cadenado de los camellos é las tiendas, é conquistó las cadenas por armas y assentolas sobre las Ariestas, con un punto en medio de sinople”. Al leerle al príncipe nabarro, entendemos que Sancho VII de Nabarra, tras la cruenta batalla, toma el cadenado que encadenaba a 3000 camellos, por tanto no el cadenado de los esclavos, junto a las tiendas. Esta toma es llevada a cabo por las armas (maza o espada, no especifica cual, quizás ambas) y por primera vez da a entender que Sancho VII de Nabarra las coloca en el escudo del Reino Pirenaico, concretamente sobre las Ariestas (para el particular imaginario del príncipe de Biana este era el escudo de Nabarra primogénito) junto a un punto de sinople (verde) en medio, es decir, tampoco hay referencia alguna a la esmeralda.
 
Es difícil entender de donde sacó la información Carlos de Aragón sobre la inclusión de las cadenas en el escudo del Reino de Nabarra, cuando su propio emblema heráldico no lleva por ningún lado las mismas sino el escarbunclo. De todas formas podemos considerar que esta es la primera referencia directa a Sancho VII “el Fuerte” y su supuesta valerosa acción en las Navas de Tolosa, las cadenas y el escudo de Nabarra.

Tal vez, su personal y romántica interpretación del escudo de Nabarra real y auténtico, el carbunclo cerrado y pomelado, y su conversión en unas cadenas, le venga por la explicación dada por su abuelo, Carlos de Évreux, III de Nabarra, al decretar el Privilegio de la unión de los Burgos de Iruñea, con la otorgación de un escudo para dicha ciudad en el año 1423. La explicación dada por este rey de Nabarra para el escudo de la capital del Reino vascón dice así: (…) Et un pendon de unas mesmas armas, de las quolles el campo sera de azur; et en medio aura un leon pasant, que sera dargent; et aura la lengoa et huynnas de gulean. Et alrededor del dicto pendon aura un renc de nuestras armas de Nauarra, de que el campo sera de gulean et la cadena que yra alrededor, de oro. Et sobre el dicto león, en la endrecha de su exquina, aura en el dicto campo del dicto pendon una corona real de oro, en senyal que los reyes de Nauarra suelen et deuen ser coronados en la eglesia Cathedral de Santa Maria de nuestra dicta Muy Noble Ciudad de Pomplona”.
 
 Como podemos interpretar sin exaltamientos románticos, Carlos III de Nabarra indica que alrededor (o en bordura como se dice en heráldica) están las armas de Nabarra, es decir sobre fondo de gules (rojo) debería estar el escarbunclo cerrado y pomelado con un losange de sinople, pero al no poder incluir la totalidad de éste, solo será el cierre del escarbunclo, por supuesto pomelado, puesto a modo de cadena. No menciona por ningún lado su plural, cadenas. Además al comprobar el primer sello de la ciudad, podemos ver que no aparecen cadenas, sino lo anteriormente mencionado.

La Crónicas de los reyes de Navarra del Príncipe de Biana, que según muchos eruditos, guardan una estrecha relación con el apéndice realizado por el obispo de Baiona García de Eugui. También debemos conocer que dicha obra de Carlos de Aragón fue reproducida en varios manuscritos posteriores. Estos nuevos autores, además de ampliar nuevos pasajes históricos posteriores a la muerte del Príncipe nabarro, modificaron en mayor o menor grado lo escrito por Carlos de Aragón, príncipe de Biana, e incluso añadieron significativamente nuevas aportaciones o apreciaciones entorno a lo ocurrido en las Navas de Tolosa.

Pero creo que no es necesario continuar con estas copias posteriores a la realizada por Carlos de Aragón, las cuales están innegablemente modificadas. La apreciación sobre el escudo del Reino de Nabarra llevada a cabo por el Príncipe de Biana y de Girona, produjo el primer debate sobre si son cadenas o es un escarbunclo cerrado y pomelado el verdadero escudo del Reino Pirenaico. Este debate se creyó zanjado tras la aportación en el año 1496 de Garci Alonso de Torres, rey de Armas del Reino de Aragón, mediante las siguientes palabras: “......traen los dichos rreyes de Navarra aquellas cadenas. Pero a esto yo no sé qué rresponda, salvo que las harmas que traen los dichos llamamos en harmería escarbunclo, y no cadenas, porque si cadenas fuese no era neçesario quitarle el nombre,.......” (Información facilitada por el heraldista nabarro Jaime Albillos Arnaiz).

Es ya en el año 1560, con la Nabarra surpirenaica totalmente ocupada, cuando de nuevo aparece una mención a Sancho VII de Nabarra. Isabel de Valois, princesa de France y prometida de Felipe II de España, entró en la ciudad de Iruñea. Esta fue acompañada por Antoine de Bourbon, rey consorte de Nabarra (la libre y soberana al norte del Pirineo) hasta los Pirineos, ante la negativa de la soldadesca española de dejarle acompañar hasta el Ebro, donde consideraban él y su mujer la legítima reina Juana de Albret, III de Nabarra.

Bien, ya en el desfile procesional que tuvo lugar desde la puerta de San Lorenzo hasta la Catedral, además de arcos de triunfo, otros distintivos relativos a la paz y al buen gobierno que se auguraban para el Reino de España, se dispusieron cuatro figuras de reyes de Nabarra. El regimiento imperial español, donde no faltaron los nobles beaumonteses y también agramonteses surpirenaicos que guardaban lealtad a la monárquica española, indudablemente extranjera y usurpadora para los legitimistas nabarros, de los Habsburgo o Austria, sencillamente por intereses económicos personales, eligió los cuatro monarcas vascones que consideraron que encarnaban mejor la identidad de Nabarra como Reino, eso sí, dentro de la Monarquía de España, y también los que convenía para el imperio español que conociesen sus ilustres visitantes franceses. Como no podía faltar esta entre ellos Sancho “el Fuerte”. Este fue el momento por primera vez, que se promulgó la vinculación hispánica y reconquistadora de Sancho VII de Nabarra, la cual estaba evocada particularmente en las cadenas de su escudo “que rompió y ganó las cadenas al Mirava, rey de Marruecos, en […] las Navas de Tolosa”.

Bien, como podemos comprobar, es en ese preciso instante de la historia, 348 años después de que el rey de Nabarra, Sancho VII “el Fuerte” acudiera a la batalla de las Navas de Tolosa, en una Iruñea ocupada por el invasor español, con la nobleza surpirenaica de Nabarra sometida y colonizada, cuando surge la falsaria idea manejada hasta la saciedad por el nacionalespañolismo, por la cual, Navarra participó en la reconquista y reintegración de España, cuando realmente no le quedó otra opción al rey de los nabarros ante las amenazas provenientes del Papado.

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EUSKARA-LINGUA NAVARRORUM

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©NABARTZALE BILDUMA 2011

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