La primera negación de las cadenas
Iñigo Saldise Alda
El 22 de enero del año 1910, bajo el dictamen histórico y artístico de una Comisión integrada por el escritor, historiador y político Hermilio de Olóriz Azparren, el abogado y político Arturo Campion Jaimebon, junto al historiador y militar Julio Altadill y Torrontera de Sancho San Román, con su asesoramiento, desde la por aquellas fechas Diputación, se aprobó el modelo oficial del escudo de la provincia española de Navarra. La ilustración artística original de las cadenas, concretamente de los eslabones utilizados, se la debemos al pintor y dibujante Enrique García Romeo, quien se inspiró de forma directa en los fragmentos de las cadenas “históricas” custodiados en el Palacio de Navarra, los cuales procedían del Monasterio de Irache, y que según la leyenda fueron donadas por propio Sancho el Fuerte. Con éste trabajo buscaban unificar los múltiples y dispares versiones coexistentes en su época y fijar con ello el estándar gráfico oficial e institucional foral para la región. Esto fue anterior a la confección de la bandera oficial para la Navarra residual y reducida, hecha el 15 de julio del año 1910, e izada un día después coincidiendo con la conmemoración, del por entonces 698 aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa.
Dos años más tarde y con motivo ya de VII centenario de la batalla de la Navas de Tolosa, la Diputación Provincial de Navarra realizó un concurso con ocasión de tal efeméride, donde se buscaba premiar al mejor trabajo sobre este combate, de tal magnitud para el devenir religioso de la Península Ibérica y también, buscaba ensalzar la labor de los nabarros capitaneados por el rey Sancho VII de Nabarra, el cual, según la leyenda, con su valerosa acción de la ruptura de las cadenas del palenque de Miramamolin -las cuales, según el mito, asentó después en el escudo de Nabarra- facilitó la victoria final de los cruzados, cuyo ejército era comandado a su vez por el rey Alfonso VIII de Castilla.
Pero entre todos los trabajos presentados, ciertamente fieles al mito de la ruptura de las cadenas por el gigantón rey de Nabarra, se encontraba un trabajo titulado Estudio sobre la campaña de las Navas de Tolosa, firmado por el navarr0 Ambrosio Huici Miranda, quien con todo respeto y alto rigor histórico se atrevió a negar o poner en duda si se prefiere, la autenticidad de las cadenas de la siguiente forma.
“Ya hemos visto cómo para extremar la solidez de esta línea de apoyo, los bereberes acostumbraban a atarse por los muslos -imesebelen- e incapacitarse la huida. El corral del moro, como lo llama la Crónica general, era, a lo que parece, una fuerte empalizada de estacas entrelazadas con las famosas cadenas ‘a poder de saetas et otras armas’. Las cadenas no servían más que para reforzar la empalizada, y de manera alguna se usaron para atar la guardia del Miramamolín. Su mismo grosor -si las de Navarra son auténticas- y el escudo de García Romeo, bastarían a probar que no habían sido destinadas a ese fin”.
El jurado del concurso rechazó por unanimidad el brillante trabajo de Ambrosio Huici Miranda, e incluso dejaron desierto el primer puesto del mismo. Pero hay que decir, que este arabista navarro no defendió que el carbunclo fuera el escudo de Nabarra, sino simplemente se limitó a dar a entender que las cadenas de que se encuentran en el Palacio de Navarra y por deducción podemos llegar a la conclusión, que también las que podemos encontrar en la Real Colegiata de Santa María de Roncesvalles, además de las expuestas en la Catedral de Santa María la Mayor de Tutera-Tudela, no son las cadenas que se adivinarían para fortalecer la empalizada que rodeaba la posición del tal Miramamolin el Verde.
Ciertamente, también, esto suponía tirar por tierra toda creencia histórica sobre la autenticidad de las llamadas cadenas de las Navas de Tolosa puestas en el escudo navarro, existentes al menos desde el siglo XVI, además de limitar, en grado sumo, la importancia bélica de la participación nabarra en tan crucial batalla, llevada a cabo por los defensores de la Fe cristiana contra los infieles de la media luna.
