SOBERANÍA DE NAVARRA by Nabartzale bilduma. Este es el correo para escritos, artículos, comentarios y sugerencias. Los artículos, escritos y comentarios deben estar debidamente firmados por su autor o autora en formato Word. Solo se publicaran aquellos escritos que estén realizados desde la independencia y soberanía de su autor o autora siguiendo los criterios editoriales de los miembros de NABARRAKO BURUJABETASUN-SOBERANÍA DE NAVARRA. nabartzale@gmail.com

2010/11/13

La dualidad de la democracia y el totalitarismo

La dualidad de la democracia y el totalitarismo
Alots Gezuraga, Errigoiti (Nabarra)

“La libertad y la democracia son sólo posibles cuando la resuelta voluntad de una nación de no ser regida como una manada de borregos está permanentemente viva” Max Weber (1864-1920, filósofo, economista, jurista, historiador, politólogo y sociólogo alemán).

Es de gran importancia en la historia de los Estados europeos y de la democracia el Derecho germánico, en el cual existe la dualidad “pueblo-rey” como modelo de Estado democrático que perdura hasta la actualidad en Europa, equilibrio que hoy es entre “pueblo-gobierno”, dualidad que diferencia el modelo democrático del que no lo es.

Los estadios demagógicos, donde el pueblo se alza y/o el gobierno desaparece, son sólo períodos de transición. El equilibrio entre la dualidad gobierno-pueblo será lo que diferencie a los Estados, que en general se pueden clasificar como totalitarios cuando ese equilibrio desaparece a favor del gobierno, siempre dispuesto a que se produzcan ya que son modelos que le favorecen –aquí estarían los Estados imperialistas, despóticos, absolutistas, fascistas y los totalitaristas modernos- o los Estados democráticos, los menos, donde el pueblo logra mantener el equilibrio, tiene un poder real sobre su gobierno. Por tanto, el dualismo “pueblo-gobierno” existe en sociedades democráticas, donde el Estado es controlado por el pueblo, y no existe en los Estados totalitarios.

“Mientras que en Castilla primero y más tarde, pero de forma mucho más refinada, en Francia, conseguían los monarcas absolutos erradicar casi definitivamente la libertad de sus respectivos reinos, en Nabarra, en Aragón, en Cataluña, en Inglaterra, en Suiza, en los Países Bajos, los respectivos pueblos mantuvieron el principio y la práctica del poder popular impidiendo la aparición o, al menos el afianzamiento, del despotismo en forma de dominio exclusivo del gobierno. En algunos lugares –en Francia y en España- los estados han suplantado ya a sus respectivos pueblos. Avances o retrocesos en una u otra dirección constituyen no sólo el meollo de la historia política de Occidente desde las invasiones bárbaras hasta nuestros días, sino el verdadero trasfondo de la historia de la humanidad”. “Pueblo y poder”, Joseba Ariznabarreta.

Esta dualidad del Estado, traerá numerosas guerras y luchas internas entre el rey y los señores feudales en la Edad Media y siglos posteriores en Europa, al pretender los reyes convertirse en absolutistas, es decir, en los únicos poseedores del poder, modelo de monarquía que cuajó tempranamente en España y mucho más tarde en Francia, llegando después el absolutismo ilustrado de “todo por el pueblo sin el pueblo”.

El nacimiento de España, comenta el pensador español Ortega y Gasset en su libro “España invertebrada”: “Eran, pues, los visigodos germanos alcoholizados de romanismo, un pueblo decadente que venía dando tumbos por el espacio y el tiempo cuando llega a España, último rincón de Europa, donde encuentra algún reposo. Por el contrario, el franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia, vertiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad.

(…) España es un organismo social; es, por decirlo así, un animal histórico que pertenece a una especie determinada, a una tipo de sociedades o “naciones” germinadas en el centro y occidente de Europa cuando el Imperio Romano sucumbe. Esto quiere decir que España posee una estructura específica idéntica a la de Francia, Inglaterra e Italia. Las cuatro naciones se basan el la conjunción de tres elementos (…): la raza relativamente autóctona, el sedimento civilizatorio romano y la inmigración germánica.

(…) Esta acción personal de los señores germanos ha sido el cincel que esculpió las nacionalidades occidentales. Cada cual organizaba su señorío, lo saturaba de su influjo individual. Luchas, amistades, enlaces con los señores colindantes fueron produciendo unidades territoriales cada vez más extensas, hasta formarse los grandes ducados. El rey, que originariamente no era sino el primero entre los iguales, primus inter pares, aspira de continuo a debilitar esta minoría poderosa. Para ello se apoya en el “pueblo” y en las ideas romanas. (…) Quien crea que la fuerza de una nación consiste solo en su unidad juzgará pernicioso el feudalismo. Pero la unidad solo es definitivamente buena cuando unifica grandes fuerzas preexistentes (…). Por eso es un grandísimo error presuponer que fue un bien para España la debilidad de su feudalismo (…) En Francia hubo muchos y poderosos (Señores feudales); lograron plasmar históricamente, saturar de nacionalización hasta el último átomo de masa popular (…) El poder de los “señores” defendió ese necesario pluralismo territorial contra una prematura unificación en reinos”.

(…) Tuvo España el honor de se la primera de nacionalidad que logra ser una, que concentra en el puño de un rey todas sus energías y capacidades. Esto basta para hacer comprensible su inmediato engrandecimiento (…) Mientras el pluralismo feudal mantenía desparramado el poder de Francia, de Inglaterra, de Alemania, y un atomismo municipal disociaba a Italia, España se convierte en un cuerpo compacto y elástico.

Más la misma subitaneidad que la ascensión de nuestro pueblo en 1500 (por tanto, España como tal nace a partir de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón “el Falsario”), se produce su descenso en 1600 (…). La unidad se hizo tan pronto porque España era débil, porque faltaba un fuerte pluralismo sustentado por grandes personalidades de estilo feudal. El hecho, en cambio, de que todavía en pleno siglo XVII sacudan el cuerpo de Francia los magníficos estremecimientos de la Fronda (sublevación del pueblo parisina contra los tributos excesivos, 1648-52), lejos de ser un síntoma de morboso, descubre los tesoros de vitalidad aún intactos que el francés conservaba del franco. Convendría, pues, invertir la valoración habitual. La falta de feudalismo, que se estimó salud, fue una desgracia para España; y la pronta unidad nacional que parecía un glorioso signo, fue propiamente la consecuencia del anterior desmembramiento.

Es decir, en la formación de Francia, los condes, duques y demás títulos nobiliarios funcionaban realmente de contrapoder a los reyes, mientras que el rey de Francia, de la antigua estirpe franca, en realidad sólo mandaba directamente sobre una franja de un territorio minúsculo con centro en París. El rey tuvo que conquistar o asentar mediante matrimonios todos los ducados y condados bajo la corona francesa, y lo logró gracias sobre todo a la “Guerra de los 100 años” (siglos XIV-XV) provocada por los intereses ingleses en Normandía y Akitania (donde estaba enclavada la Baskonia continental) y la posterior conquista del rey de Francia de estos territorios apoyado por sus nobles, pero el proceso fue muy paulatino con sublevaciones importantes como la que menciona Ortega y Gasset de la Fronda.

En España la situación fue bien diferente, Castilla y Aragón arrasaron todos los reinos moros, conquistaron el reino gallego y el reino de Nabarra. No les quedaba resistencia interna de sus propios pueblos pues estos se agrupan en torno a un rey que destruyó en la lucha Comunera la resistencia de la incipiente burguesía (principios del siglo XVI). La nobleza, con Fernando de Aragón “el Falsario” y Carlos I de Gante o de Alemania, no se resiste al rey, de cuyas conquistas y rapiñas por todo el mundo participan animadamente, y cuando no, forman una burocracia que vive en Corte la española. Sólo el pueblo nabarro y el catalán, se convertirán en la resistencia al sistema de Estado absolutista español (contrafuero y su correspondiente matxinada), lo que provocará los episodios armados de violencia dentro de la corona castellano-aragonesa (española) de los siglos XVII (como la Guerra dels segador) y XVIII (centralismo borbónico), pero sobre todo del siglo XIX (Guerras Carlistas en defensa de los Fueros), además de la conquista del reino de Granada (1492) y el final de la conquista del sur del reino de Nabarra aún libre (1512-24).

El pueblo español no existe para su rey, ni tal pueblo adquirirá conciencia de ser un único pueblo o nación hasta las invasión francesa del siglo XIX, frente a los súbditos de la corona española anterior, pues la unión política castellano-aragonesa no supuso una inmediata unión idiomática, cultural, administrativa y mucho menos una unión nacional como se pretende desde el nacionalismo español actual (romanticismo trasnochado). El sevillano Antonio de Nebrija (1444-1522) al servicio de Fernando de Aragón “el Falsario” (muerta Isabel la Católica y casado para entonces en segundas nupcias con la francesa Germana de Foix), dejó escrito sobre los nabarros que acababan de conquistar las huestes españolas: “prestaron juramento formulario de que en adelante serían españoles y estarían sometidos a los príncipes hispanos”, por tanto estaban “sometidos” por primera vez a unos nuevos príncipes-reyes “hispanos”.

En su famoso libro “La rebelión de las masas”, Ortega y Gasset lo describe así: “Para explicarnos cómo se han formado Francia y España, suponen que Francia y España preexistían como unidades en el fondo de las almas francesas y españolas. ¡Como si existiesen franceses y españoles originariamente antes que Francia y España existiesen! ¡Como si el francés y el español no fuesen, simplemente, cosas que hubo que forjar en dos mil años de faena!”

Es mucho menos conocido en general, pero igual de democrático que el Derecho germánico, el Derecho pirenaico, donde también está presente esa dualidad “gobierno-pueblo”, derecho autóctono y diferente al resto que sobrevivió incluso al Imperio romano. En el caso de Nabarra, uno de los Estados donde se aplicaba el Derecho pirenaico (aunque no el único), el equilibrio pueblo-rey se ve claramente en los Infanzones Nabarros o de Abarca, también llamados de Obanos por el lugar principal donde celebraban sus reuniones, los cuales nacieron a finales del siglo XII con Sancho VII el Fuerte y que alcanzaron entre 1283-1328 su máximo esplendor. Su principal función era la de controlar los atropellos o contrafueros del rey y de los ricohombres nabarros, así como ejercer la justicia en el reino. Los infanzones funcionaban en “Hermandad” con las “buenas villas” contra los malhechores, pero también, según comenta el párroco de Aldaba, “las Juntas nacieron reinando Sancho el Fuerte para defenderse infanzones, labradores y eclesiásticos de los atropellos del rico hombre”. Iñigo Martínez de Sunbiza comenta al respecto que “con la autorización del propio rey, eran los hombres pobres defendidos y la tierra estaba en paz”.

“En el axioma de las Juntas de Infanzones ‘‘pro libertate patria gens libera state’’ se recoge la constitucionalización del principio de que las libertades públicas y privadas son imprescindibles para la libertad de la nación” comenta Tomás Urzainqui, el cual explicaba así este equilibro dual de la democracia nabarra: “Su función era por tanto ponderar el poder del monarca y dirimir disputas entre nobles, su lema se puede traducir bien como: “Por la libertad de la Patria, el pueblo sea libre”, o también como: “sea la gente libre por la libertad de la Patria”, más abierto y liberal que la Carta Magna inglesa que es de la misma fecha”.(1)

Pero, el Derecho germánico surgía de un sentimiento étnico germánico basado en los vínculos personales y gentilicios con el jefe, los cuales eran de índole privada. En el Derecho pirenaico, el apelativo «baskones» hace referencia a un sentimiento de pueblo, es por tanto nacional y hace referencia al conjunto del pueblo y a la defensa común de los intereses de la colectividad. Este concepto de pueblo se desarrolla por tanto en el ámbito del Derecho público, mientras que en el germánico lo hace en el Derecho privado.

Es decir, existe una diferencia “sutil” entre el Derecho germánico y el pirenaico, el primero es una relación pactada entre una parte del pueblo germánico con un miembro destacado del mismo que le convertía en su rey o dirigente, por lo que podría tener el pueblo varios jefes a la vez, como Rodrigo que autoproclamado rey intentaba invadir las baskona Iruña-Pamplona a la entrada de los musulmanes en el 711, o como el franco-merovingio Clodoveo, que asesinó a todos los reyezuelos germánicos-francos como Siagrio en Soissons para hacerse con el territorio entre los ríos Sommer y Loira, además venció a los pueblos germánicos hermanos de los turigios, burgundios, alamanes y armoricanos en el siglo VI, mientras que, en el Derecho pirenaico, es todo el pueblo el que elegía a un sólo rey desde el primero de ellos, Eneko Aritza tras la Segunda Batalla de Orrega-Roncesvalles, precisamente contra el imperialismo franco.

En los Fueros, en los que se plasma el Derecho pirenaico con su base consuetudinaria, figura en las primeras redacciones de lo que luego se llamará Fuero General esa dualidad democrática -época de Sancho VI el Sabio y Sancho VII el Fuerte, mediados y finales del siglo XII-: ‘‘fuero que ha el rey de Navarra con todos sus navarros y los navarros con el Rey’’. El juramento de los reyes de Nabarra de 1234 mantiene viva la idea de que las cosas juradas no eran concesiones o privilegios revocables, sino que formaban parte de la misma Constitución política del Reino. Las Leyes están por encima del Rey: “antes leyes que reyes”.

Es más evidente incluso esta dualidad en los estamentos de las Cortes nabarras que tienen clara conciencia de que actúan en nombre de ‘‘todo el pueblo de Navarra’’ o de ‘‘todo el pueblo del regno de Navarra’’. En ninguna otra monarquía europea habían logrado los ‘‘estados generales’’ imponer a la Corona el juramento de las leyes y la reparación de agravios como requisito previo a la investidura real, ya presente al menos desde el padre de Sancho VI, García Ramírez el Restaurador (1134-1150), elegido por una Junta de infanzones contra la voluntad del anterior rey.

Tal y como dejó escrito su hijo Sancho VI el Sabio en el Laudo de Londres de 1177, su padre era rey por “divina voluntate et fide naturaliun hominum suoarum exhibita”, es decir, por la fidelidad probada de sus moradores naturales, caso único en Europa. García Ramírez el Restaurador era rey soberano por voluntad de sus súbditos que así lo nombraron, para ello debió previamente, como era costumbre, jurar los Fueros o el pacto con el pueblo.

En el Estado nabarro, legalmente, el reino compartía la soberanía con el rey. El reino estaba encarnado en las Cortes, que a su vez se constituían con los representantes de las universidades (comunidad vecinales o villas), los militares (nobleza) y los eclesiásticos. La política del país se regía por un doble contrato: uno entre el príncipe y su pueblo, y otro entre el pueblo y la asamblea encargada de representarle; en los dos casos la base del contrato era el respeto de las Leyes constitucionales o Fueros.

Por tanto, mientras que el ejercicio del poder en Nabarra era objeto de un contrato entre el rey y las Cortes o Estados Generales, el absolutismo triunfante en Francia y España suponía la organización de un poder político férreamente sometido al control exclusivo del rey y de sus funcionarios. Estas ideas políticas se encuentran en el funcionamiento de las instituciones y estados generales de los países del Estado pirenaico de corona Nabarra-Beárn-Foix-Labrit (incluidos Bigorra, Coserans, Comminges, Domezan, Armagnac, Andorra, etc.) al menos entre 1481 a 1620 (año de la invasión francesa del reino de Nabarra), prolongándose con dificultades hasta 1789 (año de la Revolución Francesa), consiguiendo mientras tanto triunfar definitivamente en los Países Bajos e Inglaterra durante los siglos XVI y XVII. En el Proemio del Fuero Reducido de 1528 y en el Preámbulo del Fuero de Beárn de 1551 promulgado por Enrique II de Nabarra “el Sangüesino”, se percibe el sentido republicano de la elección del rey, cuya figura queda supeditada a las libertades (entresacado del texto mencionado de Tomás Urzainqui Mina y de su libro “Navarra Estado Europeo”).

“Con su sentido innato de la libertad en comunidad o colectividad comunal, así como su autonomía en solidaridad, los vascos son los testigos de la más vieja democracia en el mundo occidental” Franz-Karl Mayr, Doctor en filosofía por la universidad Portland en el libro “El matriarcado vasco”.

La dualidad democrática gobierno-pueblo, da un gran paso atrás en Francia tras su Revolución de 1789 (si exceptuamos la efímera Comuna de París de 1871) y en España tras la invasión francesa de 1808, estos Estados imperialistas se embarcan desde entonces en un proyecto inconcluso o “invertebrado”: el Estado-nación hecho desde el gobierno, de arriba a abajo (no una nación que se da un Estado para organizarse y defenderse como Nabarra, nación-Estado), y han logrado que -en mayor parte- la sumisión de la ciudadanía sea voluntaria, “fruto del devenir histórico”. Se trata de confundir el pueblo-nación y el gobierno en uno solo: el Estado totalitario por antonomasia, “a partir de ahí se justifica el estado por ser una nación, pero ésta fue brutalmente creada primero” (Joseba Ariznabarreta).

Robespierre (1758-1794), miembro de la Asamblea Constituyente y jacobino en la Convención de París, mediante un estado de excepción con una brutal represión para el que se creó el término de “terrorismo”, centralizó todos los poderes en su persona, él lo decía mucho más claro: “Nuestra voluntad es la voluntad general”, es el comienzo del totalitarismo del Estado-nación, esta frase es más totalitaria que la del “rey Sol”, Luis XIV (1643-1715) “El Estado soy yo”, que se refiere a que el gobierno-institución es sólo él frente al pueblo, aunque la frase es probablemente apócrifa (Luis tenía 1 mes en la fecha cuando se supone que la dijo), pero en su lecho de muerte sí que dijo: «Je m'en vais, mais l'État demeurera toujours» («Me marcho, pero el Estado siempre permanecerá»), el Estado-institución francés era un hecho totalmente consolidado, pero de un rey frente a un pueblo.

Desde la Revolución francesa, poco a poco, ya no hay una lucha entre los reyes versus pueblo, ahora simplemente hay dictadores y gobiernos que dicen ser parte del pueblo-nación y que mediante elecciones y parlamentos manipulados o no (depende de si les hace falta), se hacen con el poder absoluto sin resistencia por parte del pueblo. Como el propio Robespierre argumentaba: “para hacer una tortilla, hay que romper lo huevos”, así nació el modelo Estado-nación totalitario: “la tortilla francesa”.

La sociedad se identifica más con la nación –el resto de personas de su colectividad cultural y política- que con el Estado-institución, por lo que los gobernantes buscan la confusión de ambos términos para conseguir así una mayor sumisión del pueblo a sus necesidades particulares. El gobierno trata de hacer creer que sus necesidades son las del interés general, que el suyo es el interés del pueblo al que pretende suplantar: “Todo el poder del estado reside en el poder de las masas que lo sostienen y apoyan. Por lo que es tan importante para él apoderarse del corazón y la opinión de las mismas, a fin de convertirlas en UN pueblo al que cabe también denominar estado incluso gobierno, porque los tres términos designan ahora la misma realidad social y contienen los mismos objetivos (…). El estado nunca hubiera podido imponerse durante mucho tiempo sin disfrazarse de pueblo, la nación en el mundo en el que vivimos”. “Pueblo y poder”, Joseba Ariznabarreta.

Esa búsqueda de más poder, llevó a los grandes gobernantes a la invasión de otros pueblos y Estados, pueblos a los cuales luego pretendían convertirlos en el suyo, usando para ello todos los medios violentos (leyes, jueces y fuerzas de seguridad del Estado) e ideológicos a su alcance (como la religión o las escuelas) para “igualarlos” en idioma, cultura, enseñanza, ideología, religión etc. El siglo XIX es el siglo del imperialismo, J.M. Roberts en su libro “Historia Universal” lo resume así: “Tras la ola imperialista, dejando de lado la Antártida y el Ártico, menos de la quinta parte de la superficie del mundo pasó a estar bajo una bandera europea o bajo un país colonizado por Europa en 1914, y de esta reducida fracción, sólo Japón, Etiopía y Siam disfrutaban de una autonomía real”. Como dejó escrito Iñaki Aginaga en su cuaderno Erresuma nº 1: “el imperialismo es especie del totalitarismo”, pero el pueblo que oprime a otro pueblo no puede se libre, “El imperialismo es: genocidio/etnocidio, expolio y explotación” Joseba Ariznabarreta “Pueblo y Poder”.

El siglo XX es el del perfeccionamiento de los Estados totalitarios, los fascistas y los comunistas, los “de derechas” y los “de izquierdas”. Los Estados totalitarios de derechas dieron otro paso con el fascismo, el pueblo era para ellos sólo su instrumento para aumentar el poder del gobierno, una mera herramienta, de ahí su tendencia a la guerra y al imperialismo, era el culto al poder absoluto encarnado en un “duche”, “führer” o “caudillo”. Nietzsche (Alemania 1844-1900) y después Ortega y Gasset (España 1883-1955) hablaban del “Super-hombre”, de la supervivencia del más fuerte, de la destrucción del más débil, el Estado debe estar en manos de unos pocos hombres superiores al resto que están a su servicio.

“Cuando todo es estado, el estado se vuelve irreconocible, se anonada, puesto que ya no hay nada que permita distinguirlo del pueblo condición necesaria para la existencia de aquél. Cuando el pueblo muere, muere el estado con él, sólo quedan rebaños de “hombres” (…) unidos en y por la obediencia a sus amos: pueblo de demonios” “Pueblo y poder”, Joseba Ariznabarreta.

Dentro de esta teoría fascista-totalitaria, se perpetúa en España un dictador, el cual en una de sus primeras alocuciones radiada el 1 de octubre de 1936, nos deja la definición de fascismo, era el militar español alzado en rebeldía Francisco Franco: "España se organiza en un amplio concepto totalitario, por medio de instituciones nacionales que aseguran su totalidad, su unidad y continuidad. El carácter de cada región será respetado, pero sin perjuicio de la unidad nacional, que la queremos absoluta, con una sola lengua, el castellano, y una sola personalidad, la española". El dictador murió feliz en la cama, sólo la colonia peninsular de Nabarra junto a Catalunya le plantaron cara hasta el final.

En este discurso el pueblo ha muerto, el Estado es el único superviviente, “las instituciones nacionales”, el Estado ya no es la organización política de una sociedad o pueblo, es la “sociedad en sí”, lo es todo, tal y como explicaba Nietzsche en su libro “Así habló Zaratrusta”: “En alguna parte hay todavía pueblos, pero no entre nosotros, hermanos míos: entre nosotros hay Estados ¿Estado? ¿Qué es? Prestadme atención, voy a hablaros de la muerte de los pueblos”.

Por su parte, el comunismo marxista preveía que el pueblo proletario llegaría al poder y por tanto se acabaría con el dualismo burguesía-proletariado, “la dictadura del proletario” la llamó Karl Marx. El gobierno equivaldría para Marx a la burguesía poseedora del capital o medios de producción y el “proletario” al pueblo (el que aporta la “prole” a la cadena de producción), en la lucha de clases vencería la “masa orteguiana”: vencería el “proletario”, ¡Proletarios de todos los países, uníos! (“Manifiesto comunista”).

Karl Marx (Alemania 1818- Londres 1883), siguiendo la corriente hegeliana e incluso presocrática de la dialéctica, veía en ello la evolución natural e irreversible de la historia de la humanidad, “un fantasma recorre Europa, el fantasma el comunismo”, para Marx y Engels el dualismo de clase es el que explica la historia de la humanidad: esclavo-amo, señor feudal-vasallo, capitalista-proletario, basándose para esta clasificación en los medios de producción. Esos medios de producción serían la infraestructura (el poder tecnológico) condicionaba la supraestructura o todos los aspectos del poder social (el religioso y/o ideológico, el económico y el político): “La historia de todos las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases” Karl Marx.

Para Marx, al llegar el proletariado al poder y con la propiedad pública de los medios de producción (el kapital), desaparecerían las clases: “En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismo de clase, surgirá una asociación en el que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de los demás”. Esto supondría la desaparición del Estado o el dualismo gobierno-pueblo, por tanto sería más bien un planteamiento anarquista, así, en la mencionada obra comenta: “Una vez en el curso del desarrollo haya desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el Poder público perderá su carácter político. El Poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para opresión de otra (se refiere, claro está, al Estado)”.

Marx distinguía las clases en función de si eran poseedores de los medios de producción o no, pero Marx no demuestra que lo que marca la diferencia de clase sea precisamente esa propiedad (en el reino de Nabarra, por ejemplo, existían en la Edad Media muchos pequeños propietarios de tierras que no responden ante un señor feudal y en la Revolución industrial de la Nabarra Occidental también hubo lugar para innumerables PYMES, donde el propietario o “capitalista” era un trabajador más), ni siquiera definió lo que era una “clase social”, sólo las señaló en base al criterio apriorístico comentado de la propiedad de los medios de producción, tal y como aclara el economista austriaco-americano J.A. Schumpeter (1883-1950) en su libro “Capitalismo, socialismo y democracia”.

Para Marx y Engels, sería el propio capitalismo el que llevaría inexorablemente a la revolución obrera y a su toma del poder, sin embargo, en el “Manifiesto comunista”, el propio Marx hablaba ya de lo que en realidad ha ocurrido: los gobernantes cedieron en parte su presión-poder sobre el pueblo, les concedieron parte de sus reivindicaciones: sindicatos, mejoras sociales etc. y el “fantasma del comunismo” desapareció como una azucarillo en un vaso de agua:

“El socialismo conservador o burgués: una parte de la burguesía desea remediar los males sociales con el fin de consolidar la sociedad burguesa. A esta categoría pertenecen los economistas, los filántropos, los humanistas, lo que pretenden mejorar la suerte de la clase trabajadora (…) Los burgueses socialistas quieren perpetuar las condiciones de vida de las sociedad moderna, pero sin luchas y los peligros que surgen fatalmente de ellas. Quieren perpetuar la sociedad actual, pero sin los elementos que la revolucionan y descomponen. Quieren la burguesía sin el proletariado”.

Del mismo modo, Marx también se daba cuenta de la existencia de una fuerza que se ha mostrado superior a la fuerza unificadora de la clase social, la nación: “La lucha del proletario contra la burguesía es el principalmente una lucha nacional. Es natural que el proletario de cada país debe acabar en primer lugar con su propia burguesía” (…) “En la misma medida que sea abolida la explotación de un individuo por otro, será abolida la explotación de una nación por otra”.

El comunismo no cuajó más que en unos pocos Estados, por lo que no se cumplió la ansiada “liberación” en cadena de todo el proletario del mundo nación a nación (en realidad Estado a Estado). Se pasó entonces a la conquista pura y dura de un Estado a otro para imponer el modelo de “socialista científico” o comunismo, con Rusia como adalid tras la Revolución Bolchevique que comenzó en 1917 (ya habían fallecido para entonces Marx y Engels), era el viejo imperialismo del Estado más fuerte (el que más armamento tiene y mejor sabe hacer la guerra), no hubo “dictadura del proletario” sino un nuevo sistema económico –con los medios de producción públicos y con un mercado planificado- y un nuevo modelo de Estado totalitario: el comunista, donde el pueblo se convierte en una masa ilimitada de ineficiente y borreguil funcionariado al mero servicio del poder, el cual está totalmente centralizado en un gobierno omnipresente y todopoderoso, modelo que se demostró económicamente inviable o cuando menos inferior al desarrollado por “el socialismo conservador o burgués” llamado después “socialismo reformista o revisionista” y hoy “socialdemocracia”, separado definitivamente del comunismo tras la Segunda Internacional en 1889.

Desde este período de la historia y hasta el presente, J.R. Roberts profesor de historia en Oxford y Cambridge, en su libro “Historia Universal” comenta: “Nunca hasta ahora había habido tantos Estados. Nunca hasta ahora había habido tanta gente que ve en un gobierno la mejor forma de garantizar bienestar, y no un enemigo inevitable”.

Es el Leviatán, el monstruo en su pleno apogeo del que hablaba Hobbes ya en el siglo XVII: “Mediante el Arte se crea ese gran Leviatán que se lo come todo y que se puede llamar indiferentemente república o Estado, y que no es sino un hombre artificial, aunque de estatura y fuerza superiores a las del natural, para cuya defensa y protección fue pensado. Allí la soberanía es un alma artificial que da fuerza y movimiento al cuerpo entero; los magistrados, y otros funcionarios de la judicatura y ejecución, son las articulaciones...”

Estos modelos totalitarios fascista-comunista cayeron y la presión de los pueblos europeos –aún vivos pese a todo- hizo que el gobierno tuviera que afinar el modelo para no perder ni un ápice del poder. Como dijo Alexis de Tocqueville (Francia 1805-1859), “el totalitarismo moderno sólo se puede imponer revestido de democracia”.

“El totalitarismo moderno”, explicaba IPARLA en abril 1989, es: “sumisión generalizada de toda la oposición, monopolio de la violencia, concentración del poder, absorción administrativa y uniforme del conjunto de la vida social, confiscación y utilización sistemática de los medios modernos de condicionamientos ideológico y de camuflaje de la propia naturaleza del poder político”.

El totalitarismo toma diferentes formas según conveniencia y devenir histórico. El Estado totalitario hoy se viste de democrático y de Estado-nación para poder subsistir, por ello tiene toda la apariencia de democrático, tiene libertad de expresión (con flagrantes excepciones como cierres puntuales de periódicos), incluso se vota y hay diferentes opciones que al principio eran apenas diferenciables y muy restringidos el número de posibles votantes entre los más pudientes (como en la España “liberal” del siglo XIX con Canovas del Castillo y Sagasta) para, finalmente, conseguir el sufragio universal: Francia en 1914 y en España 1931 (en el Derecho pirenaico, hasta su abolición en el siglo XIX, el sufragio era un voto por familia o fuego).

No es nuevo por tanto, incluso el mencionado caudillo español F. Franco ya lo había intentado, así llamaba a su régimen militar fascista “democracia orgánica” y la gente votaba, había un sindicato y se formaba un parlamento con el que se mantenía el paripé de una supuesta dualidad “democrática” pueblo-dictador elegido por aquél. Pero votar o que haya diferentes opciones para ser votadas, no es suficiente para que un Estado sea democrático (es una condición más aunque la más visible), es imprescindible que exista además la dualidad en equilibrio entre gobierno-pueblo, incompatible a su vez con la existencia del imperialismo o un pueblo sometido militarmente a un gobierno que no es el propio.

El Estado totalitario actual toma forma de una democracia parlamentaria, pero incluso hoy es evidente la falta de la dualidad democrática en muchos de ellos como en España, “Hitler, Stalin, Franco u otros desaparecidos adalides del fascismo, se convierten en chivos expiatorios para exculpar a regímenes que nos son sino remozada continuación de los que aquellos guiaron y sostuvieron”. “Historia Universal”, J.M. Roberts.

Ese totalitarismo en el caso español ha quedado plasmado en Constitución actual o Ley Orgánica principal de 1978, por un lado podemos leer en el Artículo 1 en su punto 2 de esa Constitución española de 1978: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. Pero el totalitarismo no quiso pasar desapercibido, así que impone al pueblo-nación en el Artículo 8. 1.: “Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. El profesor y filósofo español J. L. López Aranguren (Ávila 1909-Madrid 1996) lo decía tenía muy claro: “vivimos en un régimen que, bajo apariencia de democracia, tiene un poder absoluto”.

El coronel del Estado Mayor español durante aquellos años, Amadeo Martínez Inglés, lo explicaba también en su libro “La transición vigilada”: “Los generales franquistas dijeron a los políticos: o me firman esto de la democracia con la monarquía, o aquí hay un golpe militar y volvemos a lo de antes. (…) En una democracia real la única misión que deben tener las fuerzas armadas es la defensa exterior del país. Ningún país moderno contempla la defensa contra un enemigo interior, para eso están la policía y las Fuerzas Seguridad del Estado. (…) ¿Cómo vamos a ser garante el ejército de ordenamiento constitucional, si en democracia éste de puede cambiar cada vez que así lo decidan sus ciudadanos?”. Es decir, España (o Francia), es doblemente totalitaria, como Estado imperialita y como proyecto de Estado-nación totalitario, donde el gobernante que mande sobre el ejército es el verdadero soberano de España y no el pueblo español, el cual queda supeditado al primero y queda escrito en la Constitución -aunque no era necesario-.

“Caben grados en la democratización del Estado, sin que sea posible quizás jamás alcanzar el óptimo en tal dirección. Pero hay un mínimo de condiciones sin cuya presencia no cabe ya denominar a un Estado democrático (…). Ineludible en un sistema democrático, es la posibilidad para todo cuerpo político de asegurar mediante la fuerza propia de uno u otro género, la defensa de las instituciones con las que se ha dotado y al mismo tiempo de controlar también a sus propios guardianes (…); el ejército español sigue siendo en todo caso custodio sólo de los permanentes intereses de la “nación” española que están hoy por hoy en las antípodas de los nuestros. (…) No hay posibilidad para los vascos de participar en la política general del Estado (español)” Joseba Ariznabarreta “Pueblo y Poder”, Orreaga 2007.

El tener que dejarlo por escrito y el no admitir incluso hoy suprimir ese artículo, denota una España inconclusa o “invertebrada” como comentaba Ortega y Gasset, desde la corona de Estados o naciones anterior entorno a un rey o monarca, al modelo totalitario de Estado-nación del siglo XIX, al cual se le sumó unas votaciones para darle apariencia de democrático después, pero el imperialismo es lo que tiene “la dificultades aparecen cuando se conquistan dominios en una región con lengua, costumbres y leyes diferentes, y hay que tener mucha suerte y mucha habilidad para conservarlos (…) Y quien se adueñe de una ciudad (o Estado) acostumbrada a ser libre y no la destruya, que se espere ser destruido por ella, porque el nombre de la libertad y de las antiguas instituciones siempre encuentra refugio en la rebelión, y ni el tiempo transcurrido ni los beneficios obtenidos pueden hacer que sean olvidadas” Nicolás Maquiavelo, “El príncipe”. España sabe que si fuera una democracia real, el pueblo nabarro y el catalán volverían a conseguir su libertad (derecho de autodeterminación), pero incluso sin catalanes ni nabarros, el pueblo español parece incapaz de controlar la tendencia al totalitarismo de su gobierno.

En estos Estados totalitarios actuales como el español o el francés, es perfectamente aplicable lo que decía Ken Livingstone, el alcalde laborista de Londres entre los años 2000 y 2008: “Si las elecciones servirían para algo, las suprimirían”.

En Andorra el Derecho pirenaico está en pleno vigor en su Constitución de 1993, gracias a la coincidencia en un momento de la historia en la misma persona la corona del reino de Nabarra y el condado de Foix (coprícipe de Andorra junto con el obispo de la Seu de Urgell), el cual introdujo el Derecho pirenaico en el pequeño Estado andorrano, ésta Constitución en su Artículo 1 en su punto 3 dice: “La soberanía reside en el pueblo andorrano, que la ejerce mediante las diferentes clases de participación y de las instituciones que establece esta Constitución”. Es decir, unas instituciones estatales y/o gobierno al servicio y bajo el control del pueblo andorrano, no hay añadidos posteriores ni matices, el pueblo y el gobierno quedan separados y en equilibrio: en democracia.

NOTA

1. DEIA 24 de julio del 2004

NABARRAKO ERESERKIA

Nabarra, reflexiones de un Patriota

Reflexiones de un Patriota by Iñigo Saldise Alda
ASKATASUNA = Baskoinak x Nafar Paradigma

"PRO LIBERTATE PATRIA GENS LIBERA STATE"

"Aberri askearen alde jende librea jaiki"

"De pie la gente libre a favor de la libertad de la patria"

Navarre shall be the wonder of the world

by WILLIAM SHAKESPEARE

EUSKARA-LINGUA NAVARRORUM

EUSKARA-LINGUA NAVARRORUM

©NABARTZALE BILDUMA 2011

©NABARTZALE BILDUMA 2011