Carlos III el Noble de Navarra, artífice del Privilegio de la Unión
Joseba Asiron
Carlos III nació el 22 de julio de 1361 en Mantes-la-Jolie, localidad cercana a París donde en aquel momento se encontraban sus padres. Mantes era entonces una plaza de soberanía navarra, y se encontraba además cerca de Évreux, que era el territorio patrimonial de sus antepasados, los condes de Évreux. El príncipe era hijo de Juana de Valois y del rey Carlos II de Navarra, aquel al que la historiografía francesa encasquetó el sobrenombre de Carlos el Malo (le Mauvais), porque quiso hacer valer sus derechos dinásticos a la corona de Francia, tomando parte en la denominada guerra de los Cien Años.
La dinastía real Évreux había sido iniciada en Navarra por su abuelo Felipe III, conde de Évreux, por casamiento con la reina Juana II de Navarra, hija del rey Luis I el Hutín (es decir, el Obstinado). Debido al fracaso de la política exterior de su padre, el joven Carlos fue entregado como rehén al rey de Francia, y fue criado en la corte de París como si de un príncipe francés se tratase. Fue, según opinión unánime, una persona de gran inteligencia y prudencia, dotado además de una personalidad agradable y atractiva.
Retenido en una cárcel dorada durante los primeros años de vida, el joven príncipe Carlos no pisaría su capital Pamplona hasta 1366, cuando contaba ya cinco años, y aún hubo de pasar dos años más en la corte de París, entre 1378 y 1380 cuando, enviado como embajador por su padre, fue apresado de manera artera por el rey de Francia. Carlos III fue coronado en la catedral de Pamplona, tras la muerte de su padre en 1387, y se casó con la princesa Leonor de Trastámara, hija del rey de Castilla.
¿Un remanso de paz...?
Los historiadores señalan siempre las diferencias de carácter entre el joven príncipe y su padre, el belicoso Carlos II. Y justifican con dichas diferencias el hecho de que Carlos III se empeñara en apaciguar el reino. Que sacara a Navarra del conflicto europeo que la había desangrado, que hiciera las paces con el rey de Francia, y que consiguiera acercamientos importantes con Castilla, con Aragón y hasta con el Papa. Y todo ello es cierto.
Pero quienes conocen de primera mano la documentación de su reinado saben que no estuvo ni mucho menos exento de problemas, sobre todo en lo que al control interior del reino se refiere. Las guerras de linajes, que desde hacía varias generaciones sacudían el reino, siguieron vigentes durante su tiempo, de manera más o menos explícita. Estos banderizos, que posteriormente y de manera un tanto simplista serían clasificados como beaumonteses o agramonteses, dieron muchos quebraderos de cabeza al rey.
Así, en 1410, cuando Carlos III llevaba ya 23 años en el trono, se tuvo que emplear a fondo para apaciguar a los señores de Eraso, Amézqueta, Samper, Zabaleta, Azpilcueta, Irurita, Zozaya, Jarola y Vergara, que mantenían encendido el norte del reino con sus guerras privadas. Cuatro años más tarde, en 1414, tuvo que enviar a uno de sus más altos cargos, el merino de Estella, a poner paz entre las familias Alzate, Zabaleta, Lizarazu y Aizaga, que andaban de nuevo a la greña. Y todavía en 1423, dos años antes de morir, el conflicto reavivado entre los Lusa y los Agramont en Baja Navarra le obligó a enviar allí una embajada disuasoria durante 22 días.
Un reinado fructífero
Con todo, debemos reconocer que el de Carlos III fue un reinado que dejó muy buen poso. Además del apaciguamiento de la política exterior, Carlos (o Charles) impulsó la construcción del castillo-palacio de Olite, maravilla de la castellología navarra y europea. Y levantó otro no menos espectacular palacio en Tafalla, hoy por desgracia desaparecido.
En su capital, Pamplona, dio impulso a la construcción de la actual catedral gótica de Pamplona, tras el hundimiento de la cabecera románica en el amanecer del 1 de julio de 1390. A su muerte había dejado ya levantadas las capillas laterales, las dos naves secundarias y buena parte de la altísima nave central, que se elevaba hasta los 28 metros. De este modo, y como se ha comentado ya en alguna ocasión, se da la paradoja de que Carlos III fue coronado en 1387 en una catedral románica, pero en 1425 sería enterrado en una catedral enteramente gótica. Su magnífico sepulcro, en el que aparece retratado junto a su mujer, la reina Leonor, fue realizado por el escultor borgoñón Jehan (o Janín) Lome, y constituye toda una joya de la escultura funeraria del gótico europeo.
El Privilegio de la Unión
Con todo, desde la perspectiva pamplonesa, la acción más importante y decisiva del rey fue sin duda la promulgación del Privilegio de la Unión del 8 de septiembre de 1423. Como es sabido, durante toda la Edad Media los tres burgos que formaban Pamplona (Navarrería, San Cernin y San Nicolás) habían mantenido muy malas relaciones entre ellos, sosteniendo conflictos de manera permanente. Los enfrentamientos tocaron techo en 1276, cuando la Navarrería fue enteramente destruida por los otros dos burgos, permaneciendo despoblada durante cuatro décadas.
Carlos III decidió solucionar definitivamente aquella cuestión cuando, habiéndose personado en Pamplona para presentar publicly a su nieto, el príncipe Carlos de Viana, asistió atónito al espectáculo de los jurados (concejales, diríamos hoy) de los tres burgos, peleando por lograr los puestos de preferencia en el cortejo municipal. Y decidió cortar de raíz.
El Privilegio, escrito en romance navarro sobre un pergamino de piel, es una compilación de disposiciones de diferente tipo, que terminaría con la secular división tripartita de la ciudad. Decreta que en lo sucesivo Pamplona sea considerada una única ciudad, con unas normas comunes, con defensas comunes y sin divisiones internas. Sería además un único municipio, con un único ayuntamiento, un alcalde, un solo pendón o bandera y un único escudo, el león pasante bajo la corona real de Navarra.
Y mandó además construir una Jurería o Casa Consistorial, en el mismo lugar donde se encuentra hoy, es decir en el espacio libre o tierra de nadie situada entre los tres burgos, allí donde antiguamente salían a pelear, como símbolo perpetuo de unión entre las gentes de Pamplona. El Privilegio de la Unión, en suma, modernizaba la vieja Iruñea, la sacaba de la Edad Media y la colocaba en la mejor disposición para afrontar el ya cercano Renacimiento, como la capital humanista de un estado pequeño pero solvente, en el terreno de juego de la política europea.
Sombras finales
Carlos de Évreux murió el 8 de septiembre de 1425, segundo aniversario del Privilegio de la Unión. Aunque había tenido varios hijos varones estos habían fallecido de niños, por lo que el trono recayó en su hija Blanca I de Navarra, viuda del rey de Sicilia y casada en segundas nupcias con el hermano del rey de Castilla, el nefasto Juan de Aragón (futuro Juan II).
Las disposiciones matrimoniales especificaban que este Juan “llegaba como extranjero a la subcesión”, por lo que en caso de fallecimiento de la reina debería ceder el trono al heredero de ambos. Las intrincadas estipulaciones del documento, no obstante, permitieron a Juan retener el trono tras la muerte de la enfermiza Blanca, retrasando sine die la entrega del trono al hijo de ambos, el príncipe Carlos de Viana.
Colmada la paciencia del joven Carlos, las desavenencias con su padre terminaron por convertirse en guerra civil en Navarra en el año 1451. Ante la disyuntiva de elegir entre el padre o el hijo, el cuerpo nobiliario se partió en dos bloques irreconciliables. De un lado se alineó el bando agrupado en torno a las familias Peralta-Navarra, que apoyaban a Juan de Aragón, mientras que Carlos de Viana recibió el apoyo del conglomerado Beaumont-Lusa, sostenido y subvencionado de manera más o menos subrepticia por Castilla, a la que venía muy bien la idea de una Navarra dividida.
De este modo podemos concluir que el brillante reinado de Carlos III trajo consigo, paradójicamente, la posterior ruina del reino, puesto que abonó y reavivó un conflicto banderizo que duraba ya varias generaciones, y que el buen rey Carlos no había sabido atajar durante su reinado. La semilla para la conquista española de Navarra estaba ya sembrada, y preparada para germinar.
