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2017/09/19

Carlos de Trastamara y Evreux

Carlos de Trastamara y Evreux
Iñigo Saldise Alda



Carlos de Trastamara y Evreux, nació en una dependencia anexa al convento de la Orden de los Predicadores existente en Peñafiel, Reino de Castilla y León, el día 29 de mayo del año 1421. Su madre Blanca de Evreux y Trastamara era por aquel entonces la princesa heredera del Reino de Nabarra, mientras que su padre era el duque de Peñafiel y señor de Lara Juan de Trastamara-Aragón y Alburquerque.

Tras conocer la noticia, Carlos III de Nabarra preparó para la buena crianza del infante nabarro Carlos de Trastamara-Aragón y Evreux, una delegación en la cual destacaban la presencia de una nodriza por cada Merindad del Estado de Nabarra. Dicha comitiva partió hacia el Reino de Castilla y León, pero no con destino a Peñafiel, sino a la villa de Olmedo, ya que el infante Juan de Aragón había decidido cambiar su lugar de residencia para estar más cerca de la Corte del Reino de Castilla y León, arrastrando con ello a la princesa heredera del Reino de Nabarra Blanca y por su puesto al hijo de ambos Carlos.

Carlos fue bautizado en septiembre del mismo año, siendo el castellanoleonés Álvaro de Luna su padrino en la ceremonia religiosa de la doctrina cristiana.

Carlos de Trastamara-Aragón y Evreux fue jurado por las Cortes del Reino de Nabarra que se reunieron de forma extraordinaria en Erriberri-Olite, como legítimo heredero a la Corona y Reino de Nabarra en el año 1422.

Los enfrentamientos militares existentes entre los Reino de Aragón y y de Castilla-León, provocaron la intervención mediadora de Carlos III de Nabarra, el cual aprovechó para sacar de las peligrosas tierras castellanoleonesas a su hija la princesa heredera del Reino de Nabarra Blanca y a su nieto Carlos ese mismo año, fijando la princesa heredera del Estado de Nabarra su residencia habitual en la mansión, castillo y palacio de Erriberri-Olite.

La acogida que recibieron el niño Carlos y su madre Blanca, tanto por parte del Pueblo nabarro como de la nobleza del Reino de Nabarra, fue increíblemente amorosa y buena, facilitando con ello la adaptación a la princesa heredera del trono nabarro. Además un año después su hijo recibió de Carlos III de Nabarra el principado de Biana. Dicha asignación obligaba a su poseedor o poseedora, la estancia, permanencia y residencia dentro del Estado de Nabarra, donde debía ser instruido de forma obligada en el Derecho Pirenaico y/o los Fueros y las Costumbres del Reino de Nabarra.

El Principado de Biana estaba constituido por las villas y castillos de Biana, Laguardia, San Vicente de la Sonsierra, Bernedo, Aguilar, Genevilla, Lapoblación, San Pedro y Cabredo, con sus aldeas, y por las villas y lugares pertenecientes al rey Carlos III de Nabarra en Val de Campezo; por los castillos de Marañón, Toro, Ferrera y Buradón, las villas de Peralta y de Cadreita, además de las de Corella y de Cintruénigo. Siendo además indivisible a semejanza del Reino de Nabarra, según los Fueros y costumbres del mismo, siendo propiedad del mismo la Corona de Nabarra.

Así pues, el príncipe Carlos de Biana fue educado de forma exquisita en la localidad de Erriberri-Olite, tanto en el manejo de las armas como en las letras. En los primeros años, su maestro en las letras fue Fernando de Galdeano, mientras que la educación caballeresca y militar corrió a cargo del caballero nabarro Martín Fernández de Sarasa. Posteriormente fue su tío, prior de la Orden de San Juan de Jerusalen en el Reino de Nabarra Juan de Beaumont y Curton, el que se encargó de ambas tareas. Por otro lado, su confesor privado y educador espiritual fue fray Daniel de Belprad, quien le transmitió su gusto personal por la lectura y los clásicos.  Todo ello supervisado del forma piadosa y delicada por su madre Blanca, ya reina titular del Estado de Nabarra y duquesa de Nemours tras la muerte de Carlos III de Nabarra, sobrevenida ésta en el año 1425.

En agosto del 1428, las Cortes del Reino de Nabarra, convocadas por Blanca de Nabarra, renovaron y revalidaron el juramento de sucesión como heredero del trono para el Estado de Nabarra, el cual ya había sido realizado al príncipe de Biana años atrás. Matizando que Carlos de Biana debería tener su posesión después de la muerte de la reina de Nabarra.

En el tratado de paz de Trajano, llevado a cabo en año 1430 entre los Reinos de Nabarra, Aragón y Castilla-León, se añadió un apartado adicional a petición de Juan II de Castilla y León, por el cual, se incluía en dicho documento que se nombrara al príncipe Carlos de Biana como heredero del Reino de Nabarra, teniendo la obligación de ser reconocido en su condición por el rey consorte Juan II de Nabarra, algo que ya se había renovado dos años atrás en las Cortes de Nabarra, conforme a la legalidad del Estado de Nabarra.

Pero en dicho tratado, quedó en el aire las legítimas reclamaciones patrimoniales sobre diversos feudos dentro del Reino de Castilla y León,  llevadas a cabo por los diplomáticos nabarros e incluso por la propia reina Blanca de Nabarra; tanto en su propio nombre, como en el de su hijo y heredero, el príncipe Carlos de Biana.

A los 13 años, el príncipe Carlos de Biana era ya todo un perfecto caballero nabarro, estando realmente acostumbrado a la vida palaciega de la Corte de Nabarra.

El príncipe Carlos de Biana, heredero del Reino de Nabarra, también  entro en el año 1435 en la sucesión dinástica para la Corona de Aragón, estando por detrás de su padre el rey consorte de Nabarra, infante de Aragón, duque de Peñafiel y señor de Lara Juan de Trastamara-Aragón y Alburquerque.

Pese a dicho compromiso dinástico con la Corona de Aragón, y aproximadamente hasta el año 1436, el príncipe Carlos de Biana apenas se movió del entorno nabarro, participando en muchos actos públicos y en numerosas fiestas cortesanas, tal como era ritual en los miembros de su condición real. Entre de deportes que practicaba, remo, monta a caballo, …, el que más le gustaba al príncipe Carlos de Biana era la caza, desplazándose desde Erriberri-Olite a los diversos y frondosos bosques existentes en el Reino de Nabarra, acudiendo con mayor asiduidad al valle de Erronkari-Roncal.

En marzo del año 1437, el príncipe de Biana acompañó a la reina de Nabarra en una de sus embajadas diplomáticas. Concretamente a la ciudad de Alfaro para firmar el compromiso matrimonial de su hermana la infanta de Nabarra Blanca, con el príncipe de Asturias Enrique, los cuales rondaban por entonces la edad de 11 años, y a consecuencia de ello el plazo fijado para la boda fue relativamente largo, lo que garantizaba a su vez la paz entre nabarros y españoles.

En el año 1438 empeoró considerablemente la salud de la reina de Nabarra, teniendo ésta que recluirse en sus aposentos, por lo que los documentos oficiales son firmados por su hijo y heredero, Carlos de Biana. Su padre Juan II de Nabarra acudió a ver a la reina de Nabarra y junto a su hijo el príncipe de Biana, fueron los encargados de firmar los diferentes documentos y las nuevas ordenanzas del Reino de Nabarra. En la natividad de ese año, el príncipe Carlos de Biana junto a toda la familia real de Nabarra, se reunió en torno a una enferma y cansada Blanca de Nabarra.

La boda del príncipe Carlos de Biana, heredero del Reino de Nabarra,  era un tema de Estado desde el año 1435 y una prioridad para sus padres. Por ello tras muchas cábalas e incluso disparidad de criterios entre los reyes de Nabarra, Juan II de Nabarra impuso su razonamiento y los reyes de Nabarra eligieron a la hija de los duques de Cleves y señores de Ravenstein, Inés de Cléveris (o Cleves) y Borgoña.

En mayo del año 1439, las Cortes de Nabarra sitas en Tutera-Tudela, asignaron 15.000 libras para los gastos de recepción y consiguieron un viaje para la novia del príncipe de Biana, la dama de Cleves. Ésta desembarco en Bilbao junto a su hermano Juan, conde de Nevers, y con una numerosa comitiva de damas de compañía y de caballeros de esa región francesa lindante con la Germania. Juan de Beaumont fue el encargado de recibir a Inés de Cleves y llevarla hasta Lizarra-Estella, donde le esperaba el príncipe heredero del Reino de Nabarra Carlos de Biana.

Gran parte de la nobleza del Estado de Nabarra, no estaba satisfecha con dicho enlace, al considerar a la pretendiente francesa como de segundo orden. Pero a decir verdad, en esos años no había mucho donde elegir entre las monarquías y noblezas europeas.

Finalmente la boda se celebró en Erriberri-Olite el día 30 de septiembre del año 1439, con la presencia de la flor y nata de los tres Estados del Reino de Nabarra; de la nobleza, de los oligarcas eclesiásticos y de las universidades. También acudieron personajes distinguidos de diversos Reinos, Francia, Aragón y Castilla-León, del ducado de Borgoña, etc. La boda y las celebraciones se desarrollaron en paz y armonía, algo muy del gusto de Blanca de Nabarra, madre de Carlos de Biana. Como regalo de bodas, su padre Juan II de Nabarra le donó a Carlos de Biana el ducado de Gandia.

En el momento del matrimonio, Carlos de Biana contaba con 18 años, mientras que Inés de Cleves tenía 17 años.

Tras la boda, la reina de Nabarra redactó testamento en el cual se incluía la siguiente clausula, en la cual condicionaba la herencia de Carlos de Biana a los caprichos de su padre el rey consorte Juan II de Nabarra:

Y aunque dicho príncipe, nuestro querido y muy amado hijo, pueda intitularse rey de Nabarra y duque de Nemours tras nuestra muerte, por causa de herencia y por derecho reconocido, no obstante, para preservar el honor debido al señor rey, su padre, le rogamos tan tiernamente como nos es posible que no acepte tomar dichos títulos más que con el consentimiento y la bendición del dicho señor rey, su padre.

A finales de ese año y comienzos del año 1440, ligeramente recuperada de sus dolencias la reina de Nabarra fue junto a su hija Blanca al Reino de Castilla y León, creyendo que esta iba a ser feliz entre los españoles, además de una vez convertida en reina consorte de dicho Reino, servir para que la paz entre nabarros y españoles fuera duradera. Su hijo el príncipe de Biana las acompañó hasta Logroño. En esa ciudad fueron recibidos por una embajada castellanoleonesa, encabezada por el conde de Haro, el obispo de Burgos y el marqués de Santillana Iñigo López de Mendoza. Junto al príncipe de Biana se encontraba Juan de Beaumont y Curton, al cual Carlos de Biana había nombrado su primer ministro.

En ausencia de la Blanca de Nabarra, su hijo el príncipe de Biana tomó las riendas del Estado Pirenaico. Carlos de Biana se comportó como un auténtico soberano, firmando sus mandatos como gobernador general del Reino de Nabarra y duque de Gandía.

Fue ya en verano de ese año, cuando Carlos de Biana visitó por primera vez y junto a su esposa Inés de Cleves, la localidad que daba nombre a su principado.

Tras la muerte de la reina de Nabarra sobrevenida en el año 1441, el príncipe de Biana pasó a ser el regente y lugarteniente general del Reino de Nabarra, mientras que su padre Juan II mantuvo el título de rey de Nabarra.

Todo ello a pesar de estar dicha política en manifiesto contrafuero en el cual, se prohibía expresamente que un extranjero heredara el título de rey de Nabarra, pero por otro lado, el testamento de Blanca de Nabarra estaba amparado por las costumbres del Estado de Nabarra.

Uno de los firmantes del testamento fue Juan de Beaumont, por lo que aconsejó al príncipe de Biana calma y sosiego en sus legítimas pretensiones sobre la Corona de Nabarra. Carlos de Biana formalizó tras ello, el nombramiento del Prior de San Juan de Jerusalén como miembro de su Consejo personal. Por otro lado, Juan II de Nabarra agradeció la labor mediadora del beaumontés, mediante la cesión del castillo de Tiebas, una vez reconstruido, junto a todas sus pechas, sus rentas y los derechos reales del lugar.

Carlos de Biana, en calidad de lugarteniente del Reino de Nabarra, se ocupó en la práctica del nombramiento de cargos y de la recaudación de los impuestos, haciendo realmente las funciones de monarca. Durante el trascurso del año 1443, nombró al prior de San Juan de Jerusalén Juan de Beaumont, como su camarlengo mayor y capitán general del Estado de Nabarra.

En octubre de ese año, el regente y lugarteniente general del Reino de Nabarra y príncipe de Biana Carlos de Trastámara y Evreux, donó un palacio sito en Gares-Puente la Reina, a su muy amado tío el ricohombre de Nabarra, conde consorte de Lerin, señor de Asiain, San Martin de Unx, Beire, Casteillon, Mauleon, Arroniz, Mistala, Benilloba, Noailhan, Mendabia, Curton y Guiche Luis de Beaumont y Curton.

Además, Carlos de Biana había atendido la financiación que las tropas de su padre Juan II de Nabarra tenía en sus guerras dentro del Reino de Castilla y León,  de forma escrupulosa. Entonces llegó a la Corte de Nabarra en el año 1445, la inquietante noticia del enlace matrimonial de Juan II de Nabarra con la noble castellanoleonesa Juana Enríquez y Fernández de Córdoba.

Rápidamente el príncipe de Biana comenzó a rodearse de sus fieles leales, por ello reafirmó al prior hospitalario en el cargo de canciller mayor del Estado nabarro. Juan de Beaumont demostró una buena gestión de las labores de gobierno junto a Carlos de Biana, por lo que éste le donó por parte de Juan II de Nabarra, el castillo, el horno y el molino  de Cascante. También ese mismo año el príncipe de Biana le volvió a conceder el señorío de Milagro, con su castillo, rentas, junto a su jurisdicción baja y mediana.

En de septiembre del año 1446, el príncipe Carlos de Biana mandó el pago de 10.000 florines de oro a Luis de Beaumont y Curton, pues todavía se le adeudaban al ricohombre de Nabarra y conde consorte de Lerin, por la dote de su esposa la condesa de Lerin Juana de Nabarra y Esparza.

El príncipe de Biana también llegó a premiar nuevamente la labor en la gobernación del Estado de nabarra a Juan de Beaumont en el año 1447, mediante la donación de los lugares de Santacara, Murillo el fruto, con los sotos del rey Juan II de Nabarra incluidos y diversas franquicias en Melida.

Los descontentos de gran parte de la nobleza nabarra al estar el Reino de Nabarra bajo el dominio de los hermanos de Beaumont, comienzan a notarse. Esto es debido en gran medida a los desmanes continuados que realizó Luis de Beaumont, uno de los principales consejeros junto a su hermano Juan de Beaumont de Carlos de Biana. A los Beaumont se unieron las casas de Luxa, Gongora, Mauleon,…

Por ello los nobles del Reino de Nabarra que estaban descontentos con la política de los beaumonteses, se agruparon inicialmente bajo la dirección de Pierres de Peralta, el cual incluso se encontraba peleando a las órdenes de Juan II de Nabarra en la guerra nobiliaria del Reino de Castilla y León. Pronto se les unió el marischal de Nabarra Pedro de Nabarra y Peralta, el cual solo siguió el partido de Juan II de Nabarra no por oposición al legítimo heredero el príncipe Carlos de Biana, sino por oposición total hacia Luis de Beaumont y a su casa. También se unieron las casas de Agramont, Ezpeleta,…

La mecha para el inicio de la guerra civil en el Estado de Nabarra, bajo la demanda dinástica, estaba prendida.

En julio de ese año, Juan II de Nabarra nombró regente del Reino de Nabarra y su lugarteniente general para el Reino de Nabarra, a su esposa Juana Enríquez. Todo ello tras destituir en dicho cargo al príncipe de Biana, el cual realmente era el legítimo heredero de la Corona de Nabarra.

Carlos de Biana, como príncipe heredero, se creyó entonces totalmente capacitado dentro de la legalidad nabarra, para reclamar el trono de Nabarra, pues el segundo matrimonio de su padre daba por finalizado de forma legal el usufructo que Juan II de Nabarra mantenía sobre los derechos heredados de su primera mujer, incluidos los testamentarios. Por ello en su día, Juan II de Nabarra no había avisado ni a su hijo ni a las Cortes de Nabarra de su boda, lo que hizo estallar a los beamonteses en una gran indignación.

En el año 1448, pese al revuelo existente en el Reino de Nabarra, el príncipe de Biana compró la villa y el castillo de Corella con todas sus rentas y derechos. Poco después moría su amada esposa Inés de Cleves sin tener descendencia. Además el príncipe de Biana confirmó ese año, la erección del condado de Lerin hecha por su abuelo el rey difunto Carlos III de Nabarra, a su caro y bien amado tío Luis de Beaumont y Curton, con la jurisdicción criminal de las villas y lugares del condado; incluso también le concedió el mismo tipo de jurisdicción en los términos de Mendabia, Allo, Dicastillo y Arronitz.

Ya en el año 1450 Juan II de Nabarra viajó hacia el estado nabarro, con el objetivo claro de dar un golpe de efecto al conflicto. Para ello reformó las órdenes y las disposiciones de cargos que había dado Carlos de Biana, revocando la mayoría de los fallos de éste y situando en los principales oficios a sus hombres más leales, casi en exclusiva agramonteses. Carlos de Biana realmente enfurecido por estas desautorizaciones, escuchó las ofertas que el condestable de Castilla Álvaro de Luna, quien le ofrecía su ayuda militar para levantarse contra su padre.

Los beaumonteses no tardaron en tomar por las armas Erriberri Olite, Tafalla, Aibar e Iruinea-Pamplona.

En el año 1451, tropas castellanoleonesas invadieron y ocuparon algunas tierras del Reino de Nabarra, incluida la villa de Biana. Así pues, Juan de Beaumont y sus tropas, fueron supuestamente a socorrerla. El príncipe de Biana fue solo armado por un salvoconducto a hablar con su homónimo el príncipe de Asturias que se había instalado en Gares-Puente la Reina, tras asediar Lizarra-Estella. Tras sellar Carlos de Biana un acuerdo con Enrique de Asturias para combatir a su padre en territorio nabarro, los castellanoleoneses se retiraron a su Reino.

Este paripé llevado a cabo por el príncipe de Biana y sus aliados, supuso las iras de Juan II de Nabarra sabedor ya de la alianza existente entre su hijo y su enemigo del Reino de Castilla y León Álvaro de Luna, provocando finalmente que Carlos de Biana tuviera que refugiarse en territorio bajo dominio castellanoleonés, concretamente en la provincia de Guipúzcoa, después de que la farsa montada por él y a sus aliados españoles no le diera los resultados previstos, pues Carlos de Biana pensaba tiernamente que su falsa defensa de la soberanía nacional nabarra, habría de unir a toda la nobleza nabarra en torno a él y en contra Juan II de Nabarra.

Por esa época, Carlos de Biana contaba con 30 años y todo era guerra. Se enamoró de María de Armendariz, doncella de su hermana la infanta Leonor de Nabarra, con la que prometió casarse si le daba un hijo varón, pero le dio una hija de nombre Ana.


Ya en las tierras de Guipúzcoa, fue donde la alianza con los castellanoleoneses se selló finalmente, propiciando el príncipe de Asturias al príncipe de Biana, un gran ejército para combatir a su padre, y al que rápidamente se juntaron sus partidarios nabarros, los beumonteses, nada más entrar en territorio bajo soberanía nabarra.

Uno de sus partidarios, el señor de Luxa, se sublevó entonces contra Juan II de Nabarra en Donibane Garazi. Mientras que por otro lado perdió a Juan de Beaumont, encarcelado por Gastón de Foix, aliado de Juan II de Nabarra, tras una batalla en las proximidades de Baiona-Bayonne.

El príncipe de Biana junto a Luis de Beaumont, capitaneó un contingente de tropas beaumontesas y luxetanas, que contaron con el gran apoyo de la caballería castellanoleonesa. Sitiaron la ciudad de Lizarra-Estella, donde se encontraba la mujer de Juan II de Nabarra, regente del Reino de Nabarra, lugarteniente general del Reino de Nabarra y señora de Casarrubios del Monte Juana Enríquez y Fernández de Córdoba, la cual estaba embarazada de su primer hijo.

En un principio Juan II de Nabarra acudió a socorrer la plaza de Lizarra-Estella, pero tuvo que retirase a Zaragoza ante la bravura de las tropas del príncipe de Biana y del príncipe de Asturias, el cual había acudido a fortalecer el ejército de Carlos de Biana.

El castillo y la plaza fuerte estellica, fueron defendidos con éxito por el agramontés Juan Fernández de Baquedano, junto a sus deudos y parientes. Además la preñada castellanoleonesa, tras varias acciones militares fuera de la protección de las murallas de la ciudad de Lizarra-Estella, llevadas a cabo por Juan Fernández de Baquedado y los suyos contra los beaumonteses, consiguió escapar del cerco y poner rumbo a la villa de Aibar.

El príncipe de Biana junto a Luis de Beaumont, ordenaron a sus tropas levantar el cerco y persiguieron a galope tendido a la gestante castellanoleonesa. Mientras Carlos de Biana y su ejército estaba de camino, el ejército de Juan II de Nabarra con los agramonteses en él, puso cerco a la villa de Aibar.

Así pues, el día 23 de octubre de ese mismo año, tuvo lugar la batalla de Aibar. Por un lado estaban Carlos de Biana y Luis de Beaumont a la cabeza de las tropas beaumontesas y luxetanas, con la colaboración de la caballería castellanoleonesa; y por otro Juan II de Nabarra con Pierres de Peralta a la cabeza, las tropas agramontesas y también contaron con el apoyo de milicias aragonesas.

Durante el combate, los hombres del conde consorte de Lerin se aproximaron peligrosamente hasta la posición que tenía en el campo de batalla Juan II de Nabarra. Pero el hijo bastado o natural de éste,  Alonso de Aragón-Trastámara y Escobar, dirigió en ese instante a 30 lanceros aragoneses hacia el flanco de los hombres de Luis de Beaumont, pillándoles por sorpresa. Los hombres del condestable de Nabarra  rompieron la formación., desequilibrando con ello a todas las tropas de Carlos de Biana, ambos fueron apresados.  que fue apresado por el propio bastardo de Aragón. Esto generó un caos absoluto entre los luxetanos y beaumonteses leales al príncipe Carlos de Biana, acelerándose con ello el final de la batalla.

La batalla duró poco, y además hubo muy poco derramamiento de sangre, siendo capturados Carlos de Biana y Luis de Beaumont por los hombres de Juan II de Nabarra. Una vez preso, Carlos de Biana recibió la vista en su tienda de Pierres de Peralta y Ezpeleta, el cual le dijo al príncipe de Biana:

-“Señor, sepa vuestra alteza, que os reconocemos por nuestro rey y señor, como es razón, pero si ha de ser para que el de Lerin y su hermano nos persigan…”

Tras ser tomado prisionero Carlos de Biana, los beaumonteses que se habían apoderado de Iruinea-Pamplona, se negaron a obedecer la orden del príncipe de Biana, que consistía en deponer las armas ante Juan II de Nabarra.

Tras ello, Carlos de Biana fue llevado y recluido en el castillo de Tafalla. De allí pasó a Tutera-Tudela, después a Mallen y finalmente Montroy. Mientras ya en el año 1453, su hermana la infanta de Nabarra Blanca, fue repudiada por el príncipe de Asturias.

Durante este periodo Carlos de Biana tradujo y escribió en romance castellano, las crónicas de los reyes de Nabarra escritas en romance nabarro por Garcia de Eugi, ampliando incluso algunos apartados y capítulos.

Entonces se iniciaron conversaciones para la liberación del príncipe de Biana. Bueno, en realidad la liberación de Carlos de Biana estaba supeditada a alcanzar un tratado de paz. Se acordó que dicho tratado de paz debería firmarse en un plazo de no más de 60 días. Quedan para esto como rehenes de Juan II de Nabarra, el adelantado mayor de Castilla Fernando de Rojas, el Condestable de Nabarra con dos de sus hijos Luis y Carlos, también Carlos de Cortes y cinco caballeros nabarros más del bando beaumontés. También se debían entregar a Juan II de Nabarra los castillos de Artajona, Pueyo y Dicastillo. De no llegarse a la paz en 60 días, Carlos de Biana debería volver a prisión, mientras que los rehenes serían liberados, pudiendo Juan II de Nabarra disponer de ellos a su libre albedrío, así como tomar la posesión de los castillos de las tres villas citadas.

Pese a no alcanzarse un acuerdo sobre el tratado de paz, Juan ii de Nabarra ordenó que su hijo Carlos de Biana, fuera trasladado de la prisión de Monroy a la aljafería de Zaragoza, entregándolo al consejo de los cuarenta en la sala de Cortes. Finalmente el 14 de julio Carlos de Biana fue puesto en libertad con la obligación de permanecer en Zaragoza, pero el príncipe hace caso omiso al dictamen de los diputados aragoneses y partió hacia Iruinea-Pamplona, siendo ajusticiado uno de los rehenes por orden de Juan II de Nabarra y permaneciendo el resto de los rehenes en una prisión de Zaragoza.

Ya en la capital del Reino de Nabarra y con la colaboración de su hermana la infanta Blanca de Nabarra, Carlos de Biana vuelve a reclamar la Corona de Nabarra. Es entonces cuando Carlos de Biana comenzó desde Iruinea-Pamplona, a regir el Reino de Nabarra mediante un gobierno paralelo al de su padre.

Carlos de Biana y sus partidarios tomaron la villa de Monreal. A continuación el príncipe de Biana escribió una carta a su padre escrita tras conocer el ajusticiamiento de uno de sus correligionarios beaumonteses en Zaragoza, diciéndole lo siguiente:

“La misma suerte seguirán los prisioneros que he hecho en Monreal y otros pueblos”.

El 21 de septiembre, Alfonso de Aragón hacía treguas por 20 días en Lizarra-Estella con su medio hermano Carlos de Biana. También firmaron por Juan II de Nabarra, Pierres de Peralta y Juan Martínez de Artieda.

El 7 de diciembre se acordó una tregua por un año entre Castilla-León, Nabarra y Aragón y también entre Juan II de Nabarra y su hijo Carlos de Biana.

Pero la paz entre Carlos de Biana y Juan II de Nabarra solo estaba sobre el papel, por ello Juan de Beaumont acudió a Agreda en representación del príncipe de Biana para entrevistarse con los representantes de Juan II de Nabarra, el cual también se encontraba en Agreda. En dichas conversaciones se buscaba una verdadera reconciliación entre Carlos de Biana y su padre. Esto no se llevó a cabo por la actitud intransigente de este último y de sus consejos, los cuales consideraban que las reales intenciones del mediador castellano Juan Pacheco, eran impedir dicha paz y apoderarse del Reino de Nabarra.

Entrado el año 1455 Carlos de Biana se dirigió a la frontera para encontrarse y entrevistarse con Enrique de Asturias, el cual a los pocos días y tras la muerte de Juan II de Castilla y León, fue proclamado rey por los castellanoleoneses.

Juan II de Nabarra tuvo noticias de ello y sus espías confirmaron las sopechas sobre nuevas preparaciones de guerra por parte de Carlos de Biana y de los beaumonteses.  Así fue, el 27 de marzo los beaumonteses tomaron militarmente una vez más Donibane Garazi, restableciéndose con ello las acciones bélicas.

Juan II de Nabarra que desheredó al príncipe Carlos de Biana y a su hermana la infanta Blanca de Nabarra, nombrando heredera del Reino de Nabarra a su hija menor Leonor, casada con Gaston de Foix, cuyas tropas a partir de ese momento se sumarían definitivamente a las de los agramonteses en la guerra civil que asolaba el Estado de Nabarra. El conde de Foix tomó inmediatamente la zona de Ultrapuertos y entró con su ejército por Orreaga-Roncesvalles, dirigiéndose hacia la zona de Lunbier, en donde había convenido encontrarse a su suegro Juan II de Nabarra, el cual también había hecho campaña guerrera contra los partidarios de Carlos de Biana por la zona de Zangotza-Sangüesa.

De nuevo ocurrieron numerosas batallas, distinguiéndose en ellas el canciller del Reino de Nabarra y merino de Tutera-Tudela Pierres de Peralta, el obispo de Iruinea-Pamplona Martin de Peralta y el marischal de Nabarra Pedro de Nabarra que habían reconquistado para  Juan II de nabarra numerosas plazas, entre ellas Valtierra, Cadreita, Mélida, Santa Cara y Rada,  quedando esta última arrasada en el año 1455.

En Lizarra-Estella se enfrentaron decisivamente los ejércitos de Carlos de Biana y Juan II de nabarra, quedando derrotada la causa del príncipe de Biana que se refugia en Iruinea-Pamplona. Pero los beaumonteses no se someten a la autoridad de Juan II de Nabarra y no cejaron en su empeño legitimista de llevar al trono de Nabarra a Carlos de Biana.

Carlos de Biana sufría entonces apesadumbrado, por ello y cansado de las luchas armadas que no van con su carácter, decidió solucionar la discordia por la vía diplomática, por lo que partió hacia Paris. Antes de su marcha, Carlos de Biana dejó al mando de sus reclamaciones dentro del reino de Nabarra a Juan de Beaumont junto a su hermana la infanta Blanca de Nabarra, una vez anulado ya su matrimonio con Enrique IV de Castilla y León.

En París, a comienzos del año 1456, Carlos de Biana se reunió con el rey victorioso de la guerra de los cien años Charles VII de Francia,  a quien trató de convencerlo de mantener su alianza con el Reino de Castilla-León y no cambiarla por acercarse al Reino de Aragón, enemigo del rey francés en la península itálica. También pidió al rey de los franceses la restitución en su persona del ducado de Nemours, que por razón de las guerras con los ingleses había sido tomado por el ejército del Reino de Francia.

De allí partió hacia el Reino de Sicilia-Nápoles perteneciente a la Corona de Aragón. A su paso por Roma fue recibido por el pontífice Calixto III, primer papa Borgia, de ascendencia aragonesa y valenciana, elegido en el año 1455, al cual le presentó sus demandas y también solicitó al papa que se postulara por el arcediano de la Tabla de Pamplona, Carlos de Beaumont y Nabarra-Evreux para el puesto de obispo de Iruinea-Pamplona. Pero el papa prefirió desentenderse de las reclamaciones presentadas por el príncipe de Biana y no le otorgó el amparo papal a su causa dinástica en el Reino de Nabarra y en el ducado de Nemours.

El día 12 de abril Carlos de Biana ya se encuentraba en la Corte napolitana de su tío el rey Alfonso V de Aragón, Siclia y Nápoles. Allí fue recibido cariñosamente y por fin logró encontrar amparo y protección. El rey aragonés escribió entonces a su hermano Juan II de Nabarra, para comunicarle que deseaba arbitrar en la querella que tenía  con su hijo Carlos de Biana.

Muy poco después, el día 27 de abril, llegó a Tutera-Tudela el caballero de la casa del rey en Nápoles Rodrigo Vidal, enviado para arreglar la discordia existente entre Carlos de Biana y su padre. Vidal se encontró en Tutera-Tudela con Juan II de Nabarra, el cual estaba tan irritado contra su hijo que no logró nada positivo. Juan II de Nabarra estaba decidido a llevar a efecto el desheredamiento de su hijo Carlos y de su hermana Blanca, poniendo en su lugar por herederos a los condes de Foix.  Esto disgustó mucho a Alfonso V de Aragón y el día  26 de junio de 1456 reafirmó desde Nápoles a Carlos de Biana como heredero y sucesor después de su padre en los Reinos de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, Sicilia insular y también en el principado de Cataluña. El monarca aragonés reservó el Reino de Sicilia peninsular  o Nápoles, para su hijo natural duque de Calabria Ferrando.

Por otro lado Carlos de Biana recibió en el año 1457 correspondencia de Juan de Beaumont. Esté le informaba que se le ofreció el obispado de Iruinea por parte del Cabildo pamplonés, reconocido incluso por Juan II de Nabarra, para que realizase la petición pertinente al emperador de la cristiandad en Roma. Pero Carlos de Biana ya había apostado por Carlos de Beaumont y Nabarra-Evreux por dicho puesto ante el papa.

Ese mismo año, concretamente el 16 de marzo, el gobernador general del Reino de Nabarra por príncipe de Biana, juntó las Cortes de la facción beaumontesa en Iruinea-Pamplona y éstas proclamaron como rey de Nabarra a Carlos de Biana. Dicho acto conllevó la confiscación de los bienes y rentas de Juan de Beaumont por parte de Juan II de Nabarra.

En el mes de julio, Juan de Beaumont se titulaba “gobernador general del Reino por el señor D. Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Nabarra”. Por su parte, Carlos de Biana escribió a Juan de Beaumont tras conocer la noticia de su titulación como rey de Nabarra. En la carta le expresó su asombro y dolor por tal noticia, por los inconvenientes que ello causaba, no solo a su honor y buena fama, sino también porque exponía las vidas de Luis de Beaumont y de todos los caballeros leales a su causa, que aún permanecían en las prisiones en calidad de rehenes.

El 3 de diciembre se decidió en Barcelona la “infame confederación y alianza” entre Juan II de Nabarra y su hija la infanta Leonor de nabarra, con su marido Gaston de Foix. Juan II de nabarra prometió entregar a su yerno, para después de sus días, el Reino de Nabarra y el ducado de Nemours, para él y sus descendientes. Si para el siguiente enero del año 1458, sus hijos Carlos y Blanca no se sometían plenamente a su autoridad, sin condiciones, se pronunciaría oficialmente el desheredamiento de ambos y el reconocimiento de los condes de Foix como sucesores en el trono de Nabarra. Los beaumonteses  lo sabían desde el año 1455 y alegaron que Juan II de Nabarra se había confederado con su yerno el conde de Foix, a fin de acabar con su rey, Carlos IV de Nabarra y su partido.

En las cortes agramontesas sancionadas en Lizarra-Estella el 12 de enero del año 1458, se llevaron a efecto los desheredamientos anunciados por Juan II de Nabarra el año anterior en la ciuada condal de Barcelona, declarando por heredera a la infanta Leonor de Nabarra y a su marido el conde de Foix, los cuales, sin dilación alguna, pasaron a titularse príncipes de Biana.

La embajada de Rodrigo Vidal en abril del año 1456, no había sido un fracaso total, pues Juan II de Nabarra no había osado contradecir a su hermano el rey de Aragón, desheredando a su hijo Carlos de Biana en los Reinos de la Corona de Aragón, habiéndose limitado a hacerlo solamente respecto al Reino de Nabarra. No obstante ello, Alfonso V de Aragón no cejó en su empeño de arbitrar en el conflicto familiar y conseguir la concordia entre su hermano Juan y su sobrino Carlos. Por ello, Envió nuevamente otra embajada compuesta de hombres de gran autoridad, Luis Dezpuch, el maestre de Montesa y Juan de Hijar,  que consiguieron de Juan II de Nabarra una tregua de seis meses para que el rey Alfonso V pudiera conseguir un compromiso perpetuo, pero la muerte Alfonso V de Aragón,  impidió llevar todo esto a efecto.

En su testamento, Alfonso V de Aragón dejó el Reino de Nápoles a su hijo natural el duque de Calabria, y las coronas de Aragón y Cataluña a su hermano Juan II de Nabarra, nombrando sucesor de éste, al Príncipe de Biana con el título de duque de Montblanc. A los nobles y varones de Nápoles no les gustaba el duque de Calabria por ser un bastardo y quieren proclamar rey a Carlos de Biana. Éste no acepta. Pasa entonces al Reino de Sicilia donde es recibido con todos los honores y pasó a convertirse en el árbitro de la isla. Carlos de Biana aprovecha para leer y escribir obras en prosa y en verso. Por su gran cultura y por su gentileza, sabe ganarse rápidamente el ánimo de los sicilianos, que también llegaron a ofrecerle su trono.

Por su parte su padre se tituló rápidamente como Juan II de Aragón y Nabarra. Estando éste en Valencia, recibió una embajada del rey de Portugal que le ofrecía su hermana Catalina, para casarla con el príncipe de Biana y Girona. En aquellos tiempos, Carlos de Biana y Girona mandó a Bernardo de Requesens ante Juan II de Aragón y Nabarra, con una misiva en la cual le pedía perdón y olvido  de lo ocurrido. De pasó escribió a los cabildos de Barcelona, de Zaragoza y de Valencia para que influyeran en su favor. Juan II de Aragón y Nabarra no podía negarse a una reconciliación, mayormente cuando la popularidad de Carlos de Biana y Girona era extraordinaria y su correspondencia con varios príncipes de Europa, principalmente con italianos y franceses, era muy numerosa. Así Juan II de Aragón y Nabarra hizo promesa a Bernardo de Requesens de tratar a su hijo como a su primogénito y heredero universal. Juan de Moncayo, en enero del año 1459, fue el encargado de transmitir al príncipe de Biana y Girona la buena disposición de su padre, con la condición imprescindible de que debía dejar el Reino de Sicilia y residir en la isla de Mallorca.

Carlos de Biana y Girona tenía por fin el perdón de su padre, pero el salvoconducto para ir a Mallaorca todavía no le era concedido.  Temiendo entonces un engaño por parte de su padre, carlos de Biana y Girona emplazó a Juan de Beaumont, para que en caso de no verificarse la concordia, pactase una alianza con el Reino de Castilla y León. Para más seguridad de dicho pacto, pidiese en su nombre la mano de la infanta Isabel, hermana del rey castellanoleonés, unión que ya de antemano sabía le sería muy agradable a éste.

Por fin el príncipe de Biana y Girona deja Sicilia y llega a la isla de Cerdeña, donde es recibido, nuevamente, con toda pompa. Con una escolta de siete galeras, se hace a la mar y tiene forzosamente que atracar en el puerto de Salou debido a una tempestad. Tras ello notificó su llegada a los consejeros de Barcelona, y a Juan II de Aragón y Nabarra, al que promete librarle de la parte de Nabarra que la era adicta y unir el Reino de Nabarra a Aragón. También le pidió a su padre gracia para él y su séquito; suplica aún el juramento de primogénito, como era justo, y el perdón para Luis de Beaumont y para la infanta Blanca de Nabarra. Con la venia del rey se dirigió a la isla de Mallorca y a finales de agosto desembarcó en la misma. Pero Juan II de Aragón y Nabarra no se comportaba con la misma buena fe. En primer lugar, en Mallorca no albergaron al príncipe de Biana y Girona en el Castillo de Bellver y apenas le dejaron disponer del palacio real. Juan II de Aragón y Nabarra firmó un pacto con el rey de Francia, en el cual se posicionaban contra sus respectivos hijos. Carlos de Biana y Girona, nervioso e intranquilo, mandó embajadores a su padre protestando de !a estrechez en que se desenvolvía su vida, pues tenía que recurrir muchas veces a que le prestasen. Dichos embajadores fueron expulsados con evasivas.

Carlos de Biana y Girona, hizo caso alos consejos de sus buenos amigos, y comenzó a mal fiarse de su padre. Con la excusa de que la isla de Mallorca estaba lejos de la Corte y se retardaban las negociaciones para la concordia, pidió a su padre el rey Juan II de Aragón y Nabarra, que le sea permitido trasladarse al principado de Cataluña, por ejemplo al castillo de Perpiñán.

El día 26 de enero del año 1460, en Barcelona, Juan II de Aragón y Nabarra declaró los capítulos de la concordia:

“(…) manifestándola antes a sus amigos y vasallos, Don Arnaldo Roger de Pallars, Patriarca de Alejandría y Obispo de Urgel, su canciller, de Juan Pages, vicecanciller, de Don Bernardo Juan de Cabrera, Conde de Módica, y de Galceran de Requesens, Gobernador de Cataluña. Consistían los capítulos en suma, que entregase el príncipe la parte que poseía en Nabarra, y que el rey perdonaría lo pasado, le reduciría a su gracia, trataría de su matrimonio, le daría para la autoridad y deceneja de su casa, concedería la libertad al condestable de Nabarra, y a su hija, y permitiría que viviese el príncipe en donde le pareciese de sus reinos, excepto en Nabarra y en Sicilia. Concedióse perdón general, y restitución de prisioneros, obligación de entregarle parte de Nabarra a Luis Despuch en nombre del rey, y otros Capítulos de menor monta; volvieron a sentir mal desta concordia los servidores del príncipe, porque le juzgaban ya un pobre, y desnudo caballero. Sujeto a la triste condición de su Padre, y a las ardientes artes de su Madrastra (…)”.

Este convenio disgustó muy mucho a los beaumonteses, pues lo encontraron demasiado humillante, y por eso mismo se resistieron a entregar los castillos y ciudades de los que eran dueños. Carlos de Biana y Girona, temiendo que su padre creyese que todo ello era obra suya, desplazó a un emisario con órdenes tan severas, que el mismísimo Juan de Beaumont lo entregó todo a Juan II de Aragón y Nabarra.

Juan II de Aragón y Nabarra marchó entonces al Reino de Nabarra,  A su vez, Carlos de Biana y Girona salió de Mallorca hacia la ciudad condal de Barcelona, en la que desembarcó el día 22 de marzo, alojándose en extramuros, concretamente en el monasterio de Valldonzella. Mandó una misiva a su padre, excusándose de haber dejado Mallorca, alegando que los aires de la isla eran perjudiciales para su salud. A primeras horas de la tarde del dia 31 de marzo el príncipe de Biana y Girona entró solemnemente en la ciudad condal de Barcelona, que ya la noche anterior era un ramillete de emoción e iluminaciones. Encima del caballo su figura gentil admiraba a la multitud que lo aclamaba. Iba vestido con una ropa de damasco brillante, cubierto con un bonete morad y con capa de trapo oscuro y llevaba un magnífico collar de oro junto con piedras finas y perlas muy grandes. Su vestimenta estuvo Lo ensalzada por un manto de ropa de oro con seis borlas. Pasó por el portal de San Antonio y por el abrevadero de El Hospital, siguió por la Rambla hasta llegar a la puerta de Fra menors, en la que se bajó del caballo y subió al estrado con VIII escalones. Allí, sentado en su silla real, bella y suntuosa de madera dorada, la cual estaba adornada con terciopelo de seda color casi casi violado o carmesí, recibió el homenaje de los consejeros de la ciudad y presenció el desfile de los menestrales barceloneses. Montó de nuevo en su caballo y la comitiva se dirigió a la catedral por calles no muy derechas, las calles Ancha, de los Canvios, plaza del Borne, Moncada, Boria y plaza del Rey, hasta llegar finalmente  a la catedral. Las campanas tocaron alegremente. En el interior de la catedral, bellamente iluminada, las notas del órgano marcaron la arquitectura de una melodía augusta. Después de rezar un buen rato en el altar mayor y ante el sepulcro de Santa Eulalia, el príncipe de Biana y Girona salió del templo, montó otra vez a caballo y se dirigió a su alojamiento en la casa de Francisco Desplá en la plaza de la Cocorella.

Este magnífico recibimiento enojó en grado sumo a Juan II de Aragón y Nabarra. Le disgustaba permitir que su hijo fuese colmado de unos honores que sólo para él hubiera querido. Herido profundamente en su susceptibilidad y vanidad, escribió a los consejeros de Barcelona recomendándoles no halagar demasiado a su hijo, el príncipe de Biana y Girona, mayormente cuando aún no le había sido reconocido como heredero de la Corona de Aragón por él. A su vez, con toda su hipocresía, escribió a su Carlos de Biana y Girona, como un padre afectuoso que se alegraba de su venida y le ofrecía su amor y bendición.

El 15 de abril escribió nuevamente Juan II de Aragón y Nabarra a su hijo Carlos de Biana y Girona, recomendándole quedarse en la ciudad condal de Barcelona, ya que él se encaminaba hacia esta ciudad. El príncipe de Biana y Girona, en señal de vasallaje y cumplimentando un deber de cortesía, salió a su encuentro y en Igualada, rodilla en tierra, besó la mano de su padre con toda humildad, y lo mismo quería hacer con la reina Juana Enríquez, la cual no permitió que Carlos de Biana y Girona le besara la mano, y la castellanoleonesa abrazó y besó a modo de concordia y con gran amor al príncipe de Biana y Girona, postergando con ello toda diferencia voluntaria. Carlos de Biana y Girona les regaló unos briosos caballos y otras cosas y con esta aparente unión entraron juntos en Barcelona y engañaron a la sinceridad, la natural simpatía y lealtad, de aquellos bien intencionados ciudadanos, los cuales creyeron, con demasiada prisa, que entraba en su ciudad “la paz de los reyes”, celebrándolo con grandes alegrías y fiestas.

Carlos de Biana y Girona pidió a su padre que le declarara públicamente como primogénito y que aprobase su casamiento con la infanta Isabel de Castilla y León. Pero el plan de su madrastra era otro, concretamente el de unir a la infanta castellanoleonesa con su hijo Fernando y por eso se negaron rotundamente a lo que el príncipe de Biana y Girona, el cual, el día 26 de julio, al fin, accedió a admitir la infanta de Portugal.

Juan de Beaumont, el conde de Lerin y el capitán Menaut de Beaumont, su hijo, estuvieron en Barcelona junto Carlos de Biana y Girona. Lo más importante parecía volver a casar al príncipe nabarro. Por ello, Juan de Beaumont envió un mensajero al Reino de Portugal para pedir la mano de la princesa Catalina de Avis y Trastámara.

Pero al mismo tiempo, los nobles del Reino de Castilla y León, andaban por aquel entonces descontentos con Enrique IV de Castilla y León, por lo que hicieron proposiciones de alianza a Juan II de Aragón y Nabarra  y para ello se valieron del almirante de Castilla, o sea, del padre de la reina consorte de Aragón Juana Enríquez. Su proyecto era destituir a Enrique IV de Castilla y León y hacer que la corona pasase a Isabel. Al enterarse de ello Enrique IV de Castilla y León, envió emisarios a Carlos de Biana y Girona ofreciéndole la mano de la princesa Juana de Asturias y éste aceptó,  dejando entonces de cumplir lo prometido a su padre. Con todo, con esta posible unión y con la declaración de primogénito, se acabarían las guerras interiores, las riñas entre el Reino de Castilla-León y Juan II de Aragón y Nabarra, el cual, además  continuaría reinando en Nabarra, Aragón, Sicilia, Nápoles, etc. Pero el padre de la reina consorte de Aragón Juana Enríquez, descubrió la intriga y avisó a su hija. Ésta, faltando a la verdad, informó a su esposo Juan II de Aragón y Nabarra, de que el príncipe de Biana y Girona había pactado con el rey de Castilla y León para arrebatarle las Coronas de Nabarra y Aragón. Entonces Juan II de Aragón y Nabarra decidió encarcelar a su hijo Carlos de Biana y Girona.

El rey de Aragón y Nabarra Convocó en Cortes Generales, a catalanes, aragoneses, valencianos y mallorquines en Fraga. El 30 de agosto y en la iglesia de San Pedro de aquella villa, hizo el rey de Aragón y Nabarra la primera proposición, pidiéndoles ayuda en defensa de sus Estados. Las Cortes esperaban que, de antemano propusiera el juramento de Carlos de Biana y Girona como su primogénito, y decepcionados, se abstuvieron de jurarle fidelidad, como era costumbre. A continuación pidieron y suplicaron a Juan II de Aragón y Nabarra, la liberación del príncipe de Biana y Girona, sin conseguir absolutamente nada. Se dividieron a los catalanes y a los aragoneses por voluntad de Juan II de Aragón y Nabarra, éstos últimos siguieron reunidos en Fraga y mandaron a los primeros a Lleida, donde se celebrarían la Cortes Generales del principado de Cataluña.

Saliendo de Montserrat, Carlos de Biana y Girona recibió la orden de su padre Juan II de Aragón y Nabarra, para que se dirigiese a Lleida.

Algunos amigos, entre ellos Juan y Luis de Beaumont, aconsejaron a Carlos de Biana y Girona que se fuese al Reino de Sicilia, ya que temían una traición de su padre. Pero el príncipe de Biana y Girona no quiso escucharlos y el 2 de diciembre, poco tiempo después de la disolución de las Cortes, Juan II de Aragón y Nabarra dio la mano a su hijo, la besó y le ordenó que se entregase preso. El príncipe, con indignación y dolor a la vez, exclamaba:

“Padre y Rey, ¿A dónde está vuestra Fe?, ¿A dónde la Real palabra?, ¿A dónde la seguridad y resguardo que concede a todos el derecho de gentes en la convocación de Cortes? A Dios llamo por testigo, que no he imaginado en mi pensamiento, ni he emprendido cosa contra vuestra Persona Real, no queráis tomar venganza de vuestra carne ni ensangrentar las manos en mi sangre”.

Una de las constituciones del principado de Cataluña otorgaba a las Cortes derechos y soberanía hasta pasadas seis horas de haber sido clausuradas. El tiempo corría y a veces, solo a veces, para los tiranos va demasiado despacio. Por eso, reunidos los diputados, prelados, nobles y síndicos catalanes, nombraron una comisión al objeto de procurar la libertad de Carlos de Biana y Girona. El pueblo catalán demostró su indignación por las calles y las plazas, mientras aclamaban al príncipe de Biana y Girona y maldecían a los opresores. Juan II de Aragón y Nabarra escribió una carta a la Generalitat intentando justificar el encarcelamiento de su hijo. Los diputados llegaron a ofrecer al rey cien mil florines por la libertad de Carlos de Biana y Girona. La rebelión se encendía por momentos. No creyéndolo seguro en la prisión de Lleida, Juan II de Aragón y Nabarra trasladó a Carlos de Biana y Girona al castillo de Aitona. Esto constituía otro insulto a las leyes y constituciones del principado de Cataluña, en la cuales precisaban que debía ser castigado en donde había delinquido. Carlos de Biana y Girona pidió entonces a los diputados aragoneses que intercedan por él a su padre, para que se le trasladara al Reino de Aragón. Y es que las relaciones del príncipe de Biana y Girona con la Generalitat, no estaban en muy buena armonía, debido a que Carlos de Biana y Gironasabía que se preocupaba mucho más del Reino de Nabarra y del Reino de Castilla y León, descuidando por ello, algo los asuntos de Cataluña. Además desconocía en esos momentos el apoyo de los catalanes hacia él con matices soberanistas.

A mediados de diciembre, el parlamento del principado de Cataluña eligió a doce embajadores, que juntos con otros miembros del Consejo de Ciento, presididos por el Arzobispo de Tarragona, debían exigir la libertad de Carlos de Biana y Girona. Juan II de Aragón y Nabarra no atendió las súplicas ni la amenazas de sus vasallos catalanes, asegurándoles que nunca perdonaría al que al aliarse con el Reino de Castilla y León, conspiraba contra su persona, e incluso en su furor llegó a maldecir la hora en que engendró a su hijo. Pero el Sin Fe, comprendió lo que podría suceder con la hostilidad de los catalanes. No encontrándose seguro en ella, partió a a Zaragoza en la que Carlos de Biana y Girona entró el 23 de diciembre custodiado por 60 caballeros aragoneses.

El proceso contra el príncipe de Biana y Girona se celebró finalmente en Fraga, a donde es conducido junto con Juan de Beaumont, que al igual que el príncipe de Biana y Girona estaba preso. La acusación era que había inducido a matar al rey de Aragón y Nabarra; que contaba con la ayuda de los catalanes, aragoneses, valencianos, nabarros y sicilianos, y que también tenía un pacto con Enrique IV de Castilla y León. Oídas las declaraciones de Juan de Beaumont, negándolo todo, el tribunal se interesó por las pruebas de dichas acusaciones. Fue inútil. No existía ninguna.

Entre Juan II de Aragón y Nabarra, y el principado deCataluña se cruzaban letras y embajadores. La Generalitat ya no se conformaba con la libertad del príncipe de Biana y Girona; sino que mostraba abiertamente su carácter soberanistas al exigía al rey de Aragón y Nabarra que  se debían respetarse sus leyes. El día 3 de enero del año 1461, se publicó un edicto por la ciudad de Barcelona en el cual se ordenaba la presentación de todos los ciudadanos, armados, en la Rambla, en espera de órdenes. Finalmente fue suspendida su ejecución. Ei día 12 del mismo mes, se entregó Juan II de Aragón y Nabarra un ultimátum. El día 20, los diputados recluidos en palacio, junto con los oidores y veintisiete ciudadanos, prometieron no salir de él sin antes conseguir la libertad del príncipe de Biana y Girona y el castigo de los que aconsejaron al rey de Aragón y Nabarra, por  faltar a las constituciones del principado de  Cataluña y a costumbres de la ciudad condal de Barcelona. El día 25 llegaron cuarenta y cinco embajadores a Lleida, villa en la que se encontraba Juan II de Aragón y Nabarra, del que recibieron por respuesta que “la ira del rey era mensajera de muerte”. El día 8 de febrero, en el palacio de la Generalidad, se izaron las banderas de los condes de Barcelona y la Nacional de San Jorge. También se ultimaron preparaciones en Atarazanas, se armaron veinticuatro galeras preparadas para navegar, a más de las que vigilaban la costa, y dentro de Palacio se colocaron mesas para el aislamiento de voluntarios. Fue declarada la guerra y al propio tiempo una manifestación popular salió de Palacio rodeando las banderas, la Nacional llevada por Arnaldo de Foxá y la real por Bernardo de Marimón, llegando al portal de San Antonio y regresando a la Generalitat a los gritos de “Adelante”, “Abajo los malos consejeros del rey”. Guardaban la Diputación catalana cien hombres armados dentro de ella y cuarenta en cada puerta. Aquella misma noche el gobernador Galzerán de Requesens, puesto por Juan II de Aragón y Nabarra, se dio a la fuga.

Por otro lado, llegó al principado catalán una bula papal instando a los obispos catalanes a solicitar la liberación del príncipe de Biana y Girona.

La pretensión de la Generalitat eran apoderarse de Lleida en la que se encontraba Juan II de Aragón y Nabarra, y conquistar a continuación Fraga, donde estaba la prisión del príncipe de Biana y Girona. Dirigió para ello un ejército de mil quinientos hombres. Juan II de Aragón y Nabarra, cuando se disponía a cenar después de celebrar varias consultas con los de su consejo, resolvió huir de las iras del pueblo catalán, que acabó saqueado el palacio real y al saber que el rey de Aragón y Nabarra, junto a su esposa Juana Enríquez, se encontraban en Fraga, la sitiaron. A pesar de ello, les fue posible desaparecer a los reyes de Aragón,  llevárnosle con ellos al príncipe de Biana y Girona hasta Zaragoza. Ante la gravedad de la situación Juana Enríquez pidió a los diputados catalanes y a los consejeros de Barcelona que le mandasen mensajeros. Estos exigieron ante todo la libertad de Carlos de Biana y Girona. La respuesta de la reina de Aragón fue encerrar a su hijastro en la aljafería de Zaragoza. Aun el principado catalán desplazó al abate de Poblet y al prior de Tortosa, para interceder cerca del rey, ya que sin la vuelta del príncipe de Biana y Girona liberado al principado de Cataluña, no era posible contener la avalancha del pueblo. Juan II de Aragón y Nabarra se irritó nuevamente y no fiándose de los aragoneses trasladó al preso a Miravet y de allí al castillo de Morella. Cataluña se encendió con más bravura, era la guerra, y con un ejército de 25.000 hombres, pasó Lleida y llegó a la villa Fraga, la cual se rindió. El rey de Aragón y Nabarra quería oponer Aragón a Cataluña, pero en Aragón también se conspiraba contra él. Por otra parte, el rey de Castilla y León atacó las fronteras y amenazó con llegar hasta la Corte de Juan II de Aragón y Nabarra.El conde de Lerin Luis de Beaumont, con mil lanzas castellanas y varios beamonteses, puso cerco a Borja. En Valencia cundía el descontento. Mallorca, Cerdeña y Sicilia también pedían la libertad del príncipe de Biana y Girtona. En la misma Zaragoza no había tranquilidad. Juan II de Aragón y Nabarra estaba acorralado y a instancias de la reina de Aragón, más astuta, tuvo que ceder. El 25 de febrero fué decretada la libertad del príncipe de Biana y Girona y el mismo día el conde de Pallars que llevaba el mando del ejército catalán, se enteraba de la noticia. Al mismo tiempo, en la Generalitat, cuando se trataba de los medios a tratar para liberar al príncipe de Biana y Girona, hubo una sesión tan movida que rayó en la violencia. El abate Ager, el de San Quirico, Guerau de Cervelló y Franci de Eril, defendían un dictamen opuesto a la mayoría. Algunos oyentes se sumaron a su opinión. Los seglares de uno y otro bando empuñaron las espadas, pero el buen sentido puso fin a la cuestión, siendo encarcelados los dos abates por alteración del orden.

La reina de Aragón Juana Enríquez, quiso ella misma, con un vistoso seguimiento, ir a recibir al príncipe de Biana y Girona a Morella, y juntos partieron al mismo tiempo hacia el principado de Cataluña. El día 3 de marzo llegaron a Trahiguera y Carlos de Biana y Girona mandó una carta a los consejeros de Barcelona agradeciéndoles su comportamiento. Al llegar a Tortosa, en la que con entusiasmo indescriptible fue recibido el príncipe de Biana y Girona, una embajada de la Generalitat notifica a la reina de Aragón que tenía vedada la entrada a la ciudad condal de Barcelona. La mejor piedra que la dignidad de los catalanes podía tirar a su orgullo. Mejor aún,  se dictaron unas estrechas órdenes de vigilancia cerca del príncipe de Biana y Girona, a fin de defenderlo de su padre y de su madrastra. Llegaron a Tarragona y de allí a Villafranca, donde Carlos de Biana y Girona se enteró de que el conde de Lerin había formado un ejército para atacar al Reino de Aragón. Le escribió que desistiera de sus propósitos y que él mismo trataría de sus asuntos. La reina de Aragón Juana Enríquez, tuvo que pernoctar en Villafranca, mientras Carlos de Biana y Girona, rodeado de un gentío inmenso se fue a dormir a San Braulio de Llobregat, para al siguiente día dirigirse a la capital catalana.

El día 12 de marzo, Carlos de Biana y Girona hizo su entrada por segunda vez en la ciudad condal Barcelona, montado en un brioso corcel y aclamado apoteósicamente por todo el pueblo barcelonés. Alegría de luz y de color. Frente al Hospital, estaban los locos disfrazados grotescamente. Desde el pórtico de San Antonio hasta la Boqueria, una carrera de dos mil hombres armados le rindieron honores, y desde allí hasta el convento de San Francisco, le homenajeó la coronela de las. Cofradías de la ciudad, con sus armas, banderas y estandartes, puestos en dos filas. Todas las calles estaban adornadas. Las fiestas, con disfraces y danzas, no cesaron en tres días según se acostumbraba. Al segundo día, Carlos de Biana y Girona, en la casa de la ciudad y en lengua catalana daba las gracias a los consejeros y les rogaba “que fuesen celosos y atentos en su libertad, como él tomaba por hija a la presente ciudad y a los habitantes en aquella por padre, madre y hermanos, avisándoles que él no se ablandaría en el que concerniese honor y provecho de aquella ciudad y del principado”.

Antes del recibimiento del príncipe de Biana y Girona, por orden de la Generalitat fue apresado el gobernador de Cataluña, Galcerán de Requesens, que se encontraba oculto en Molins de Rey.

La reina de Aragón Juana Enríquez, dehecha de tanta humillación y de esperar en Villafranca, decidió marcharse  marchar antes de que el príncipe de Biana y Girona le mandase a su mayordomo Pedro Torroella, excusándose de que ni con su influencia había conseguido que la dejasen entrar en la ciudad condal  de Barcelona y rogándole al propio tiempo, que no se ausentase, ya que su presencia era forzosa para resolver el convenio. La madrastra accedió. Carlos de Biana y Girona remitió entonces una embajada al Reino de Castilla y León, para ultimar su casamiento con la infanta Isabel, y tan adelantado llevaron el asunto, que incluso trataron de la dote que debían ser doscientos mil doblones y el rey costearía los gastos del viaje de la infanta castellanoleonesa al principado de Cataluña.

Así pues, empezaron nuevamente las negociaciones de paz entre la Generalitat yla reina de Aragón, ésta en nombre de Juan II de Aragón y Nabarra. Carlos de Biana y Girona no deseaba otra cosa más que su declaración como primogénito, y que regentase el Reino de Nabarra una persona de su confianza. Mientras, los catalanes exigieron la capitulación de la reina de Aragón, junto a su la sumisión formal a todo aquello que ellos habían hecho para obtener la libertad del príncipe de Biana y Girona: la liberación de Juan de Beaumont y que fuesen declarados inhábiles los que habían intervenido en el consejo del rey aragonés; el nombramiento de primogénito y el de gobernador general de todos los Reinos de la Corona de Aragón y lugarteniente general perpetuo e irrevocable del principado de Cataluña a favor de Carlos de Biana y Girona ; que el rey de Aragón se abstuviese de entrar en dicho principado, etc., etc.

La reina aragonesa Juana Enríquez, quiso convencerles de que muchas de estas condiciones no podían ser admitidas, pero ante la tenacidad de los catalanes, se excusó que no tenía bastantes facultades para firmar un convenio definitivo y a continuación partió hacia tierras aragonesas para comunicarse con su esposo.

En el Reino de Nabarra se encendió nuevamente la hoguera de la guerra. Enterados los miembros de la facción beaumontesa, de lo que estaba sucediendo ene l principado de Cataluña, volvieron a tomar las armas en defensa de los derechos dinásticos de carlos de Biana y Girona. Juan II de Aragón y Nabarra mandó a su hijo natural el capitán Alfonso de Aragón, quien supo sofocar rápidamente la rebelión.

Volvió Juana Enriquez a Cataluña, y la Generalitat le exigió una respuesta concreta, sin dejar por ello pasar a ésta de Villafranca y asimismo en consejo declaran los diputados, que “estaban bien decididos a poner sus personas, bienes y la patria toda, en defensa del príncipe, ya que perjudicarle a él, era perjudicar al principado”. Pero la reina de Aragón invocó una orden de su esposo para entrevistarse con Carlos de Biana y Girona, y rposiguió con su avance y al llegar a las inmediaciones de Tarrasa, le cierraron las puertas y tocan las campanas a sometent, como si se tratara de la llegada de una banda de ladrones. Juan II de Aragón y Nabarra ante la inminencia de una derrota y con el convencimiento de que los Reinos de Nabarra, Sicilia, Nápoles y Valencia irían a favor del príncipe, tuvo finalmente que capitular.

El día 21 de junio, en la villa de Villafranca, se firmó definitivamente la paz y en la sesión posterior de Cortes del 30 de julio en celebrada en la ciudad condal de Barcelona, Carlos de Biana y Girona fue reconocido como soberano del principado de Cataluña, siendo Juan de Beaumont su primer consejero.

Enrique IV de Castilla y León invadió el Reino de Nabarra con un ejército y Carlos de Biana y Girona favoreció a este rey intrigando contra Juan II de Aragón y Nabarra. Esto provocó entre algunos nobles catalanes desertaran de las filas del príncipe de Biana y Girona, y consiguieron que el rey castellanoleonés volviera atrás en su marcha. Carlos de Biana y Girona frente a esta nobilísima conducta, se enojó, e inició un acercamiento con Louis XI de Francia, pero al cual su padre había sabido atraerse con antelación.

Los sufrimientos y angustias de su desgraciada existencia, iban mermando hacía ya tiempo la salud de Carlos de Biana y Girona. El 22 de septiembre se comunicó que se encontraba gravemente enfermo y  el propio príncipe de Biana y Girona exclamó::

“Mi proceso se va a acabar”

Y a continuación, dándose cuenta de que su última hora se acercaba y de que sus horas de vida eran contadas a pesar de que los médicos no tuviesen prevenida tan cercana su muerte, él conociéndose, dice con palabras acongojadas que le diesen, el Corpus, repitiendo por tres veces: “¡El Corpus, el Corpus, el Corpus!”.


Carlos de Biana y Girona, duque de Gandía y Montblanc murió el día 23 de septiembre del año 1461 en la ciudad condal de Barcelona. Al parecer debido una enfermedad pulmonar, más concretamente tuberculosis. Pero lo cierto es que su salud, tras salir prisión, donde su carcelera fue la reina de Aragón, empeoró de forma constante día a día, lo que incitó a muchos a imputar su desgraciada muerte, por emponzoñamiento o envenenamiento, a Juana Enríquez. 

NABARRAKO ERESERKIA

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©NABARTZALE BILDUMA 2011

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