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2026/02/08

La muerte del mariscal de Nabarra

 

La muerte del mariscal de Nabarra

Iñigo Saldise Alda

El pasado 2o de diciembre del año 2025, en el Diario de Noticias, apareció un artículo del historiador, sociólogo y archivero Peio J. Monteano Sorbet, que llevaba por título La muerte del mariscal de Navarra en 1522. En dicho escrito, su autor, nos deja bien claro la tesis de que Pedro de Nabarra y Lacarra, mariscal de Nabarra, se suicidó en el castillo de Simancas, lugar donde estaba preso por orden del emperador Carlos I de España y V de Alemania, conocido como el Cesar.

Yo, un simple investigador sin ningún tipo de estudios en las materias de historia y sociología, dicho sea esto de antemano, soy reacio a creer que el patriota nabarro por excelencia, Pedro de Nabarra y Lacarra, se quitara la vida, ya que a mi limitado entender, dicha muerte solo beneficiaba a los invasores españoles, pues no olvidemos que cuatro años antes de su muerte, ante el requerimiento para su liberación de un obligado juramento de lealtad hacia Carlos I de España, el mariscal de Nabarra cortesmente, se negó a ello de la siguiente manera:

Una vez más suplico, con toda humildad posible a su Majestad, se sirva demostrar conmigo la magnificencia que ha de esperarse de semejante Majestad, devolviéndome la libertad entera y el permiso de ir servir a quien estoy obligado. La fidelidad, la limpieza que su Alteza quiere y estima de sus servidores, yo podré guardarla a los míos, y por ello me tornaré cautivo y esclavo de su servicio.”

Es cierto que los que apoyamos la hipótesis de Pedro de Nabarra y Lacarra fue asesinado por orden el Cesar español, carecemos de escritos contemporáneos a la muerte del mariscal de Nabarra, en los cuales sustentar la tesis del asesinato, pero la teoría del asesinato está basada en escritos y comentarios, como por ejemplo el llevado a cabo por el embajador de Austria que menciona Peio J. Monteano Sorbet, que ciertamente solo beneficiaban a los españoles, ya que el supuesto suicidio de patriota nabarro por excelencia minaría la moral de los combatientes legitimistas nabarros, ocultando de paso ese atroz crimen. Pero de ser suicidio, habría que saber y conocer que torturas sicológicas sufrió nuestro noble mariscal nabarro.

También para sustentar la teoría del suicidio, se menciona a Ramírez de la Pisicna, al cual lo titula como nabarro y para más inri, agramontés. Yo tengo una hipótesis diferente sobre el origen de Diego Ramírez de Ávalos de la Piscina. Concretamente creo que nació en la Rioja en el año 1495, estando ya esta comarca vascona bajo control político-militar del Reino de España (Reino de Castilla y León en el año 1461). Además nos dice Peio J. Monteano Sorbet que en sus crónicas no hace mención alguna al asesinato de mariscal de Nabarra. Bien, ciertamente habría sido un acción muy estúpida por parte de Ramírez de la Piscina exponer el asesinato de Pedro de Nabarra y Lacarra en su obra, siendo el que ordenó dicho asesinato la misma persona a la cual iba dedicada la obra del año 1534, el emperador de Sacro Imperio Romano Germánico, es decir Carlos I de España y V de Alemania.

Al parecer, yo todavía no he tenido acceso a ello, si hizo referencia al supuesto suicidio un historiador y genealogista español, nacido en el año 1533 en la villa de Arrasate-Mondragón, sita en la comarca de Gipuzkoa-Guipuzcoa, Esteban de Garibay y Zamalloa. Dicha afirmación es llevada a cabo en el año 1571, sirviendo, en mi humilde opinión, realmente para acomplejar a los nabarros surpirenaicos que todavía querían volver a ser independientes y además, cuando todavía existía la referencia estatal el Reino de Nabarra, soberano e independiente, al norte del Pirineo.

Por eso, yo soy más de las tesis del jesuita y cronista navarro, nacido concretamente en Biana en el año 1634, Francisco de Alesón, y del relato anónimo que se hace referencia en el escrito de Peio J. Monteano Sorbet Por ello soy más seguidor del artículo del historiador, profesor y político Joseba Asiron Sáez en su escrito del día 6 de diciembre del año 2025 Mariscal de Navarra, donde nos indica que la tesis del asesinato ya era apoyada por el jesuita y cronista navarro José Moret Mendi nacido en Iruñea-Pamplona en el año 1615, y por el abogado y político Arturo Campión Jaimebon, también nacido en Iruñea-Pamplona en el año 1854.cias

Dicho esto, agradecer a Peio J. Monteano Sorbet su dedicación a la historia de Nabarra, especialmente al apartado que lleva desde 1512 a 1529 y animarte a seguir con esta ardua tarea pues en mi encontrarás a un entregado comprador y lector de tus obras. Aprovecho también este misma faena para felicitar y reconocer a Joseba Asiron Sáez por sus diversos trabajos, especialmente los encuadrados en Vidas ejemplares, publicados por Diario de Noticias y recopilados por la editorial Txalaparta. Gracias a todos de parte de este sencillo electricista, lector empedernido y amante de la historia política del Estado de Nabarra, siendo sencillamente un simple aprendiz en tan importante materia.

Escrito Peio J. Monteano Sorbet:

https://www.noticiasdenavarra.com/opinion/tribunas/2025/12/20/muerte-mariscal-navarra-1522-10495282.html

La muerte del mariscal de Navarra en 1522

Peio J. Monteano Sorbet

En una publicación reciente se incluye la biografía del mariscal Pedro de Navarra, un protagonista de la conquista que fue ejemplo de integridad personal y de fidelidad a los reyes de Navarra. En ella, el autor se sorprende porque algunos historiadores navarros, entre los que me incluyo, “hayan secundado de forma acrítica la teoría del suicidio” como causa de su muerte. Y es que, creo, cinco siglos después parte de la historiografía navarra se resiste a discernir el cómo fueron las cosas del cómo le hubiera gustado que fueran y se aferra a que se trató de “un crimen de estado”.

El lunes 24 de noviembre de 1522, hacia las ocho de la mañana, sus criados encontraban agonizando a Pedro de Navarra. El mariscal y máximo mando militar del reino había caído preso en Isaba en marzo de 1516 y, tras dos años encerrado en el castillo de Atienza, había sido llevado al de Simancas (Valladolid). Aquella mañana el alcaide del castillo, “espantado” según decía, hizo levantar una minuciosa acta judicial para que al emperador Carlos V “y en todo tiempo y lugar pueda constar la verdad y ante toda persona” lo ocurrido. Según se dice en ella, el navarro aún tenía pulso cuando lo encontraron, estaba semivestido sobre su cama y parecía haberse desangrado por dos profundos cortes en el cuello y en el antebrazo izquierdo. Ningún signo de violencia. Al lado se encontró un pequeño cuchillo de los que se usaban para afilar las plumas de escribir y también el testamento escrito de su mano.

Se interrogó también a los criados que asistían al mariscal, porque la prisión era muy liviana, bajo palabra de no escapar. Nada de grilletes ni rejas. La mayoría eran navarros: su confesor Miguel de Arróniz, su paje Pedro de Vergara y sus criados Felipe de Vergara y un tal Charles. Desde hacía cuatro años, también un secretario llamado Pedro de Frías, que era quien dormía en la misma cámara que el mariscal. A preguntas del juez, Frías declaró que el mariscal lo había enviado a buscar a otro criado mientras su paje Vergara, por orden del noble, permanecía en una sala contigua. Este aseguraba que en el dormitorio no había entrado nadie. Todos coincidieron en que el mariscal llevaba dos meses sumido en una profunda desesperación. Estaba obsesionado con que le querían matar.

Un silencio atronador

La noticia llegó esa misma mañana a la corte de Valladolid. El embajador austríaco es el único que se hizo eco de la muerte del mariscal confirmando su suicidio y calificando de “desastre” el hecho. “Ser en cualquier cristiano es de doler, cuánto más en semejante persona”, escribe. El resto fue un silencio absoluto. Ni por parte de los poderosísimos nobles castellanos, el duque de Alburquerque, cuñado del navarro, y el condestable Velasco, el hombre fuerte de Castilla, su aliado y protector. Tampoco sus seguidores agramonteses ni su familia dijeron nada. Los defensores del crimen de estado aducen que fue por miedo a las represalias. Pero tampoco entre quienes estaban a salvo de ellas o los enemigos capitales del emperador encontramos nada. El primogénito del mariscal nunca denunció la muerte de su padre y eso que estaba luchando contra el emperador junto con sus aliados franceses. Tampoco otros exiliados en Francia como Sancho de Yesa, administrador del mariscal, o Bertol del Bayo, su abogado y embajador.

Llamativo es también el silencio en las cortes europeas. Ni siquiera el rey de Francia se refirió a la muerte del mariscal. Y eso que en todas las negociaciones diplomáticas –las últimas en Calais, un año antes– había puesto como condición para la paz la liberación del navarro. Francisco I, que tenía presos a varios eclesiásticos españoles para canjearlos por el mariscal, se limitó a liberarlos.

¿Y los cronistas? En 1534, el navarro Ramírez de la Piscina sólo escribió que el mariscal murió en Simancas. Punto. Y eso que era agramontés. Tendrá que ser el guipuzcoano Garbibay quien en 1571 diga que “era pública fama (cierta o incierta) que se mató a sí mismo”. Así que tendremos que esperar al siglo XVIII para que el navarro Alesón le rebatiera muy tímidamente echando mano de un ambiguo relato anónimo.

¿Quién podía buscar la muerte del Mariscal? Esta se produce a finales de 1522, cuando Carlos V tiene ya bajo control la situación político-militar que había sido muy delicada en los dos últimos años. Los comuneros, sometidos; los legitimistas navarros, derrotados; Francia, en bancarrota y a punto de ser invadida por españoles e ingleses.

El mariscal de Navarra contaba entre la nobleza castellana con muy poderosos aliados. Gracias a su mediación, el propio rey de España había ordenado su liberación en 1516, aunque tuvo que echar marcha atrás por la frontal oposición de su Consejo Real. En todas las negociaciones diplomáticas Francia no se cansaba de exigir la liberación del navarro. Francisco I intentó conseguirla incluso por la fuerza en el otoño de 1520. Primero, enviando al ingeniero Pedro Navarro, conde de Oliveto, para minar la fortaleza. Al no poder hacerlo, con sus aliados comuneros cuando estos tomaron Tordesillas. También Lesparré tendría orden de liberarlo al penetrar con su ejército en Castilla en junio de 1521. Los españoles sabían todo esto, pero nadie osó tocar al mariscal don Pedro.

La mácula del suicidio

Así pues, un historiador objetivo, riguroso y crítico debe concluir que no existen argumentos históricos para rebatir el relato de que el mariscal de Navarra se suicidó. Todo en él parece coherente: las heridas, las circunstancias, los testimonios (Felipe de Vergara servía al mariscal desde hacía 23 años) y, sobre todo, el silencio sepulcral de su familia, amigos, seguidores y aliados. Tampoco sabemos nada del funeral del mariscal, de dónde fue enterrado ni del contenido de su testamento.

El silencio sería la lógica reacción al suicidio de un noble de tan alto rango. Para la sociedad europea de la época suponía una mácula para el linaje. La Iglesia, el suicida se condenaba. La Corona confiscaba sus bienes. Así es comprensible ese silencio atronador que hallamos en las fuentes históricas. La idea de un “asesinato de Estado bien planeado” carece de soporte documental y no surgirá claramente hasta el siglo XIX entre unos historiadores navarros profundamente católicos y ya inmersos en una historiografía plenamente romántica. Para los historiadores actuales, a la vista de un análisis crítico de las fuentes y del contexto histórico, la tesis de la muerte por suicidio del mariscal de Navarra es la más plausible. Que no sea la que más guste a algunos es ya otro tema.

Escrito Joseba Asiron Sáez:

https://www.noticiasdenavarra.com/pamplona/2025/12/06/mariscal-navarra-10442545.html

Mariscal de Navarra

Joseba Asiron

Don Pedro de Navarra corporeiza la resistencia ante el invasor de 1512, así como la lealtad hasta la muerte a una única y auténtica patria: Navarra.

La familia de los Navarra descendía de los reyes navarros por vía bastarda, razón por la cual ostentaban un apellido tan especial y distinguido. Y es que años atrás, en 1378 y tras enviudar de la reina Juana, el rey Carlos II había tenido un hijo extramatrimonial con la joven Catalina de Lizaso, dándole el nombre de Leonel de Navarra, primero de su linaje. Contrariamente a lo que pudiera pensarse hoy, ser hijo ilegítimo del rey de Navarra se consideraba un gran honor en su tiempo, y suponía ingresar en la familia real como hermano natural de Carlos III. Gracias a ello Leonel logró grandes distinciones, fue el primer vizconde de Muruzabal, y un hijo suyo, Felipe de Navarra, fue ya mariscal del reino. El mariscal era la tercera dignidad de Navarra, tan solo por detrás del rey y del Condestable, y suponía en la práctica la jefatura del ejército.

Nuestro protagonista nació probablemente en Tafalla, hacia 1454, hijo del mariscal Pedro de Navarra y Peralta, y de una noble llamada Inés Enríquez de Lacarra. A tenor de su posterior carrera diplomática es seguro que recibió una esmerada educación, incluyendo varios idiomas y el conocimiento de las normas cortesanas. Su padre murió en 1471, víctima de una emboscada tendida por sus enemigos los Beaumont en las calles de Pamplona. Heredó entonces la mariscalía su hijo mayor Felipe, que sería igualmente asesinado por los Beaumont en 1480, y entonces fue su hermano, nuestro protagonista de hoy, quien se convirtió en el sexto mariscal del reino. Situado en lo más alto de la nobleza navarra, Pedro fue armado caballero en la catedral de Pamplona, en presencia del rey, el 9 de diciembre de 1481. Se casó en 1498 con Mayor de la Cueva, hija del castellano duque de Alburquerque, con quien tuvo dos hijos llamados Pedro (futuro mariscal) y Juana. Antes, todavía soltero, había tenido un hijo natural con una mujer de la tafallesa familia Hualde, a quien dio el nombre de Francisco de Navarra, que llegaría a ser prior de Roncesvalles y obispo de Ciudad Rodrigo, Badajoz y Valencia. En cuanto a su labor como mariscal diremos que, apagadas las guerras civiles para 1507, y derrotados los pro castellanos Beaumont por la reina Catalina y su marido Juan de Albret, a Pedro de Navarra le tocó gestionar los difíciles años de la conquista española. Y se convirtió en la persona de mayor confianza de la corona, obteniendo un prestigio enorme por sus dotes militares y diplomáticas.

La conquista de 1512

Antes incluso de que se desatara la conquista, el propio mariscal encabezó la delegación navarra que marchó a Castilla para negociar con Fernando el Católico (cfr. el Falsario), siendo acompañado por Juan de Jaso, padre de San Francisco Javier. Desatadas las hostilidades, él en persona encabezó la famosa carga de la caballería navarra que fue masacrada ante las murallas de Pamplona, el 27 de noviembre de 1512. Tras la ocupación del reino, no solo rechazó el ofrecimiento de ponerse al servicio de los españoles, sino que marchó a Italia a luchar contra ellos, participando junto a los franceses en la victoriosa batalla de Marignano (1515), a las órdenes de otro navarro, Pedro Navarro, conde de Oliveto. Desempeñó además una intensa labor diplomática, en París, en la corte flamenca de la Haya y ante el mismísimo Papa, buscando apoyos para la causa navarra. Y cuando se inició el segundo intento de reconquista, en marzo de 1516, se puso de nuevo al frente de las tropas navarras. Como se sabe, aquella intentona fracasó a causa de la falta de apoyo francés, de la consiguiente inferioridad numérica, y de un temporal de nieve que causó, en pocos días, más de cien muertos. Pedro de Navarra cayó prisionero de los españoles en Isaba, el 22 de marzo de 1516. Conducido a Castilla entre fuertes medidas de seguridad, sabemos que al pasar por Estella gentes del pueblo salían al camino para besar sus manos atadas, en señal de respeto y lealtad. Pedro y sus capitanes fueron encerrados en la torre del castillo de Atienza (Guadalajara), bajo durísimas condiciones, cargados de grilletes y en mazmorras cerradas bajo tres puertas y cuatro cerraduras.

Con el paso del tiempo, el mariscal fue trasladado de Atienza al castillo de Simancas (Valladolid), su destino definitivo. Según la documentación, en marzo de 1520 Carlos I de España y V de Alemania mandó que lo llevaran a su presencia, y al igual que ya antes había hecho su antecesor el Falsario, le ofreció pasarse a su servicio, con la promesa de liberarlo y restituirle todos sus bienes. Pedro de Navarra rehusó enérgicamente, diciendo al todopoderoso emperador que no podía prestarle juramento “porque no era español ni súbdito de la casa de Castilla”, añadiendo además que “jamás renegaría de su patria”. Esta respuesta es, todavía hoy, toda una lección para quienes han sugerido que la conquista de Navarra fue un mero cambio de dinastía, y que para las gentes de Navarra supuso únicamente cambiar a unos dueños por otros.

Un crimen de Estado

Mientras todo esto ocurría, la guerra de Navarra seguía su curso y, tras los frustrados intentos de reconquista de 1512 y 1516, los navarros estaban preparando la última tentativa de 1521, que culminaría con la desastrosa batalla de Noain y el posterior asedio al castillo de Amaiur. Escenarios en los que, por razones obvias, el mariscal no podría ya participar. A pesar de ello, parece ser que el viejo soldado se mantenía al corriente de todo y que, ayudado por los pajes y ayudantes que se encontraban allí con él, lograba pasar instrucciones a quienes seguían en la lucha. Y esto era más de lo que el cruel emperador estaba dispuesto a soportar. Por ello, tras la batalla de Noain el 30 de junio de 1521, el aplastamiento de los últimos núcleos de resistencia en septiembre de aquel año, y la toma de Amaiur en julio de 1522, Carlos I de España se dispuso a ajustar cuentas con los prisioneros que tenía en su poder. Aquel mismo verano fueron asesinados en su celda de Pamplona los héroes de Amaiur, el alcaide Jaime Bélaz y su hijo Luis, y el 14 de agosto un compañero de prisión del mariscal, el comunero Pedro Maldonado, fue ejecutado por orden expresa del rey. Parece ser que esta muerte impresionó profundamente al mariscal, convencido de que también a él le iba a llegar su momento. A partir de entonces su mayor obsesión fue poner sus asuntos en orden y “morir como un buen cristiano”.

Pedro de Navarra y Lacarra fue hallado muerto en su celda el 22 de noviembre de 1522. Lo encontraron bañado en sangre, con una cuchillada, dada de punta, que le atravesaba el cuello de derecha a izquierda, seccionándole la tráquea. Una segunda herida, encontrada bajo la ropa a la altura del codo izquierdo, parece ser la prueba clara de un forcejeo. Al igual que ocurriría poco después con el sublevado conde de Salvatierra, asesinado en su celda de Burgos, las autoridades españolas intentaron vender este asesinato como un suicidio. No obstante, aquello chocaba frontalmente con la decisión del mariscal de “morir como un buen cristiano”, ya que la doctrina cristiana consideraba el suicidio un pecado mortal, castigado con el fuego eterno. De hecho, historiadores navarros clásicos como el Padre Moret y Arturo Campión no dudaron de que se trató de un crimen de Estado. Por ello sorprende que algunos historiadores navarros actuales hayan secundado de forma acrítica la teoría del suicidio, sin más pruebas que los testimonios de sus carceleros y los de algunos testigos que declararon bajo evidente presión. Tras su muerte, el mariscal Pedro fue trasladado a Navarra, y enterrado junto a sus antepasados en la cripta de la iglesia de San Pedro de la Rúa de Estella. En 2010, en el transcurso de las obras de restauración de la iglesia, la cripta de los mariscales fue redescubierta, y aunque se anunció que iba a ser abierta para su estudio, lo que allí se encontró nunca ha sido dado a conocer. Y es que la sombra de los asesinos de Simancas todavía campea sobre Navarra. Mientras tanto, en Pamplona, en la ciudad que glorifica a su enemigo Íñigo de Loyola, en la capital del país que Pedro de Navarra defendió hasta la muerte, ni un solo monumento, estatua, placa, calle o plaza recuerda su extraordinaria historia. Una deuda pendiente y una herida que, quinientos años después, sigue sangrando.





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©NABARTZALE BILDUMA 2011

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